miércoles, 8 de mayo de 2019

La literatura paraguaya en el exilio argentino


La literatura paraguaya en el exilio argentino
                            
“Los exiliados siempre están
por volver, pero nunca vuelven”.
GABRIEL CASACCIA

El exilio, el éxodo, el destierro o la migración forzosa desde la antigüedad han sido sinónimos del peor castigo aplicado al enemigo político, religioso, raciales o de otra índole, comparable a menudo al castigo de la muerte o encierros y confinamientos perpetuos como opciones atenuantes. De ahí que podemos empezar hablando también del motivo esencial del exilio paraguayo en general y  en toda su historia , en especial, en los últimos 150 años, luego de la caída en 1870 del mariscal López en Cerro Corá, hasta entonces el estado paraguayo se hacía cargo de sus habitantes, y este exilio que queremos abordar está relacionado con la Argentina como país mayoritario de amparo, sin dejar de lado a otros países latinoamericanos y europeos, y aunque lo sabemos todos con mediana claridad a qué se debe el exilio, principalmente, al factor político sin dudas y también a la constante y excluyente programa económico de los gobiernos, tanto los llamados constitucionales como dictatoriales, implementado  a favor de las minorías dominantes, llámese multinacionales, agroexportadores como terratenientes y en contra de las mayorías nacionales, populares y campesinas.
Si bien en 1989 el Paraguay recuperó políticamente su sistema democrático, a través de otro golpe militar pero no lo económico, ya que hasta la fecha produce exiliados o emigrados económicos que exponen a los jóvenes paraguayos a la explotación laboral y violación de sus derechos humanos, incluso a la trata de personas comprobada en los últimos tiempos. En cambio, no tenemos bien claro del porqué del surgimiento de la escritura, de la narrativa, de la poesía, de la literatura en respuesta y resistencia del hombre paraguayo, arrancado de su tierra como hierba mala, con la fácil asociación con aquellos que nombraban, en la última etapa de la Doctrina de Seguridad Nacional, “a los malos paraguayos” que difamaban al Paraguay, entiéndase, aquellos paraguayos que criticaban a la dictadura y  luchaban contra el “tiranosaurio” roabastiano desde el exilio argentino y otros países del mundo.
Sin embargo, una de las explicaciones posibles ya nos dio el asunceno y mestizo Ruy Díaz de Guzmán, tempranamente, allá por el 1612, considerado él como el primer escritor e historiador del Paraguay y Río de la Plata, luego de participar en su condición de Alférez y Alguacil Mayor en la fundación de ciudades como Villarrica, Santiago de Jérez, Salta y escribiera su obra, testimonia con sus propias palabras al decir que "tan ageno de mi profesión, que es militar"… (al trocar su arma por) "la pluma para escribir estos anales del descubrimiento, población y conquista de las Provincias del Río de la Plata (La Argentina)". Ruy Díaz de Guzmán escribió lejos de su Asunción natal, entre Buenos Aires, Santa Fe y Salta dicha obra, y preanuncia de alguna manera el derrotero futurose vio impelido a narrar las hazañas de su tiempo por considerar "cosas dignas de memoria" sucedidas desde la fundación de Asunción en adelante y "por el amor que se debe a la patria". Este concepto de Patria sembrado en la tierra fértil comunitaria de los nativos, atizado por algunos conquistadores con su propia idea de comunidad y la bandera de Soberanía Popular del Común, será tomado como conciencia histórica e identidad nacional por los criollos o “mancebos de la tierra” y los descendientes paraguayos a través de los siglos, sólo por mencionar algunos ejemplos, desde la misma fundación de Asunción en 1537, declarada luego ciudad y “nación de iguales” por Domingo Martínez de Irala en 1541, hasta las últimas rebeliones y levantamientos de 1748 brilló el temple del Común en las largas revoluciones comuneras que antecedieron a la Independencia.
Pero esta identidad de “provincia insumisa”, en sus habitantes  marcada con sangre y fuego y sostenida con heroísmo también será asimismo su martirio y exterminio reiterados, comprobables durante la invasión de los Jesuitas y su poderoso ejército en 1649 contra el gobierno del obispo Fray Bernardino de Cárdenas, donde Asunción quedó arrasada como ciudad, sus hombres prácticamente aniquilados, sus mujeres llevadas como botín de guerra a las misiones por los soldados guaraníes al servicio de la Compañía de Jesús; ocurrió luego una masacre peor en 1735, después de la Batalla de Tabapy donde cayeron los últimos 228 comuneros frente a un ejército de más de 8 mil soldados jesuitas y fuerzas reales de Buenos Aires; Asunción perdió la totalidad de sus dirigentes y alrededor del 80% de su población; seguido posteriormente por el verdadero exterminio y genocidio que fue la Guerra de la Triple Alianza contra el Paraguay, otra vez quedó convertido en tierra rasa todo un pueblo y sus envidiables logros como nación desarrollada y completamente libre y soberana hasta 1870. Viene a cuento esta enumeración sucinta de los hechos más sobresalientes para intentar sobrevolar la idea de “La incógnita del Paraguay” y su posible explicación, como dijera el estudioso peruano Luis Alberto Sánchez, referido a su literatura, o la “literatura ausente” de Roa Bastos, debido a la oralidad en la esencia de la cultura guaraní o su oratura como expresión ágrafa en frente a la escritura; ya que todos los episodios trágicos mencionados fueron seguidos por sendas Cédulas reales, durante los 300 años de los comuneros paraguayos,  para borrar toda prueba de su existencia de la faz de la tierra, ordenando destruir obras y quemar  documentos, anular identidades y prohibir incluso  su uso a los descendientes como el caso de Antequera y otros adalides como Fernando de Mompóx y Juan de Mena, arrasar sus casas y sembrar luego sal sobre el suelo para que no brote nunca más la rebeldía; en el  caso de la Guerra de la Triple Alianza contra el Paraguay, durante la ocupación militar de Asunción se produjo un robo monumental y quema de documentos del Archivo de Asunción que hasta la fecha mantiene el gobierno brasileño bajo siete llaves, para dimensionar la riqueza de documentos que se llevaron, cabe mencionar sólo un ejemplo, muchos escritos y códices  originales del mismo Ruy Díaz de Guzmán que nunca se publicó el contenido hasta hoy, los documentos más antiguos del Río de la Plata que se encontraban en Asunción, cuyas algunas fojas sirvieron para el fuego y así calentarse  los soldados aliados de ocupación en 1869, según consigna Juan Bautista Rivarola Matto en su breve Historia de los comuneros paraguayos, que escribió como prólogo o introducción de La historia de la Revoluciones del Paraguay del padre Pedro Lozano.
Por lo tanto, no es extraño que la literatura paraguaya sea fragmentaria en varios tramos de su historia, incluso considerada desértica en su etapa colonial, por la constante contienda política, guerras y revoluciones, aniquilamientos, exterminios y genocidios durante los tres siglos de lucha comunera, además de los exilios que dispersan a los escritores y sus producciones en el siglo XX. En el caso paraguayo el mayor exilio de sus escritores, músicos, artistas e intelectuales en general se produjo en la década del 40 del siglo pasado, una pléyade de creadores se vieron forzados a expatriarse y producir su obra lejos de su entrañable tierra. Entre ellos, Elvio Romero(“Destierro y atardecer” y “Los días roturados”); Augusto Roa Bastos(“El trueno entre las hojas”, “Hijo de hombre” y “Yo el Supremo”); José María Rivarola Matto( “Follajes en los ojos” y “El fin de Chipín González”); Juan Bautista Rivarola Matto(“Yvypóra”, “Diagonal de sangre”, “El santo de guatambú” y “La isla sin mar”); Epifanio Méndez Fleitas, (“Diagnosis paraguaya”, "Psicología del colonialismo. Imperialismo del Yanqui-Brasilero en el Paraguay" y “Lo histórico y lo antihistórico en el Paraguay”); Carlos Gacete, “La muerte tiene color”, “El collar sobre el río” y “El caballo del comisario”);  Félix de Guarania, (“Penas brujulares”, “¡Despierten las palabras!” y “El Cristo de Collar y otros cuentos”); Arnaldo Valdovinos, Carmen Soler, Teodoro S. Mongelós y grandes músicos como José Asunción Flores, Herminio Giménez, Carlos Lara Bareiro, Mauricio Cardozo Ocampo, Agustín Barboza, por citar algunos de ellos.
Si bien antes ya hubo,  a finales del siglo XIX y a principios de siglo XX algunos exilios y autoexilios como el caso de los escritores Marcelino Pérez Martínez, autor del conocido poema en guaraní “Rohechaga’u”(Añoranza) y “Cartas del destierro”; Juan de la Cruz Ayala (Alón), autor del libro “Desde el infierno”, y el poeta Eloy Fariña Nuñez, autor del memorable “Canto secular”, y Gabriel Casaccia, autor de “La babosa”, “Los exiliados” y “La Llaga” que se instaló en Buenos Aires en 1930; Anselmo Jover Peralta, autor de “Paraguay revolucionario” “Vida y pasión de la mujer paraguaya”; Oscar Creydt, célebre revolucionario comunista, autor de “Formación Histórica de la Nación Paraguaya” y “Del Universo Inconsciente a la Formación del Trabajador Consciente Racional”, como también el poeta y lingüista Antonio Ortiz Mayans, autor de letras de canciones populares y de importante “Diccionario guaraní-español”.
Como queda dicho, el masivo exilio se produjo tras la Revolución de 1947 y el ascenso al poder del general Stroessner en 1954, fue cuando el Paraguay  perdió a sus más grandes creadores, muchos de ellos sin haber podido regresar en vida, como Hérib Campos Cervera, autor de “Ceniza Redimida” que dejó un manifiesto poético al decir “El arte debe servir la vida, sea como confesión, sea como bandera. No hay, no debe haber belleza inútil” y luego escribiera también en su poema “Regresarán un día…”: ”No moriré de muerte amordazada. / Yo tocaré los bordes de las brújulas / que señalan los rumbos del Canto liberado.” Y no sólo creadores, políticos y sindicalistas se expatriaron sino un millón de paraguayos fundarán la ciudad de Clorinda y reforzarán las provincias argentinas fronterizas, y convertirá a Buenos Aires desde entonces a la ciudad más poblada por paraguayos, incluso más que la capital Asunción. Pero la vida del exiliado no resulta fácil ni romántico, el escritor expulsado, se vuelve presa predilecta de la censura oficial y la autocensura por instinto de conservación. Además, lejos de la patria amada padece la inseguridad personal, la inestabilidad económica y laboral, cuando no la desaparición o persecución constante, como en la década de 1970, muchos sufrieron el doble o el triple exilio por el pacto de terror que significó el Plan Cóndor de los gobiernos militares y dictatoriales. Pero como dijo Roa Bastos: “Todos los exiliados(al regresar) traen consigo en su zapato el polvo de la tierra desconocida, la visión de otro cielo, la sabiduría que enseña el sufrimiento. Así mismo explican que el destierro es como la muerte y el retomo es como una resurrección”.
Pero es irrefutable que la mayor parte de la literatura paraguaya, como también su música, fue escrita en el exilio, casi íntegramente las obras de Gabriel Casaccia, Augusto Roa Bastos, Elvio Romero, Rubén Bareiro Saguier, Lincoln Silva, Ester de Izaguirre, Carmen Soler, Rodrigo Díaz Pérez, Juan Manuel Marcos, Catalo Bogado Bordón, Carlos Martínez Gamba, Carlos Garcete, Carlos Pastore, Félix de Guarania, Antonio Ortiz Mayans, Carlos Federico Abente, Armando Almada Roche, Zenón Bogado Rolón, Carlos Agustín Bedoya(Tumbita), Justo Pastor Benítez, Epifanio Méndez Fleitas, Osvaldo Chávez, Rodolfo Báez Valenzuela, Juan Stefanich, Martín Almada, Lino Trinidad Sanabria, Enrique Collar, Trigidio González Candia, Celso Avalos Ocampo, y otros que el extrañamiento no impidió que siguiera la devoción "por el amor que se debe a la patria", como dijera Ruy Díaz de Guzmán. Lo destacable en estos creadores es la mística con que crearon y lucharon por la libertad de su patria, como un valor supremo y entregados todos ellos a esa devoción que es la patria, heredada de los ancestros guaraníes comunitarios, comunismo primitivo como llaman los antropólogos, y los conquistadores comuneros como Irala y otros, sentimiento de patria en su pueblo que ha servido al Paraguay para sobrevivir a tantas hecatombes y tragedias de exterminio.
Como cuando Elvio Romero, autor de “Los innombrables” y “Los valles imaginarios”, habla a su patria y le dice:

“Padre: te hablo otra vez en la mañana
radiante hacia los blancos cocoteros
te hablo otra vez, tendido en tus fronteras,
           varón gallardo.
De Sur a Norte te contemplo y leo
las misteriosas líneas de tu mano.
te nombro una vez más y no respondes,
           Paraguay duro.
Fronterizo del viento y de la luna,
país forjado en el verano y hecho
de cántaro canoro y sosegado,
           tierra cantora.
Cuando se canta allí, cuando se sufre,
cuando hay alguien que llora por sus muertos,
cuando todo suplica por los vivos,
           Paraguay triste.
Y cuando todos te despojan, pones
la mejilla ofreciéndola al castigo,
Cristo moreno con los pies en llaga,
           Paraguay bueno.
Hijo distante, me pregunto a veces
por qué te escribo este cantar, si dejas
un áspero dolor en mis recuerdos,
           Padre inquietante.
De lejos, Padre, canto la escarlata
luz que algún día alumbrará tus pasos,
celebro a un astro en tus boscajes, canto
el gesto libre que te hará dichoso;
te imagino también con poncho de alba,
padre purpúreo, Paraguay profundo,
           Padre de fuego.”

Y el poco conocido como poeta Osvaldo Chaves, autor de los libros  “HISTORIA Y FILOSOFÍA” (1958) y “CONTRIBUCIÓN A LA DOCTRINA DE LA REVOLUCIÓN PARAGUAYA”:

PARAGUAY DE TRISTEZA Y ESPERANZA

En mi tierra los gringos se han lucido
para escarnio del pueblo, para el vicio
para hacer sus negocios sin ruido
nombraron a un gerente vitalicio.

Por esos nuevos siervos de la gleba
por sus hijos sus madres su quebranto
por estas banderas que flamean
oprimo el puño el corazón y el canto.

Por ellos tengo un rumbo y una estrella
les debo el pan les debo mi alegría
pienso por ellos que la vida es bella
y vuelvo al combate con la luz del día.

Me duele el Paraguay con su tristeza
el gemido en la noche y la tortura
el conocer que es mucha la pobreza
y es largo el crimen de la dictadura.

Yo sé no volverán los compañeros
que hoy son tierra y ceniza para el viento
se mecerá su voz por los senderos
y en el maizal su nuevo pensamiento.

 No sé si he de morir antes del día
mas sé que será como he vivido
de cara al vendaval mi rebeldía
y el amor a mi pueblo escarnecido.

 No importa si me duermo en esta plaza
veré en mi despertar niños risueños
y en mi valle natal gente descalza,
pondrá un último terrón sobre mis sueños.

 Por ese día abierto florecido
con pan con libertad sin llanto
prisiones rotas y pueblo redimido
por ese día inevitable canto.

Asimismo, el gran y olvidado poeta exiliado Carlos Agustín Bedoya que aún hoy reside en París,  cuyo apodo “Tumbita” recuerda la mazmorra del tirano, luego de conocer los rigores y el  infierno de la dictadura en 1958, perseguido, encarcelado y torturado, dejó el terruño y plasmó como nadie ese momento de dolor y desgarro, sin perder de vista sus ideales de lucha y poéticos, en un poema simbólico y convertido en una maravillosa canción por Juan Bernardino Méndez Vall, “Papucho”, otro gran luchador por la democracia  paraguaya.

      CARTA CANCIÓN
Antes de partir a buscar el sol,
vida de mi vida,
mi guitarra está sollozando en Fa
para ti esta carta.

Quiero que al leer sepas que yo fui
tras la luz ansiada,
que debe alumbrar todo el historial
de la patria amada.

Esta carta mía, guardála mi amor,
guardála en tu vientre,
para que un clavel al amanecer
te encuentre sonriente.

Esa flor vital con el rostro igual
a mi rostro ausente,
quién traerá para ti, corazón,
la alegría que yo fui a buscar.

Cuando vuelva a ti para proseguir
nuestra agricultura,
 te hallaré total, tórrida y frutal,
fértil hermosura.

Y seremos tres para releer
esta carta cierta,
que por ser social ya no es personal
sino carta abierta.

Y seremos tres y seremos mil
y tal vez millones,
para construir el poder civil
de los corazones.
Para escuchar, en la libertad,
nada más que amores…
Todo el sol y el jazmín
y la miel de alegría
que yo fui a buscar.

Y para ir redondeando, como se dice últimamente, nuestro brillante Roa Bastos escribió que el Paraguay “durante siglos ha oscilado sin descanso entre la rebeldía y la opresión, entre el oprobio de sus escarnecedores y la profecía de sus mártires”. Y la paradoja del destino, fueron muchos los extranjeros que aportaron a la literatura paraguaya, José Rodríguez Alcalá, autor de la primera novela “Ignacia”, Goycochea Menéndez, autor de los versos de “La noche antes”, y Rafael Barrett, autor de “El dolor paraguayo”. Y precisamente Barrett en una de sus célebres frases y adagios nos dice  que lo importante es donde se pace, no donde se nace, como la literatura paraguaya gran parte no pudo ser escrita en el Paraguay pero sí en el exilio argentino y otros países del mundo. Si alguien sigue sosteniendo que no existe la literatura paraguaya o es una incógnita o forma parte o antecedente de la literatura argentina o uruguaya es porque no se ha tomado el trabajo de averiguar y constatar su vívida y vigorosa existencia, o habría que los escritores paraguayos darle la razón al gran y genial Víctor Hugo, autor de “Los Miserables”, “El hombre que ríe” y “Odas y baladas”, que dijo en su tiempo que para ser un escritor importante primero hay que elegir para nacer en un país importante, que él era importante porque representaba a un país importante, más allá de sus maravillosas obras poéticas y novelísticas, así murió orgulloso el poeta romántico de su Francia, a la que consideraba como la cumbre de la civilización occidental, acompañado también a su morada final por tanta gente orgullosa de su poeta y escritor, nunca vista en la historia de su país, según las crónicas de la época.
Finalmente, el gran escritor de Chicago John Roderigo Dos Passos, objetor y defensor público contra el fusilamiento de los líderes obreros Sacco y Vanzetti, escribió alguna vez que  “Podéis arrancar al hombre de su patria, pero no podéis arrancar la patria del corazón del hombre.”
GRS
Buenos Aires, 5 de mayo de 2019.
Ponencia pronunciada por el autor en la 45º Feria del Libro Buenos Aires.

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