viernes, 26 de mayo de 2017

Requiem por unas vías muertas...!

réquiem por unas vías muertas

¡mucha gente poca plata! ¡mucha gente poca plata!
¡sobra guarda raja falta! ¡sobra guarda raja falta!
                                             
todavía hoy marcan la mirada de mis recuerdos
tus plateados trazos que se hundían en el horizonte
como espadas infinitas y brillantes contra el destino
que parecían a lo lejos unir su paralelo al cielo
señalando el futuro a soñadores y enamorados
y alargando la espera del tren cansino que nunca llegaba
o estirando la despedida del pueblo que lloraba un hijo
                                            
hoy cubiertas por espesas gramillas y pastizales
como lágrimas frescas sobre viejas fotografías
enterradas por el olvido junto a los durmientes
que a mí me duelen como seres queridos muertos
y me dan ganas de cavar el tiempo de mi infancia
para recuperar la alegría sencilla de una estación
a la hora de llegada de aquél tren de mi pueblo
                                          
aún recuerdo la historia contada por mis mayores
de aquel tren con banderas repleto de soldados
que marchaban entusiastas a las trincheras del chaco
blandiendo machetes y algunos que otros fusiles
pero todos cantando y jurando a la patria querida
y que ofrendaban sus vidas como pruebas de amor
y clamaban "vencer o morir" como la consigna  a seguir

al final de la contienda el tren volvió aún más cargado
traía además de los victoriosos soldados campesinos
una contingencia desarrapada de prisioneros bolivianos
prolongarán a trabajo forzado algunos kilómetros de vías
y regresarán a su patria un día doblemente vencidos
pero tren de tan pesado parecía un carguero al llegar
y era que traía también las almas de los patriotas muertos
                                          
¡poca gente menos plata! ¡poca gente menos plata!
¡salta brasa sobra plaza! ¡salta brasa sobra plaza!

luego el mismo tren alborotado de revolucionarios
marchaba sobre asunción el año cuarenta y siete
sumando adherentes en cada estación y paradas
el viaje era una fiesta popular de sueños imparables
hasta que las fuerzas del tirano sanguinario
los devolvió a sangre y fuego al punto de partida
elegir la tragedia de morir o partir al destierro

pero cuántas historias más se perderán para siempre
quedarán bajo tierra como las vías que hoy lamento
con el tren se ha ido todo lo memorable del pueblo
ya no habrán encuentros ni adioses a los apurones
al sonar el silbato o la campanita del jefe de estación
los niños saltando y trepándose por los últimos vagones
y el tren comenzaba a moverse como un pesado ciempiés
                                        
en la vida  aprendimos a caminar derecho sobre rieles
desplegábamos los brazos como queriendo volar
pero la lección de equilibrio aparecía con el tiempo
pero  lográbamos a andar hasta con los ojos cerrados
de tanto desear a emprender alguna vez un viaje
como acostumbrábamos ver partir a los compueblanos
cada semana que el tren viboreaba hacia asunción

cuántas travesuras inocentes enternecen mis recuerdos
viajar jugando colgado del último furgón de carga
despedirse de la supuesta amada y llorar a lágrimas
como hacían los auténticos amantes al partir de verdad
el sueño de descarrilar la formación con finas agujas
y monedas de níquel colocadas a escondidas sobre las vías
delante del tren que llevaba un amor que podía ser nuestro

¡gente sube gente baja! ¡gente sube gente baja!
¡guarda pasa nadie paga! ¡guarda pasa nadie paga!
                                        
hoy la estación es apenas una olvidada tapera derruida
un caserón habitado todavía por ajetreados fantasmas
que guardan el dolor de una  novia al perder su corazón
o la imagen imborrable de un enamorado en la ventanilla
con sus ojos inconsolables mirando a la amada
o la voz quebrada de una madre aconsejando
por última vez al hijo que tal vez no volverá nunca
                                           
cuando el tren llegaba traía noticias y forasteros
pero cuando partía se llevaba los coches y vagones
cargados de sueños y esperanzas de vida mejor
aunque a veces devolvía cartas de dolor y tristeza
pero casi nadie ha vuelto en vida al terruño
y más de uno su retorno fue para el campo santo
y esperar seguro el sueño eterno bajo tierra

si pudiera levantar los años como paladas de tierra
resucitar los durmientes crucificados por el tiempo
que perpetúan las trochas angostas medias y anchas
cuando la nostalgia pretende viajar en primera
y olvidar el descarrilamiento  que truncó su sueño
poco antes de que los últimos furgones de la esperanza
se desprendieran del viejo tren que olvidó el regreso

todavía me abriga como ayer tu aliento de brasa
y me enceguecen tus chispas que saltan a los ojos
recuerdo que llorábamos al escuchar tu adiós de sirena
y no podíamos ir a despedirte como a un amigo
entonces imaginábamos tu aceitado esfuerzo al partir
tus brazos de hércules en medio del asfixiante humo
y sentíamos de lejos tu asmático y monstruoso respirar
                                       
¡lenta marcha  nadie paga! ¡ lenta marcha nadie paga!
¡cola larga mucho tarda! ¡cola larga mucho tarda!

senda querida del primer ferrocarril de sudamérica
huellas perdidas del último convoy del mundo
orgullo de progreso del paraguay de los lópez
vergüenza de dejadez de los gobiernos posteriores
lanzas que atraviesan la geografía de mi pecho
cuando sueño volver y mi tren quedó sin vías
justo a la hora que mi gente se reunía en la estación
                                      
quisiera de pronto desenterrar los caminos andados
redescubrir las huellas de mis pies descalzos
sobre los rieles dormidos para siempre en el olvido
atizar en la caldera del tiempo los leños del recuerdo
donde hace combustión el sueño del hijo pródigo
que apenas sobrevive en la ingrata distancia
y que no ha podido desandar el itinerario de su tren

sigo viendo a ese niño que acompañaba corriendo el tren
sabiendo de antemano que lo haría sólo hasta el cansancio
para luego volver a la estación como negándose a quedar
o al otro niño tirado sobre los tibios rieles recién pisados
auscultando en la distancia al tren que llevaba su ilusión
y que hoy estos versos le tienden sus manos en el tiempo
al niño que corría y levanta al otro que en el suelo escuchaba

pero vaya éste réquiem de regreso a casa de mi pueblo
que llegue como un murmullo más a la estación
suene la pitada al llegar los furgones cargados
que saluden los familiares a los añorados parientes
los niños alegres que éramos reciban a los adultos
que regresan fantasmalmente a través de estos versos
removiendo las vías transitadas por la larga ausencia 

¡chupa agua fuma raja! ¡chupa agua fuma raja!
¡el tren para dice basta! ¡el tren para dice basta!     

*Versos extraídos del libro "Poemas entre el amor y el olvido" de G.R.S.

martes, 2 de mayo de 2017

Oda al libro cerrado...!

oda al libro cerrado*


una rosa en capullo
que aguarda el sol con deseo
una boca aún no besada
que delira por ser tentación
como el libro cerrado que sueña
con unos ojos bien abiertos

y una mano de puro puño
que espera abrirse a otra
un jardín de invierno
donde duerme la primavera
y que siente como el libro cerrado
cuando una mirada recorre su lomo

de pronto un dedo hace la luz
y las páginas se entregan al hojeo
la sintaxis se lubrica de emoción
y algunos adjetivos se ruborizan
mientras el lector acaricia a tientas
como un ciego su objeto textual

pero sabe que el libro una vez abierto
ya nadie evitará lo que depara el destino



*Versos extraídos del libro "Poemas de hoy en día" de G.R.S.

domingo, 23 de abril de 2017

El libro y la Educación

El libro y la educación

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Paulo Freire fue un educador y experto en temas de educación, de origen brasileño. Autor de, entre otras obras, Pedagogía del oprimido, Pedagogía de la esperanza y la Pedagogía de la liberación. Uno de los más influyentes teóricos de la educación del siglo XX.
Se ocupó de los hombres y mujeres «no letrados», de aquellos llamados «los desarrapados del mundo», de aquellos que no podían construirse un mundo de signos escritos y abrirse otros mundos, entre ellos, el mundo del conocimiento (sistematizado) y el mundo de la conciencia (crítica). Porque para Freire el conocimiento no se transmite, se «está construyendo»: el acto educativo no consiste en una transmisión de conocimientos, es el goce de la construcción de un mundo común. 

Algunas de sus frases para reflexionar

- Es necesario desarrollar una pedagogía de la pregunta. Siempre estamos escuchando una pedagogía de la respuesta. Los profesores contestan a preguntas que los alumnos no han hecho.
- Mi visión de la alfabetización va más allá del ba, be, bi, bo, bu. Porque implica una comprensión crítica de la realidad social, política y económica en la que está el alfabetizado.
- Enseñar exige respeto a los saberes de los educandos
- Enseñar exige la corporización de las palabras por el ejemplo
- Enseñar exige respeto a la autonomía del ser del educando
- Enseñar exige seguridad, capacidad profesional y generosidad
- Enseñar exige saber escuchar
- Nadie es, si se prohíbe que otros sean
- La Pedagogía del oprimido, deja de ser del oprimido y pasa a ser la pedagogía de los hombres en proceso de permanente liberación
- No hay palabra verdadera que no sea unión inquebrantable entre acción y reflexión
- Decir la palabra verdadera es transformar al mundo
- Decir que los hombres son personas y como personas son libres y no hacer nada para lograr concretamente que esta afirmación sea objetiva, es una farsa
- El hombre es hombre, y el mundo es mundo. En la medida en que ambos se encuentran en una relación permanente, el hombre transformando al mundo sufre los efectos de su propia transformación
- El estudio no se mide por el número de páginas leídas en una noche, ni por la cantidad de libros leídos en un semestre. Estudiar no es un acto de consumir ideas, sino de crearlas y recrearlas
- Solo educadores autoritarios niegan la solidaridad entre el acto de educar y el acto de ser educados por los educandos.
- Todos nosotros sabemos algo. Todos nosotros ignoramos algo. Por eso, aprendemos siempre.
-La cultura no es atributo exclusivo de la burguesía. Los llamados "ignorantes" son hombres y mujeres cultos a los que se les ha negado el derecho de expresarse y por ello son sometidos a vivir en una "cultura del silencio".
- Alfabetizarse no es aprender a repetir palabras, sino a decir su palabra.
- Defendemos el proceso revolucionario como una acción cultural dialogada conjuntamente con el acceso al poder en el esfuerzo serio y profundo de concienciación.
- La ciencia y la tecnología, en la sociedad revolucionaria, deben estar al servicio de la liberación permanente de la Humanización del hombre.

jueves, 20 de abril de 2017

Entre el futuro de ayer y el futuro de hoy


Para que el futuro sea de nuevo posible

Por Boaventura de Sousa Santos *


Cuando observamos el pasado con los ojos del presente, nos encontramos ante cementerios inmensos de futuros abandonados, luchas que abrieron nuevas posibilidades, pero que fueron neutralizadas, silenciadas o desvirtuadas, futuros asesinados al nacer o incluso antes, contingencias que decidieron la opción vencedora, atribuida después al sentido de la historia. En estos cementerios, los futuros abandonados son también cuerpos sepultados, a menudo cuerpos que apostaron por futuros equivocados o inútiles. Los veneramos o execramos en función de si el futuro que quisieron coincide o no con el que queremos para nosotros. Por eso lloramos a los muertos, pero nunca a los mismos muertos. Para que no se piense que los ejemplos recientes se reducen a terroristas suicidas, mártires para unos, terroristas para otros, en 2014 hubo dos celebraciones del asesinato del archiduque Francisco Fernando y de su esposa, Sofía Chotek, en Sarajevo, y que condujo a la Primera Guerra Mundial. En un barrio de la ciudad, bosnios croatas y musulmanes rindieron homenaje al monarca y a su esposa, mientras que en otro, serbobosnios hicieron lo propio con Gavrilo Princip, que los asesinó, e incluso le hicieron una estatua.

A principios del siglo XXI, la idea de futuros abandonados parece obsoleta, tanto como la propia idea de futuro. El futuro parece haber estacionado en el presente y estar dispuesto a quedarse aquí indefinidamente. La novedad, la sorpresa, la indeterminación se suceden tan trivialmente que todo lo bueno y lo malo eventualmente reservado para el futuro ocurre hoy. El futuro se anticipó a sí mismo y cayó en el presente. El vértigo por el paso del tiempo es igual al vértigo por la parálisis del tiempo. La banalización de la innovación va a la par con la banalización de la gloria y del horror. Muchas personas viven esto con indiferencia. Hace mucho que desistieron de hacer acontecer el mundo y se resignan a que el mundo acontezca. Son los cínicos, profesionales del escepticismo. Hay, sin embargo, dos grupos muy diferentes en tamaño y suerte para los cuales este desistimiento no es una opción.

El primero está constituido por la inmensa mayoría de la población mundial. Desigualdad social exponencial, proliferación de fascismos sociales, hambre, precariedad, desertificación, expulsión de tierras ancestrales codiciadas por empresas multinacionales, guerras irregulares especializadas en matar poblaciones civiles inocentes, etc., todo esto hace que una parte creciente de la población mundial haya dejado de pensar en el futuro para ocuparse de la supervivencia de mañana. Están vivos hoy, pero no saben si lo estarán mañana; tienen comida para alimentar a los hijos hoy, pero no saben si la tendrán mañana; tienen empleo hoy, pero no saben si lo tendrán mañana. El mañana inmediato es un espejo en el que al futuro no le gusta mirarse, pues refleja un futuro mediocre, rastrero, banal. Estas inmensas poblaciones piden tan poco al futuro que no están a su altura.

El segundo grupo es tan minoritario como poderoso. Se imagina haciendo acontecer el mundo, definiendo y controlando el futuro indefinida y exclusivamente para que no haya ningún futuro alternativo. Este grupo está constituido por dos fundamentalismos. Son fundamentalismos porque se basan en verdades absolutas, no admiten la disidencia y creen que los fines justifican los medios. Los dos fundamentalismos son el neoliberalismo, controlado por los mercados financieros, y el Daesh, los yihadistas radicales que se proclaman islámicos. A pesar de ser muy diferentes e incluso antagónicos entre sí, comparten características importantes. Ambos se basan en verdades absolutas que no toleran la disidencia política, ya sea la fe científica en la prioridad de los intereses de los inversores y en la legitimidad de la acumulación infinita de riqueza que esta permite, ya sea la fe religiosa en la doctrina del califa que promete la liberación de la dominación y humillación occidentales. Ambos pretenden garantizar el control del acceso a los recursos naturales más valorados. Ambos causan un inmenso sufrimiento injusto con la justificación de que los fines legitiman los medios. Ambos recurren con la misma sofisticación a las nuevas tecnologías de la información y la comunicación para difundir su proselitismo. El radicalismo de ambos es del mismo quilate y el futuro que proclaman es igualmente distópico: un futuro indigno de la humanidad.

¿Será posible un futuro digno entre los dos futuros indignos que acabo de señalar: el minimalismo de mañana y el maximalismo del fundamentalismo? Pienso que sí, pero la historia de los últimos cien años nos obliga a múltiples cautelas. La situación de la que partimos no es brillante. Comenzamos el siglo XX con dos grandes modelos de transformación progresista de la sociedad: la revolución y el reformismo; y comenzamos el siglo XXI sin ninguno de ellos. Cabe aquí recordar, de nuevo, la Revolución Rusa, ya que ella radicalizó la opción entre los dos modelos y le dio consistencia política práctica. Con la Revolución de Octubre de 1917 quedó claro para los trabajadores y campesinos (clases populares, diríamos hoy) que había dos vías para alcanzar un futuro mejor, que se avizoraba como poscapitalista, socialista. O la revolución, que implicaba ruptura institucional (no necesariamente violenta) con los mecanismos de la democracia representativa, quiebra de procedimientos legales y constitucionales, cambios bruscos en el régimen de propiedad en el control de la tierra; o el reformismo, que implicaba el respeto por las instituciones democráticas y el avance gradual en las reivindicaciones de los trabajadores a medida que los procesos electorales les fuesen siendo más favorables. El objetivo era el mismo: socialismo.

No trataré aquí las vicisitudes por las que pasó esta opción a lo largo de los últimos cien años. Solamente menciono que, luego del fracaso de la revolución alemana (1918-1921), se fue construyendo la idea de que en Europa y en los Estados Unidos de América (el primer mundo), el reformismo sería la vía preferida; al mismo tiempo, en el tercer mundo (el mundo socialista soviético se fue construyendo como el segundo mundo) se optaría por la vía revolucionaria, como sucedió en China en 1949, o por alguna combinación entre las dos vías. Entretanto, con la subida de Stalin al poder, la Revolución Rusa se transformó en una dictadura sanguinaria que sacrificó a sus mejores hijos en nombre de una verdad absoluta, que era impuesta con la máxima violencia. O sea, la opción revolucionaria se transformó en un fundamentalismo radical que precedió a los que mencioné arriba. A su vez, el tercer mundo, a medida que se iba liberando del colonialismo, comenzó a verificar que el reformismo nunca conduciría al socialismo, sino más bien, cuando mucho, a un capitalismo de rostro humano, como el que iba emergiendo en Europa después de la Segunda Guerra Mundial. El movimiento de los No Alineados (1955-1961) proclamaba su intención de rechazar tanto el socialismo soviético como el capitalismo occidental.

Con la caída del Muro de Berlín, los dos modelos de transformación social colapsaron. La revolución se transformó en un fundamentalismo desacreditado y caduco que se desmoronó sobre sus propios fundamentos. A su vez, el reformismo democrático fue perdiendo el impulso reformista y, con ello, la densidad democrática. El reformismo pasó a significar la lucha desesperada para no perder los derechos de las clases populares (educación y salud públicas, seguridad social, infraestructuras y bienes públicos, como el agua) conquistados en el período anterior. El reformismo fue así languideciendo hasta transformarse en un ente escuálido y desfigurado que el fundamentalismo neoliberal reconfiguró por vía de un lifting, convirtiéndolo en el único modelo de democracia de exportación, la democracia liberal transformada en un instrumento del imperialismo, con derecho a intervenir en países enemigos o “incivilizados” y a destruirlos en nombre de tan codiciado trofeo. Un trofeo que, cuando es recibido, revela su verdadera identidad: una ruina iluminada a neón, transportada en la carga de los bombarderos militares y financieros (ajuste estructural), estos últimos conducidos por los CEO del Banco Mundial y por el Fondo Monetario Internacional.

En la actualidad, la revolución se convirtió en un fundamentalismo semejante al maximalismo de los fundamentalismos, en tanto que el reformismo se degradó hasta ser el minimalismo de una forma de gobierno cuya precariedad no le permite ver el futuro más allá del mañana inmediato. ¿Habrán causado estos dos fracasos históricos, directa o indirectamente, la opción carcelaria en que vivimos, entre fundamentalismos distópicos y mañanas sin pasado mañana? Más importante que responder a esta cuestión es crucial saber cómo salir de aquí, la condición para que el futuro sea otra vez posible. Avanzo una hipótesis: si históricamente la revolución y la democracia se opusieron y ambas colapsaron, tal vez la solución resida en reinventarlas de modo que convivan articuladamente. Con otras palabras: democratizar la revolución y revolucionar la democracia.

* Doctor en Sociología del Derecho; profesor de las universidades de Coimbra (Portugal) y Wisconsin-Madison (EE.UU.). Su último libro es Epistemologías del sur.

FUENTE:Página/12, Contratapa. Buenos Aires, Jueves 20 de Abril de 2017. 

viernes, 14 de abril de 2017

Carta Abierta al Nuevo Agente Naranja

lunes, 10 de abril de 2017

Decálogo del perfecto cuentista

Horacio Quiroga
(1879-1937)

Decálogo del perfecto cuentista

I
Cree en un maestro —Poe, Maupassant, Kipling, Chejov— como en Dios mismo.
II
Cree que su arte es una cima inaccesible. No sueñes en domarla. Cuando puedas hacerlo, lo conseguirás sin saberlo tú mismo.
III
Resiste cuanto puedas a la imitación, pero imita si el influjo es demasiado fuerte. Más que ninguna otra cosa, el desarrollo de la personalidad es una larga paciencia.
IV
Ten fe ciega no en tu capacidad para el triunfo, sino en el ardor con que lo deseas. Ama a tu arte como a tu novia, dándole todo tu corazón.
V
No empieces a escribir sin saber desde la primera palabra adónde vas. En un cuento bien logrado, las tres primeras líneas tienen casi la importancia de las tres últimas.
VI
Si quieres expresar con exactitud esta circunstancia: "Desde el río soplaba el viento frío", no hay en lengua humana más palabras que las apuntadas para expresarla. Una vez dueño de tus palabras, no te preocupes de observar si son entre sí consonantes o asonantes.
VII
No adjetives sin necesidad. Inútiles serán cuantas colas de color adhieras a un sustantivo débil. Si hallas el que es preciso, él solo tendrá un color incomparable. Pero hay que hallarlo.
VIII
Toma a tus personajes de la mano y llévalos firmemente hasta el final, sin ver otra cosa que el camino que les trazaste. No te distraigas viendo tú lo que ellos pueden o no les importa ver. No abuses del lector. Un cuento es una novela depurada de ripios. Ten esto por una verdad absoluta, aunque no lo sea.
IX
No escribas bajo el imperio de la emoción. Déjala morir, y evócala luego. Si eres capaz entonces de revivirla tal cual fue, has llegado en arte a la mitad del camino.
X
No pienses en tus amigos al escribir, ni en la impresión que hará tu historia. Cuenta como si tu relato no tuviera interés más que para el pequeño ambiente de tus personajes, de los que pudiste haber sido uno. No de otro modo se obtiene la vida del cuento.

LA NACION, BUENOS AIRES, LUNES 10 DE ABRIL DE 2017.
Por qué volver a leer a Horacio Quiroga:
 nueva visita al autor de los cuentos perfectos




En 2017, se cumplen 80 años de su muerte y 100 de Cuentos de la selva, auténtico clásico hispanoamericano; sus relatos formaron a generaciones de escritores y de lectores desde la infancia.

Por Daniel Gigena

Este año se cumplieron 80 años de la muerte de Horacio Quiroga (1878-1937), el escritor uruguayo más argentino que se conozca hasta la fecha. Sus libros de cuentos formaron a generaciones de lectores desde la infancia. ¿Quién no leyó en la escuela primaria Cuentos de la selva y, luego,Cuentos de amor, de locura y de muerte? Del primero de esos libros se cumplen además cien años en 2017. Los narradores de literatura realista y fantástica no pudieron desconocer las reglas, establecidas de manera intuitiva y certera en un decálogo del perfecto cuentista, para convertir relatos en obras maestras. Quiroga introdujo su propia experiencia de vida en las ficciones que escribió en poco más de 30 años.

"Pero lo que se llama «vida» es un efecto de la ficción; Quiroga piensa sus cuentos de monte en oposición al artificio de los otros que se jugaban al desenlace imprevisto de la historia -señala el crítico Osvaldo Aguirre-. En «Ante el tribunal», de 1930, escribió: «Yo sostuve la necesidad de volver a la vida cada vez que transitoriamente pierde el arte su concepto; toda vez que sobre la finísima urdimbre de la emoción se han edificado aplastantes teorías». Quiroga aprendió en San Ignacio ese concepto del arte y tomó al pie de la letra el mandato; más de una vez, según testimonios, hizo largas jornadas en canoa o a caballo sólo para comprobar un detalle o algo que le habían contado. Pero la vida no explica la literatura; es el punto de partida de sus historias, la materia de su imaginación."

En el canon

La obra de Quiroga integra el canon de clásicos de la literatura argentina y uruguaya. "La lectura de sus cuentos no devuelve ninguna sensación de caducidad, sino de plena vigencia -dice Soledad Quereilhac, investigadora y docente-. Aunque sepamos que sus casi 250 cuentos fueron escritos o publicados en una época distante, entre 1904 y 1928, hay una vitalidad en ellos y una interpelación al lector actual que se renuevan década a década." Para la autora de Cuando la ciencia despertaba fantasías (Siglo XXI), eso se debe al vínculo que logra Quiroga entre la escritura y la experiencia vital, entre el económico desarrollo narrativo y sensaciones intensas de aventura, terror o muerte en contextos selváticos y urbanos.

"Quiroga distinguió en su obra los cuentos de efecto, derivados de sus lecturas de Poe y de los escritores naturalistas, y las historias a puño limpio, que llegan a su culminación con Los desterrados y son el núcleo de su obra -indica Aguirre, autor deLa vanguardia perdida (Ediciones de la Flor)-. Los primeros, que incluyen textos clásicos como «El almohadón de plumas»o «La gallina degollada», han recibido mayor atención de los lectores y de la crítica; los otros decantaron en una especie de estereotipo sobre el personaje de Quiroga." Allí se esconden claves de la esotérica poética quiroguiana.

Pablo Martínez Burkett es cuentista; en sus relatos, la fantasía también cruza épocas y ámbitos. "Quiroga es uno de los padres del fantástico rioplatense. Sus cuentos parten de una plataforma realista a la que le adiciona esa torsión fantástica que interroga la realidad." Como muchos, Martínez Burkett leyó en el secundario Cuentos de la selva. "Fue uno de los primeros en recrear el extrañamiento de lo cotidiano, pero con sabor local", agrega el escritor santafecino.

Un visionario en la selva

Pero Quiroga no fue sólo un narrador de historias truculentas; él ayudó a consolidar un género hoy apreciado por muchos lectores argentinos. Dice Quereilhac: "Quiroga fue uno de los responsables del arraigo y la consolidación de la literatura fantástica en el país, y lo hizo de la manera más eficaz en que pueden darse esos desembarcos genéricos en los países latinoamericanos: reencauzando ciertas convenciones del género, aprendidas mayormente en Edgar Allan Poe y Guy de Maupassant, hacia una sensibilidad y un repertorio de temas locales".

Quiroga se convirtió, además, en uno de los primeros escritores profesionales del campo cultural rioplatense. "Esa temprana profesionalización dejó marcas en su escritura; lo ayudó a consolidarse, de hecho, como el modernizador de la forma cuento en el Río de la Plata e iniciar una tradición de cuentistas magistrales", indica Quereilhac. Los escritores de la generación anterior a la de Quiroga, de las décadas de 1880 y 1890, eran médicos o abogados que escribían literatura en sus ratos libres. Quiroga hizo de la literatura una profesión: actuaba en la vida pública y concebía la escritura como un trabajo. "Vivo de lo que escribo. Caras y Caretas me paga $ 40 por página, y endilgo tres páginas más o menos por mes. Total $ 120 mensual. Con esto vivo bien", se lee en la correspondencia del escritor publicada por Losada.

A la modernización del cuento se suma otro rasgo fundamental, que asomó en relatos como "La insolación" (1908) y se consolidó con eficacia en Los desterrados (1926): la representación literaria del monte chaqueño y de la selva misionera, espacios que tenían escaso protagonismo en una literatura nacional dominada por el tándem campo pampeano y ciudad. "Quiroga imprimió sobre esa naturaleza brutal una mirada sobrenatural, con tintes decadentes y oscuros propios de lo fantástico y el terror, provenientes de su inicial sensibilidad modernista", observa Quereilhac.

Dos obras reúnen la literatura de Quiroga: Todos los cuentos (Fondo de Cultura Económica, Archivos, 1996) y Obra completa (Losada, 2002-2007), ambas coordinadas por Jorge Lafforgue, en las que participaron también Napoleón Baccino Ponce de León y Pablo Rocca. Quedan aún por explorar sus colaboraciones periodísticas, no ficcionales, que fueron muchas.



Cuento breve recomendado: “El hombre muerto”, de Horacio Quiroga


Horacio Quiroga. 
 “Luché porque el cuento tuviera una sola línea trazada por una mano sin temblor desde el principio al fin. Ningún obstáculo, adorno o digresión debía acudir a aflojar la tensión de su hilo. El cuento era, para el fin que le es intrínseco, una flecha que, cuidadosamente apuntada, parte del arco para ir a dar directamente al blanco”.H.Q.
[Este cuento incluye comentarios, al final, de Miguel Díez R]

EL HOMBRE MUERTO

(cuento)

Horacio Quiroga (1878-1937)

El hombre y su machete acababan de limpiar la quinta calle del bananal. Faltábanles aún dos calles; pero como en éstas abundaban las chircas y malvas silvestres, la tarea que tenían por delante era muy poca cosa. El hombre echó, en consecuencia, una mirada satisfecha a los arbustos rozados y cruzó el alambrado para tenderse un rato en la gramilla. Mas al bajar el alambre de púa y pasar el cuerpo, su pie izquierdo resbaló sobre un trozo de corteza desprendida del poste, a tiempo que el machete se le escapaba de la mano. Mientras caía, el hombre tuvo la impresión sumamente lejana de no ver el machete de plano en el suelo.
Ya estaba tendido en la gramilla, acostado sobre el lado derecho, tal como él quería. La boca, que acababa de abrírsele en toda su extensión, acababa también de cerrarse. Estaba como hubiera deseado estar, las rodillas dobladas y la mano izquierda sobre el pecho. Sólo que tras el antebrazo, e inmediatamente por debajo del cinto, surgían de su camisa el puño y la mitad de la hoja del machete, pero el resto no se veía.
El hombre intentó mover la cabeza en vano. Echó una mirada de reojo a la empuñadura del machete, húmeda aún del sudor de su mano. Apreció mentalmente la extensión y la trayectoria del machete dentro de su vientre, y adquirió fría, matemática e inexorable, la seguridad de que acababa de llegar al término de su existencia. La muerte. En el transcurso de la vida se piensa muchas veces en que un día, tras años, meses, semanas y días preparatorios, llegaremos a nuestro turno al umbral de la muerte. Es la ley fatal, aceptada y prevista; tanto, que solemos dejarnos llevar placenteramente por la imaginación a ese momento, supremo entre todos, en que lanzamos el último suspiro. Pero entre el instante actual y esa postrera expiración, ¡qué de sueños, trastornos, esperanzas y dramas presumimos en nuestra vida! ¡Qué nos reserva aún esta existencia llena de vigor, antes de su eliminación del escenario humano! Es éste el consuelo, el placer y la razón de nuestras divagaciones mortuorias: ¡Tan lejos está la muerte, y tan imprevisto lo que debemos vivir aún! ¿Aún…?
No han pasado dos segundos: el sol está exactamente a la misma altura; las sombras no han avanzado un milímetro. Bruscamente, acaban de resolverse para el hombre tendido las divagaciones a largo plazo: se está muriendo. Muerto. Puede considerarse muerto en su cómoda postura. Pero el hombre abre los ojos y mira. ¿Qué tiempo ha pasado? ¿Qué cataclismo ha sobrevivido en el mundo? ¿Qué trastorno de la naturaleza trasuda el horrible acontecimiento?
Va a morir. Fría, fatal e ineludiblemente, va a morir.
El hombre resiste -¡es tan imprevisto ese horror!- y piensa: es una pesadilla; ¡esto es! ¿Qué ha cambiado? Nada. Y mira: ¿no es acaso ese el bananal? ¿No viene todas las mañanas a limpiarlo? ¿Quién lo conoce como él? Ve perfectamente el bananal, muy raleado, y las anchas hojas desnudas al sol. Allí están, muy cerca, deshilachadas por el viento. Pero ahora no se mueven… Es la calma del mediodía; pero deben ser las doce. Por entre los bananos, allá arriba, el hombre ve desde el duro suelo el techo rojo de su casa. A la izquierda entrevé el monte y la capuera de canelas. No alcanza a ver más, pero sabe muy bien que a sus espaldas está el camino al puerto nuevo; y que en la dirección de su cabeza, allá abajo, yace en el fondo del valle el Paraná dormido como un lago. Todo, todo exactamente como siempre; el sol de fuego, el aire vibrante y solitario, los bananos inmóviles, el alambrado de postes muy gruesos y altos que pronto tendrá que cambiar…
¡Muerto! ¿pero es posible? ¿no es éste uno de los tantos días en que ha salido al amanecer de su casa con el machete en la mano? ¿No está allí mismo con el machete en la mano? ¿No está allí mismo, a cuatro metros de él, su caballo, su malacara, oliendo parsimoniosamente el alambre de púa? ¡Pero sí! Alguien silba. No puede ver, porque está de espaldas al camino; mas siente resonar en el puentecito los pasos del caballo… Es el muchacho que pasa todas las mañanas hacia el puerto nuevo, a las once y media. Y siempre silbando… Desde el poste descascarado que toca casi con las botas, hasta el cerco vivo de monte que separa el bananal del camino, hay quince metros largos. Lo sabe perfectamente bien, porque él mismo, al levantar el alambrado, midió la distancia.
¿Qué pasa, entonces? ¿Es ése o no un natural mediodía de los tantos en Misiones, en su monte, en su potrero, en el bananal ralo? ¡Sin duda! Gramilla corta, conos de hormigas, silencio, sol a plomo… Nada, nada ha cambiado. Sólo él es distinto. Desde hace dos minutos su persona, su personalidad viviente, nada tiene ya que ver ni con el potrero, que formó él mismo a azada, durante cinco meses consecutivos, ni con el bananal, obras de sus solas manos. Ni con su familia. Ha sido arrancado bruscamente, naturalmente, por obra de una cáscara lustrosa y un machete en el vientre. Hace dos minutos: Se muere.
El hombre muy fatigado y tendido en la gramilla sobre el costado derecho, se resiste siempre a admitir un fenómeno de esa trascendencia, ante el aspecto normal y monótono de cuanto mira. Sabe bien la hora: las once y media… El muchacho de todos los días acaba de pasar el puente.
¡Pero no es posible que haya resbalado…! El mango de su machete (pronto deberá cambiarlo por otro; tiene ya poco vuelo) estaba perfectamente oprimido entre su mano izquierda y el alambre de púa. Tras diez años de bosque, él sabe muy bien cómo se maneja un machete de monte. Está solamente muy fatigado del trabajo de esa mañana, y descansa un rato como de costumbre. ¿La prueba…? ¡Pero esa gramilla que entra ahora por la comisura de su boca la plantó él mismo en panes de tierra distantes un metro uno de otro! ¡Ya ése es su bananal; y ése es su malacara, resoplando cauteloso ante las púas del alambre! Lo ve perfectamente; sabe que no se atreve a doblar la esquina del alambrado, porque él está echado casi al pie del poste. Lo distingue muy bien; y ve los hilos oscuros de sudor que arrancan de la cruz y del anca. El sol cae a plomo, y la calma es muy grande, pues ni un fleco de los bananos se mueve. Todos los días, como ése, ha visto las mismas cosas.
…Muy fatigado, pero descansa solo. Deben de haber pasado ya varios minutos… Y a las doce menos cuarto, desde allá arriba, desde el chalet de techo rojo, se desprenderán hacia el bananal su mujer y sus dos hijos, a buscarlo para almorzar. Oye siempre, antes que las demás, la voz de su chico menor que quiere soltarse de la mano de su madre: ¡Piapiá! ¡Piapiá!
¿No es eso…? ¡Claro, oye! Ya es la hora. Oye efectivamente la voz de su hijo… ¡Qué pesadilla…! ¡Pero es uno de los tantos días, trivial como todos, claro está! Luz excesiva, sombras amarillentas, calor silencioso de horno sobre la carne, que hace sudar al malacara inmóvil ante el bananal prohibido.
…Muy cansado, mucho, pero nada más. ¡Cuántas veces, a mediodía como ahora, ha cruzado volviendo a casa ese potrero, que era capuera cuando él llegó, y antes había sido monte virgen! Volvía entonces, muy fatigado también, con su machete pendiente de la mano izquierda, a lentos pasos. Puede aún alejarse con la mente, si quiere; puede si quiere abandonar un instante su cuerpo y ver desde el tejamar por él construido, el trivial paisaje de siempre: el pedregullo volcánico con gramas rígidas; el bananal y su arena roja: el alambrado empequeñecido en la pendiente, que se acoda hacia el camino. Y más lejos aún ver el potrero, obra sola de sus manos. Y al pie de un poste descascarado, echado sobre el costado derecho y las piernas recogidas, exactamente como todos los días, puede verse a él mismo, como un pequeño bulto asoleado sobre la gramilla -descansando, porque está muy cansado.
Pero el caballo rayado de sudor, e inmóvil de cautela ante el esquinado del alambrado, ve también al hombre en el suelo y no se atreve a costear el bananal como desearía. Ante las voces que ya están próximas -¡Piapiá!- vuelve un largo, largo rato las orejas inmóviles al bulto: y tranquilizado al fin, se decide a pasar entre el poste y el hombre tendido que ya ha descansado.
Los desterrados,1926.
Los desterrados y otros textos. Antología, 1907-1937, ed. Jorge Lafforgue, Madrid, Castalia, 1990, págs. 239-243.
Comentario
“El hombre muerto” es uno de los cuentos más importantes de Horacio Quiroga. Se trata de una narración en tercera persona que presenta al protagonista contemplando el proceso de su propia muerte. Al principio, predomina el enfoque externo, próximo a la técnica objetivista; después, el cuento da paso a la pesadilla de la muerte absurda en medio del paisaje familiar y cotidiano. Se puede analizar la digresión en primera persona, del propio autor, intercalada en la historia, y el paso del tiempo que está muy marcado, lento al principio y precipitado después.
Miguel Díez R.
FUENTE: www.narrativabreve.com