¡Ibas en pos de glorias sonrientes
mientras de atrás la muerte te seguía! Herib Campos Cervera (Padre)

El juego de naipes pasó a ser lo más importante en la vida de Ponce, después que se resignó a luchar contra la dictadura y padecer cárceles y persecuciones. En invierno solía llegar con su poncho chará a la casa de Benjamín Arce, pedía una raya de Aristócrata, mientras aguardaba la conformación del equipo. Bebía concentrado su aperitivo, como si estuviera armando una estrategia para el truco. Pero era respetado por todos, a pesar de ser catalogado «contra» del gobierno. El pueblo estaba acostumbrado a sus improperios y bravuconadas contra las autoridades. Antes lo llevaban preso por cada crítica que hacía en público, hasta que se cansaron de detenerlo. Sabían, perfectamente, que Ponce no encarnaba ningún peligro para el orden establecido.
«En la guerra se gana o se muere», decía Ponce al comenzar una partida en el bolichito de Arce. Apostaba fuerte dinero y gastos para los mirones. Disfrutaba mucho de jugar en público, ya que hacía reír a todos cuando glosaba su flor o dejaba de pintar el palo que esperaba.
«Yo siempre canto al amor / yo siempre canto por la paz / yo sólo quiero libertad / para regalarte esta flor», recitaba Ladislao Ponce gritando sus buenas cartas.
«No busco fama ni honor / no busco ganar ni perder / traigo sólo a mi querer / este ramo de floripón», remataba al fracasarle la última carta.
Ponce no perdonaba nunca a su contrario de juego, le cobraba indefectiblemente todo cuanto se apostaba. Una noche tuvo la suerte de juntar todo el dinero de la mesa. Se levantaron dos, después de haber perdido todas las prendas: relojes, cadenillas, anillos, linternas, carros, carretas, bueyes, caballos, pistolas, etc. Siguió uno en la mesa, dispuesto a todo, sin que nadie supiera con qué. De pronto, apostó a lo último que le quedaba.
-Ya no me queda nada. Solamente mi mujer... -dijo Severo Barúa y barajó las cartas.
-Como no. Yo soy un guerrero honorable y nunca abandono el campo de batalla. Más aun si el enemigo conserva su asiento en la mesa y se dispone a ofrecer resistencia -respondió Ponce con su habitual grandilocuencia estratégica.
-Porque la guerra ofrece al victorioso la oportunidad de mostrar su estatura moral a la hora de respetar el honor de los vencidos -agregó Ponce, orgulloso de pertenecer a esta clase de ganadores, según daba a entender.

Llegó a su fin la partida. Ponce obtuvo una vez más el triunfo. Barúa se apretó la cabeza y se puso de pie, en señal de que aceptó la derrota. Ponce le tomó del hombro sin saber qué decirle, pero dispuesto a respetar el pacto de honor. Pensó que la mejor manera de respetarlo era permitirle que cumpla su apuesta, aceptarle que entregue su mujer como había prometido.
-Ponce, en casa está tu paga... Vamos..., antes de amanecer -dijo Barúa con su voz entrecortada y salió acompañado por «el vencedor de todas las batallas», como se autodenominaba Ponce en broma.
Cuando atravesaban la tranquera de Arce se escucharon dos tiros de fusil, que vinieron certeramente de la oscuridad, y alguien cayó en el suelo a consecuencia. Era Ladislao Ponce que recibió dos balazos entrecruzados, tal vez para que sepa -aunque tarde-, que en la guerra también muere a veces el que gana.
(Año,1991)
*Fragmentos del libro "Relatorios" de Gilberto Ramírez Santacruz.