miércoles, 8 de junio de 2016

Eduardo Alvarez Tuñón, el doble de riesgo de la poesía

página/12, MIÉRCOLES, 8 DE JUNIO DE 2016
LITERATURA › EDUARDO ALVAREZ TUÑON Y SU NOVELA LA MUJER Y EL ESPEJO

“Me inspiro en historias reales que recreo desde lo poético”

No es solo poeta y escritor, sino también fiscal general, un trabajo que lo puso en contacto con más de una historia digna de ser narrada. Lo que cuenta en su nuevo y extraordinario libro, precisamente, viene de la realidad pero parece ficción.




 Por Silvina Friera

“Cuando nos enamoramos, los hombres amamos siempre igual. Les escribiríamos las mismas dedicatorias a las mujeres...”(Imagen:Guadalupe Lombardo)


El arrebato por devorar una novela no depende tanto del apetito del lector, sino del demiurgo que mueve con sigilo las piezas de una trama que presagia un mundo en extinción. “Actuar es siempre una forma de engañar”. Eso cree la doble de riesgo Adela Rodríguez, una réplica exacta de Aída del Carril –famosa actriz de Hollywood de la década del 40–, de visita en Buenos Aires, en el living de una casa del barrio de Almagro que deviene un gran escenario. Como si el guionista se burlara de las frágiles criaturas duplicadas, Adela representa a la diva mexicana a pedido del poeta argentino Martín Galdós, exiliado político que regresa por unos días al país. El necesita que sus hermanas –Carmen y Amalia– sigan creyendo que está en pareja con la diva mexicana y no con su doble de riesgo. Qué extraño y perturbador resulta el patrimonio de parecerse a otro. “A veces pienso que los dobles somos producto de un olvido de Dios, que repite lo que había hecho, sin darse cuenta”, dice Joaquín, el doble de Clark Gable, una especie de maestro de iniciación de Adela, en la excepcional La mujer y el espejo (Libros del Zorzal) del poeta y narrador Eduardo Alvarez Tuñón.

“Todo lo que escribo es verdad. Yo me inspiro en historias reales que recreo desde un punto de vista poético porque vengo de la poesía”, revela Álvarez Tuñón a Página/12. “Mi tío, Raúl González Tuñón, muy buen poeta y un comunista visceral, honesto y utópico, en una de esas vueltas por América, después de la Guerra Civil Española, empieza a salir con una gran actriz mexicana del cine de Hollywood de los años 40: Dolores del Río. Mi tío vive con ella una relación bastante intensa, unos seis meses. Él se subyuga con la belleza de Dolores, pero se decepciona por su superficialidad. Al poco tiempo rompe con ella porque no soporta ese ambiente. Lo que ocurre es que mi tío está en una estación de tren y la ve con un tapadito, un bolsito, y se acerca y le dice: ‘Dolores, yo no quiero quedar mal con vos…’ Ella le dice: ‘discúlpeme, entiendo que se confunda, yo sé quién es usted, yo soy la doble de riesgo de Dolores del Río, soy Soledad Rodríguez’. Lo maravilloso es el grado de igualdad tan intenso como para confundirla con una mujer con la cual vivió. Mi tío habla con la doble de riesgo, una chica humilde y más profunda, que tenía un poco más de contacto con la poesía, y empieza a salir con la doble. Y después se va a vivir con ella. Yo tenía 17 años cuando me contó la historia. Me acuerdo que me dijo algo que me impactó: ‘eran iguales; la voz era tenuemente diferente’”.

La textura de la realidad simula una gran invención. “Mi tío que era un hombre valiente, un perseguido político, un tipo que había estado en las Brigadas Internacionales, un hombre que estuvo en el frente de la Guerra Civil Española, teme contarle a las hermanas la historia... Tal vez no haya nada con más moralina que la izquierda tradicional argentina, los socialistas, los viejos comunistas. No hay que olvidarse que algunos viejos comunistas llegaron a estar en contra del aborto”, recuerda el escritor. “Entonces le pide a la doble de riesgo de Dolores del Río que la reemplace en el living de una casa del barrio de Almagro. La doble acepta y viene a Buenos Aires… La adolescente que aparece en ese living de la novela es mi mamá. La doble le cuenta la verdad sólo a mi mamá para que no se enteren las hermanas de mi tío. Mi mamá queda tan seducida con la doble que le puso a mi hermana Soledad. Mi tío no les temía a los fascistas en España y sí a las hermanas en Almagro. Los hombres somos cobardes con los afectos. Los hombres no nos divorciamos, tratamos de que las mujeres nos echen. En la novela, a Adela le llega una carta que dice ‘mudóse’. Martín ni si siquiera se atreve a romper con ella; usa la lejanía como forma de huir”.
–Más allá de la crítica al género masculino, la novela también arroja un interrogante: ¿En qué consiste el amor para los hombres? ¿De qué se enamoran cuando se enamoran?

–Cuando nos enamoramos, los hombres amamos siempre igual. Les escribiríamos las mismas dedicatorias a las mujeres, usaríamos las mismas frases. El amor es una religión donde Dios es siempre el mismo. Martín le escribe a las dos casi la misma dedicatoria. (Jorge Luis) Borges lo dice en el poema “El amenazado”: “Es el amor (…) la hermosa máscara ha cambiado, pero como siempre es la única”. ¿Qué amamos de una mujer cuando nos enamoramos? “Dormidas son iguales”, dice Martín en la novela. Dejo flotando qué hace un poeta ante la belleza absoluta.
–¿Investigó sobre el mundo de los dobles de riesgo para escribir la novela?

–Sí, es un mundo fascinante porque viven de parecerse a otros. El universo cuida a esos otros, pero a ellos los considera descartables. Los dobles de riesgo se reunían en un bar de México y tenían dos miedos: que el actor dejara de trabajar y que envejecieran distinto. Para no envejecer distinto trataban de imitar la vida de los artistas. Pero hay cosas que no se pueden imitar: la muerte, los dolores, los divorcios, la paternidad, las alegrías y las tristezas que marcan un rostro. Me interesa esa pequeña distracción del universo de Dios que hace a dos seres iguales en el mismo mundo. Los dobles no pueden hablar, pero en la novela Adela tiene por primera vez la representación de una escena donde sí puede hablar. Pero no en un teatro, sino en el living de una casa de Almagro. Me interesan las historias de los seres que se repiten.
–¿El doble de riesgo de Clark Gable y el reencuentro entre Aída del Carril y Adela Rodríguez, hacia el final de la novela, muchos años después, son las principales invenciones de su cosecha?

–Sí. Me gustó que dos mujeres unidas por un intenso parecido físico se reencuentren para ver cómo envejeció cada una. Envejecieron igual y para las dos Martín Galdós es una figura olvidada. Aída del Carril dice que la belleza siempre es indiferente al que la admira. La literatura es una forma de mirar; me parece que a las historias reales hay que tratar de sacarles, desde la poesía, todas las facetas posibles. Me gusta mucho un capítulo en el que Aída se confiesa con Adela y se da cuenta de que es tan parecida a su doble que no la puede despreciar. La doble también tiene algunas cosas de Aída del Carril: Buenos Aires no le gusta mucho porque no la reconocen. Hay otro detalle que no sé si quedó tan claro en la novela. Queda en el aire si Adela no sale con Martín Galdós como una forma de seguir pareciéndose a Aída del Carril… En un momento Joaquín, el doble de Clark Gable, le dice que por el temor de no parecerse le puede copiar la vida. Pero esto tiene un límite… (risas).
–Una cuestión que tiene mucha importancia es el paso del tiempo y cómo cambió el cine en pocos años, ¿no?

–Sí, el cine empezó a ser el cine existencialista, el cine dentro de la habitación y no el cine hollywoodense de grandes historias que pueden ser contadas. No me gustan los libros que no se sabe cómo empiezan o cómo terminan, esa cosa tan ininteligible del tipo “yo no escribo historias, escribo textos”. Me gusta el narrador de Las mil y una noches, el confabulador nocturno, el tipo que empieza con “había una vez…” Me gusta la seducción de la narrativa pura, pero trato de no alejarla de la poesía. La poesía es un poco la Cenicienta de las artes por culpa de los poetas que escriben poemas crípticos para otros poetas. Yo trato de escribir historias que puedan ser interesantes, introduciéndole algo de la poesía. Esa es mi propuesta como narrador: que la gente llegue a la poesía, pero no bajo la forma de la poesía. No me gusta la absoluta ficción, aunque respeto a muchos que la hacen, como Marcelo Cohen o Borges mismo, salvando las distancias. Me gusta la literatura como una forma de mirada de lo que es real.
–¿Qué le interesa de esa forma de mirar?

–El mundo ya está inventado, yo lo voy a mirar. Francis Bacon decía: “Contempla el mundo y serás artista”. Yo prefiero contemplar el mundo y escribirlo.
–En La mujer y el espejo se cuenta que Adela Rodríguez leyó los poemas de Tuñón de una antología. ¿Es cierto?

–Sí. Lo había leído más la doble de riesgo que Aída del Carril. Adela era huérfana y muy humilde, por eso ella se relaciona con mi madre. Uno de los hermanos de Raúl González Tuñón en 1924 embaraza a una chica de la cuadra. ¿Cómo reacciona la familia? Le hace tener el bebé, a los tres días se la entregan a las hermanas de mi tío y se mudan. Mi mamá nunca vio a su madre y yo nunca supe quién era mi abuela materna. En ese momento en que mi mamá conoció a la doble de riesgo de Dolores del Río estaba empezando a noviar con mi papá, Mirko Alvarez, un actor de teatro independiente del grupo de Pepe Soriano y Héctor Alterio, que murió muy joven de un aneurisma.
–Uno de los temas de la novela tiene que ver con los mundos perdidos. ¿Qué implican estas pérdidas?

–Hay una melancolía por los reinos que desaparecen y que va a ser dificilísimo de explicar a los que vienen: el mundo de la pasión política, el mundo de los dobles, la valorización de la poesía, el cine de historias y las personas que dejaron de ser necesarios para el mundo. Martín en un momento de la novela está en el cine viendo una película de Aída del Carril y se da cuenta de que en los créditos no figura el nombre de Adela Rodríguez, no figura la doble. Lo que ha dejado de ser necesario para el mundo lo miramos con nostalgia; pero en un momento también morirá la nostalgia y nadie sabrá de qué hablamos. Tiene algo de elegía por lo que se ha perdido. Cuando las dos se encuentran viejas, Aída dice que son como las viejas ciudades europeas: “tenemos calles que ya nadie recorre y son bellísimas”.
–¿Qué otras historias reales alimentaron sus novelas o cuentos?

– Yo soy fiscal general ante la Cámara Nacional de Apelaciones del Trabajo. Una vez me llamó un juez de Córdoba para consultarme por un expediente que me maravilló tanto que después escribí una novela, El desencuentro. La historia es de dos hermanos que tienen una hermana menor que nace obesa, diabética y sin división de paredes en el corazón, con muy poca expectativa de vida. Cuando los padres mueren, los hermanos la empiezan a cuidar. Ellos la hacen estudiar piano, francés, inglés; viven para la hermana. En un examen médico surge que a la hermana le queda un año y medio de vida. Los hermanos se reúnen y uno dice que ella no puede morir sin conocer el amor, sin enamorarse de alguien. Como ellos conocían a un chico muy culto que trabajaba en un aserradero, lo llamaron y le contaron lo que querían: “Queremos que la vayas a ver, que la enamores. Nosotros te pagamos y te pedimos silencio absoluto y que no salgas con nadie del pueblo”. El tipo aceptó y empezó a hacer de novio, hasta que la gorda muere. El tipo va al velorio, llora desconsoladamente y después le manda un telegrama a los empleadores: “Atento a la extinción del contrato de trabajo por muerte del objeto, intimo las indemnizaciones”. Los hermanos se presentaron en el juicio y dijeron: “Nosotros lo contratamos para que hiciera de novio, cumplió, hizo feliz a nuestra hermana, pero creemos que no tenemos que indemnizarlo. Él ya sabía, le hemos pagado todo”. Se falló a favor de los hermanos; no había que indemnizarlo. En la novela cuento la historia con una diferencia. Él se va enamorando de la gorda porque ella es profunda, sutil, distinta de todas las mujeres, pero la gorda se va dando cuenta de que a él le pagan. Él se va enamorando mientras ella se va decepcionando.
–Su trabajo como fiscal y los expedientes que lee deben ser un posible manantial de historias, ¿no?

–A veces sí, como el cuento “La suprema ayuda” en el libro Armas blancas. Cuatro obreros de la construcción, amigos de toda la vida, que siempre trabajaron juntos, llegan una mañana de invierno muy fría a una obra en Núñez y uno de ellos tiene un vahído y cae muerto. Lo tocan, lo sienten muy frío, ¿qué hacen? Lo suben y lo tiran para aparezca como un accidente de trabajo y la mujer pueda cobrar la indemnización. Me llega un juicio por accidente de trabajo, lo entro a ver y la autopsia dice: “lipotimia seguida de muerte”… No estaba muerto; lo mataron, lo tiraron vivo. Yo escribo el cuento y cuando lo tiran él grita y ellos se desesperan porque se dan cuenta de que lo mataron. ¿Qué me interesa de este cuento? Que lo quisieron ayudar. La tragedia es que son todos personajes buenos que unidos hacen un mal…
Durante el lento itinerario del silencio, esos segundos en que la tragedia es como un eco afónico, las manos de Álvarez Tuñón vuelven sobre la tapa del extraordinario libro de ensayos de la escritora estadounidense Cynthia Ozick, Metáfora y memoria, que estaba leyendo antes de comenzar la entrevista con este diario. “Un día fui a verlo a Borges, le llevé unos poemas; él era muy generoso y recibía a todo el mundo. En un momento no sé cómo llegamos a hablar de finales. Quizá porque le comenté que no podía terminar un cuento que estaba escribiendo. ‘Esto no es un tema de los escritores, esto también le pasa a Dios, que no sabe hacer finales”, me dijo. “Dios no sabe terminar las historias, a veces las termina antes o después. Así que no se preocupe, usted comparte una cualidad con Dios’. Muy bueno, ¿no? Borges era un genio”.

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