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Apuntes de un poeta aficionado y escritor esporádico. Según algunos, Gilberto escribe para no trabajar y, otros, que le cuesta mucho trabajo escribir! Pero él mismo cuenta su modus operandi a la hora de escribir:"Sólo quiero escribir cuando amo pero cuando amo dejo de escribir, por suerte cuento yo con las dos manos que al tiempo de amar puedo sentir." El desafío está echado, con el tiempo se verá si Gilberto escribe poco porque trabaja mucho o escribe mucho porque trabaja poco.El blogger
domingo, 6 de diciembre de 2015
¡Elvio Romero X Llopis Enrique!
jueves, 19 de noviembre de 2015
Jorge Boccanera: La lengua en llamas...
LA LENGUA EN LLAMAS*
EL POETA JORGE BOCCANERA HABLA DE MONOLOGO DEL NECIO, SU ULTIMO LIBRO
“La poesía se cocina horas, días, pero se come cruda”
Después de siete años sin publicar un libro de poemas, el autor de Contraseña produce una suerte de regreso circular a sus obsesiones. Boccanera sostiene que, finalmente, lo que queda de una poesía “es lo que el lector va a tener que digerir”.
Por Silvina Friera
“El tiempo respira. Cicatriz de las horas.” En un verso estalla el “decir” de Jorge Boccanera con toda su potencia expresiva, con ese estado de asombro y exploración sin tregua, con la “humilde cuchara” del poeta que oscila como un péndulo que va de lo posible a lo imposible. No hay forma de eludir los misterios, aunque haya que interrogar el silencio y sólo queden las cenizas de un puñado de preguntas o la levadura del vacío. Después de siete años sin publicar un libro de poemas vuelve Boccanera con Monólogo del necio, en la colección El viento de los locos de la editora Patria Grande; un regreso circular a las obsesiones del poeta: la lengua en llamas de la sordomuda –que remite al título de uno de sus poemarios más emblemáticos–, el estante de las horas –el tiempo definido como “pellejo de palabras”–, el muñón y la mano, la muerte que trabaja a la vista de todo el mundo, las ruinas y las astillas, el espejo y el viaje. “Ayeres recogidos en un vaso quebrado./ Donde hubo un cuenco crece/ un retazo de noche, la sombra de la lluvia./ Un día/ y otro día es empezar de nuevo,/los filos por delante de ese rencor disperso.// Con hilitos de sangre voy a coser/ cada palabra rota”, se lee en uno de los poemas.
Boccanera desbarata los estridentes murmullos del bar de la esquina de Corrientes y Callao, empuñando una inflexión entusiasta desplaza a un segundo plano auditivo el estruendo de la máquina de café. En “Afanes del poeta”, el poema inicial de Monólogo del necio, hay una voz que apela al peine para quitar todo aquello que conspira contra lo despojado, para remover “los piojos del decir”, parafraseando un verso. “Me lleva mucho tiempo ponerme en situación de escribir”, cuenta el poeta en la entrevista con Página/12. “En este libro se revela un poco esa época de vacas flacas, la paradoja de llamarle ganado a lo perdido. Y aparece el trabajo de cuando no se da el poema, cuando la lengua se va convirtiendo en un muñón. Me gusta mucho convivir con el poema cuando está naciendo, verlo de distintos ángulos. No tengo ningún apuro en publicar.”
–¿Esa época de “vacas flacas” fue después de haber publicado Palma Real?
–Sí, después de Palma Real vino un tiempo de muchas pérdidas: se murió mi padre, murieron amigos como (Raúl) Carnota y dos poetas jóvenes: Jorge Arturo, un poeta costarricense, y Francisco Ruiz Uriel, que se suicidó en Nicaragua. Yo he trabajado mucho dando talleres en Centroamérica y México. El libro ya salió en México, está por salir en Italia y acaba de salir por Visor en España. En la edición de Visor, la tapa es una Catrina mexicana, un símbolo tan teatral. Y le hice un poema a la Catrina porque entre los registros que tengo entra mucho lo visual, lo teatral; están esas dos locas barriendo el reloj con dos guadañas y son dos Catrinas vestidas con sus capelinas. En todo eso está el tema de la muerte, que se junta un poco con el tema de las vacas flacas, con no encontrar lo que yo quiero en la poesía.
–”¿Quién escribe?”, se pregunta en el poema que da título al libro, en el que aparece la dentellada, el feroz escribir.
–Algo había dicho, en ese sentido, (José) Lezama Lima: que se acercaba a la poesía con una voracidad muy grande y se alejaba con una especie de rechazo también muy grande. Es como abrazar a un amor de no existe. La poesía tiene algo de fantasmal que se niega y se da; en ese juego hay que encontrarla, en esos residuos que van quedando después de pasar el peine, de sacar el aceite rancio y toda esa piojera del decir. La paradoja de la poesía es que se cocina horas, días, pero se come cruda.
–¿Cómo es eso?
–Cuando el lector lee un poema, no percibe esa cocina; sí percibe la ironía, el yo dramatizado, la imagen sin ninguna artificialidad, pero todo eso ha sido trabajado para que tenga esa fuerza. Hay un poema, “Animales borrosos”, que habla de cocinar todos los animales, incluso en un poema de Palma Real hablo de “la cuchara de Dios mezcla la selva...” hay una cocina de muchos elementos donde entran la percepción, la intuición, lo visual, lo teatral... Sordomuda era un personaje que pedía monedas en una esquina y te mostraba la lengua como si fuera el telón de una película. Y tenías que pagarle con una moneda de oro, pero no había nada en la lengua. El poeta siempre sale perdiendo. La poesía se cocina horas, días, pero después lo que queda es lo que el lector va a tener que digerir. Y cada uno le da una lectura muy distinta.
–Algo recurrente es la palabra “muñón”, que aparece en varios poemas: “muñón obsesionado...” “muñón entre los dientes”. ¿De dónde viene esta recurrencia?
–No sé... quizá en alguna vida perdí una mano y sigo escribiendo con esa mano que falta (risas). Tenés razón; no me había dado cuenta, uno aprende mucho de los lectores... es como si le tuviera que dar la mano a la poesía, pero tengo un muñón. Hay siempre una zona oscura que no podemos atravesar. En un poema anterior digo que a (Raúl González) Tuñón una mano cortada lo lleva de la mano, que tiene que ver con el misterio. Yo quiero estrechar esa mano, la aventura es ir hacia esa mano, yo viajo hacia esa mano, pero esa mano a veces no aparece. Cuando uno encuentra un poema, es cuando logró tocar esa mano. Como si la mano fuera el corazón del poeta, la lengua del poeta. Hay un poema que le dedico a Silvio Rodríguez y que tiene que ver con la mano. El compromiso es llevar a alguien de la mano: “La mano que lleva a un niño de la mano no retrocede nunca”. Esto tiene muchas lecturas posibles porque se puede leer como la búsqueda del nieto que no retrocedió. Y siguen buscando, porque las Abuelas llevan al nieto perdido de la mano.
–El poema más breve del libro se llama “Refinamiento” y tiene un solo verso: “El poeta y su estilo: tarascones al bulto”. No es algo muy frecuente dentro de su trabajo como poeta, ¿no?
–Es cierto, no soy de escribir aforismos, pero a veces tengo una idea y sólo la pueda expresar así. Buscar el poema es como ladrarle a una sombra. Siempre estoy hablando de la poesía que está buscando en esa neblina. En la poesía no se puede esconder nada; hay que trabajar con la ambigüedad. Tuñón usaba mucho una palabra que ya no se usa más: autenticidad. Lo auténtico tenía mucho peso, pero fue una palabra descartada. Ahora se usan muchas palabras como muletillas; juntá la palabra “nada” y la palabra “obvio” y te tenés que matar... Si todo es obvio, no hay misterio ni aventura ni viaje. Mi escritura está hecha mucho del viaje interior y del viaje exterior, y de otras culturas, otros gustos.
–”¿A qué va uno al espejo”, se pregunta en el poema “Astillas”. ¿Qué importancia tiene el espejo en su poesía?
–El espejo es uno de los temas principales de la literatura; empieza con un texto de Edgar Allan Poe, “William Wilson” y llega hasta (Jorge Luis) Borges, y tiene que ver con el tiempo. Yo digo que el tiempo se va pudriendo, que es orgánico, y es el tema de la poesía. El hombre vive y lucha por lo efímero, lo que lo angustia y lo maravilla es el tiempo. El espejo es un símbolo muy fuerte, por eso uno puede jugar para tantos lados: el espejo reúne lo que el viento dispersa, el espejo nos está leyendo a nosotros. Yo me crié en la peluquería de mi abuelo en el puerto de Ingeniero White (Bahía Blanca), que tenía un espejo enorme. La gente se iba y venía por el espejo; era un poco la muerte y la vida. El espejo es sordo, pero te lee los labios (risas). Siempre me impactó una frase, que me olvidé de quién es, que decía que en el espejo se ve la muerte trabajando.
–En Monólogo del necio hay un poema dedicado a Juan Gelman. ¿Llegó a leer algunos de los poemas de este libro?
–Llegó a leer mucho porque con Juan había un trato que incluía todo: desde comernos un mole en la calle en Oaxaca a ir a un mercado en Ciudad Juárez porque vendían unas máscaras de luchadores. Y se compró una para él y otra para su nieto Iván. Una noche me leyó todo Hoy, un libro de poemas que hay que leerlo muchas veces. El tema del poema que le dedico a Gelman está poco tratado. A la gente que iba a pedir información sobre sus familiares desaparecidos, le creaban una expectativa. La viuda de Dardo Dorronzoro, un herrero y poeta que secuestraron en Luján, me llamó para que escribiera un prólogo de un libro y nos hicimos amigos. Ella me contó que a veces se le acercaba alguien y le decía: “Su marido está vivo, va a ir tal día a su casa...”. Aunque ella se daba cuenta de que le estaban mintiendo, le generaban la expectativa. La espera tiene mano de obra esclava; el que espera un dato sobre el hijo tiene una expectativa de vida y tiene que creer y no creer en esa puerta falsa que le están abriendo. La espera es un lugar terrible que me parece que no se ha trabajado. Por eso termino ese poema dedicado a Gelman con “crudos son los trabajos del mientras tanto”. ¿Qué hacemos en el mientras tanto? ¿Cómo se vive? Hay formas del dolor que provocó la dictadura que todavía no las hemos pensado.
Botellas de champú
“Cuando la vida en fuga te rebana las piernas/ y no hay Cristo que valga./ En la calle de tierra una madre se alza/ contra el viento a mansalva./ La mujer de la ronda/ y la gota de sangre que en la esquina la aguarda./ Lleva un nido de cruces empollando en la espera:/ “Yo solita y mi alma”. Este poema-canción “Ronda de la sola” está dedicado a Olga Arédez, Madre de Plaza de Mayo que murió en 2005. “Yo la fui a conocer a Ledesma, me invitaron a leer poemas. La acompañamos en una marcha con Nora Cortiñas. Yo llevaba una foto de la hija del poeta Andrés Fidalgo, que escribía poesía y la asesinaron durante la dictadura. Fuimos por un camino polvoriento; era todo muy visual y conmovedor. Olga iba adelante, de la mano de una madre chiquitita y ciega”, recuerda Jorge Boccanera. “Me interesa mucho la política y estoy muy preocupado por lo que puede pasar. Siempre tuve una posición política de izquierda y creo que si vuelve la derecha en este país va a haber un retroceso no en el sentido del neoliberalismo económico, sino en el tema de las ideas y de la solidaridad –advierte el poeta–. Los que nos dedicamos al arte, los que tenemos que ver con la conciencia de la imaginación y la imaginación de la conciencia, sabemos que la derecha no tiene conciencia ni imaginación; tiene intereses. Entonces es muy preocupante lo que pueda venir; veo un resentimiento muy grande, una falta de programa muy grande. Cuando habla (Mauricio) Macri, no dice nada; es como una gran botella de champú que le lava la cabeza a la gente. Yo no entiendo qué pasó acá, con todo el trabajo sobre la memoria y el tomar conciencia de estos años.”
La ficha
Jorge Boccanera nació el 18 de abril de 1952 en Bahía Blanca. Su padre cantaba tangos con el nombre artístico de Roberto del Mar. “Yo venía de trabajar en fábricas, estaba más ligado al sector sindical, fui delegado en la Junta Nacional de Granos y formé un grupo literario como El Ladrillo; la madrina era Olga Orozco y hacíamos actos con Cátulo Castillo, con Agustín Cuzzani, y lo vimos clandestino a Juan Gelman; era una diversidad muy interesante”, resume el poeta parte de su experiencia militante en la década del 70. “Yo seguía mucho al FAS (Frente Antiimperialista por el Socialismo), donde estaba Agustín Tosco; para mí había que robustecer la formación de cuadros. No es como dicen algunos que la izquierda fue hacia la muerte. La muerte venía hacia vos”, subraya Boccanera, que se exilió en México durante la dictadura militar. Ha publicado libros de poesía como Contraseña (19 76), Música de fagot y piernas de Victoria (1979), Los ojos del pájaro quemado (1980), Polvo para morder (1986), Sordomuda (1991), Bestias en un hotel de paso (2001) y Palma Real (2008). Entre otros reconocimientos obtuvo el Premio Casa de las Américas (Cuba, 1976), el premio Nacional de Poesía Joven (México, 1977), el Premio Internacional de Poesía Camaiore (Italia, 2008), el Premio Internacional de Poesía Ramón López Velarde (México, 2012), y el Premio Rosa de Cobre, otorgado por la Biblioteca Nacional (2014), entre otros. Varios poemas y canciones de Boccanera fueron interpretados por Mercedes Sosa, Lilia Vera, Silvio Rodríguez, Raúl Carnota, Litto Nebbia y Alejandro del Prado, entre otros.
*Publicado en diario Página12 de Buenos Aires, jueves 19 d enoviembre de 2015.
domingo, 25 de octubre de 2015
Rodolfo Edwards: "Un fluir de la máquina poética...!
LITERATURA › PANFLETOS DE PAPEL PICADO, LO NUEVO DE RODOLFO EDWARDS
Fluir de la máquina poética
“La poesía es como comer; para mí es una necesidad vital, yo respiro poesía.Un poema fracasa cuando no puede salir. El verso se cae al vacío cuando queda atascado.", dice el autor, que descree del carácter desdeñoso que suele adosarse al término “panfletario” y prepara para el año próximo una antología que editará Eloísa Cartonera.
Por Silvina Friera

El cotillón de la felicidad dura poco; suele ser eclipsado por el nubarrón de la finitud que se derrama en el horizonte. “Los juegos de la Plaza Matheu/ nos enseñaban a vivir/ nos mostraban ingratas maquetas/ del futuro/ ensayos de lo que vendría/ caíamos por el tobogán/ subíamos y bajábamos/ en la tabla del subeybaja/ y en la calesita nos mareábamos/ para olvidar/ pero mirando hacia el balcón/ de la vecinita de enfrente/ también aprendíamos/ a soñar.” Este poema, pequeña joyita de Rodolfo Edwards, pertenece a Panfletos de papel picado, su último libro, el primer título de una nueva editorial: Peces de Ciudad. “La poesía es como tomar este café o comer; para mí es una necesidad vital, yo respiro poesía. Tuve un”verano complicado porque mi papá falleció el 28 de enero a los 86 años, después de una larga agonía”, cuenta el poeta en la entrevista con Página/12. “Mi poesía está muy cercana al flujo de mi vida. César Fernández Moreno, que es mi gran maestro, le llamaba a esto ‘poesía coloquial de la existencia’, un fluir vital que va alimentando constantemente la máquina de la poesía”.
Edwards (Buenos Aires, 1962) subraya que los poemas de Panfletos de papel picado están marcados por la ausencia de su padre, pero también por las muertes recientes de su madrina y su padrino. “Mi padrino me regaló La razón de mi vida cuando yo tenía 16 años, y me dijo: ‘Rodi, esto te va a servir’. Fue un libro muy significativo por mi militancia en el peronismo y todo lo demás... Este año fue durísimo para mí; pero hay que terminar de aceptar que somos mortales y tomar la muerte como algo que nos va a suceder inevitablemente a todos”, plantea el autor del ensayo Con el bombo y la palabra. El peronismo en las letras argentinas. Una historia de odios y lealtades (Seix Barral), que publicará en 2016 La épica del movimiento continuo, su poesía reunida por Eloísa Cartonera; un solo tomo con fotos de distintos momentos su vida, que incluirá ocho poemarios imposibles de conseguir como Culo criollo, Los Tatis, That’s amore, Mosca blanca sobre oveja negra y Mingus o muerte, entre otros.
–¿Por qué eligió unos versos de Eduardo Jorge Bosco como epígrafe del libro?
–Bosco (1913–1943) era un poeta de la generación del 40. Lo descubrí hace no mucho tiempo. Yo tenía muchos prejuicios con la generación del 40 porque era una poesía muy lírica, cuasi religiosa, muy marcada por Rainer Maria Rilke, que no es mi palo. Lo descubrí cuando trabajé en la biblioteca de la Academia de Lunfardo; hice una especie de curaduría de un proyecto muy lindo y me encontré con Bosco: “¡la puta madre, cómo escribe este tipo!”. Me quedé fascinado con su poesía. Tuvo una vida muy loca porque se suicidó a los 30 años; es una poesía muy transparente que va al hueso con palabras concretas, y realmente me emociona ese verso que dice: “¡Cuidado!/ Que Dios nos está viendo”. Ahora estoy leyendo a Hugo Caamaño (1923–2015), un viejito que era muy amigo de Joaquín Giannuzzi y que me lo presentó Washington Cucurto porque a Caamaño le había gustado Culo criollo, mi primer libro. Y el viejo iba a verme a leer. ¡Para mí era un honor! Caamaño es un poeta extraordinario.
–En unos de los poemas se lee: “Hace un rato/ vi a un hombre/ hablando solo por la calle/ ahora recién caigo:/¡la poesía es lo mismo!”. Este poema es como su arte poética, ¿no?
–Sí, ese poema define mucho lo que es la poesía para mí. Son voces que uno tiene adentro; es el mismo mecanismo del tipo que habla solo. Cuando uno adquiere este vicio de la poesía, está con la oreja atenta todo el tiempo, escuchando esas voces de la calle o esas voces interiores que hablan constantemente. Yo no hablo solo por la calle, pero escribo solo por la calle. Ando constantemente con mi libreta y anoto ideas. Y así va saliendo la poesía: de juntar esas voces.
–¿Por qué eligió como título Panfletos de papel picado?
–La palabra panfleto me obsesiona porque siempre fue muy desprestigiada. Me acuerdo que una vez un poeta militante de izquierda dijo: “Voy a leer unos poemas, pero no son panfletarios...” Yo le hice un reportaje a Raúl Zurita y hablamos de Pablo Neruda. Y me dijo que los últimos libros de Neruda son malísimos, pero el último libro que se publica antes de su muerte, en febrero del 73, Incitación al nixonicidio y alabanza de la revolución chilena, es un libro maravilloso. Y es un panfleto. Todos los poetas en algún momento de su vida escribieron un panfleto. Hasta Jorge Luis Borges con su poema a Rusia. Hay muchos que dicen “no me voy a rebajar a hacer poesía panfletaria, yo escribo buena poesía, no escribo panfletos”... Pero el panfleto es una necesidad civil que tiene un autor –un poeta o un novelista– de expresar una idea en un momento dado. “La fiesta del monstruo” de Borges y Adolfo Bioy Casares es un panfleto destituyente; “El matadero” es un panfleto en contra de Juan Manuel de Rosas. Siempre me llamó la atención ese desprecio al panfleto cuando es un método maravilloso para expresar ideas. Por eso metí la palabra panfleto en el título. Y “de papel picado” porque la poesía es una fiesta, una celebración. Yo entiendo la poesía como un ritual participativo, como una apuesta por la alegría de la creación.
–”Las líneas de la hoja/ son como cornisas/ hay que vencer el vértigo/ de que los versos/ se caigan al vacío”, se dice en uno de los poemas. ¿Cuándo se caen los versos al vacío?
–Cuando el poema fracasa, cuando no tiene la posibilidad de nacer. Un poema fracasa cuando no puede salir. Cuando el verso sale triunfa, por más que no tenga calidad poética. El verso se cae al vacío cuando no puede salir, cuando queda atascado. Pero los poemas son como mis hijos y yo soy muy prolífico (risas).
–Llama la atención la forma de sus poemas, prácticamente no tienen puntuación ni mayúsculas. ¿Esto es deliberado?
–Desde el primer libro que lo hago; es mi forma de escribir. Viene un poco de la poesía norteamericana, de Edward Estlin Cummings; es una decisión estética: pongo el título en mayúscula y el resto del poema en minúscula. Solamente pongo en mayúscula Dios y Perón.
–Como lo hace en “Silogismo”: “Si tomó alcohol/ no conduzca/ Perón no tomó alcohol/ Perón conduce”.
–¡Ese me salió bien, es un buen poema! (risas).
–Otro poema muy bueno es: “Entrar a un juguetería/ es como entrar a un templo/ de una religión/ de la que fuimos excomulgados”.
–Yo soy muy niño con los juguetes... el otro día me compré un tigrecito cachorro en una juguetería. Yo no soy dulcero, soy de lo salado, pero durante mucho tiempo coleccioné los juguetes de los huevos Kinder. Mi biblioteca está llena de adornos, muñequitos, vaquitas de San Antonio de distintos tamaños... mi mujer me quiere matar (risas).
–¿Por qué, a pesar de las ausencias y de la muerte, Panfletos de papel picado es también un libro que celebra la vida?
–Un poeta que admiro y que me influye mucho es Vinicius de Moraes: la tristeza no tiene fin; la alegría sí. Hay una celebración del presente, pero a la vez la tristeza es lo que no tiene fin. Esto también tiene que ver con mi ideología peronista. El goce inmediato tiene mucho de peronismo; es el presente, es el aquí y el ahora. Hay una novela de Hugo Barcia, El dragón del Sur, donde María, una santiagueña que va a participar del 17 de octubre, dice una frase que me quedó grabada: “Defendamos este ahora”. Esta frase me parece una excelente definición poética de lo que es el peronismo, y se puede aplicar también a este momento histórico.
FUENTE. WWW.PAGINA/12, 24 DE OCTUBRE DE 2015
martes, 20 de octubre de 2015
¡En el Año del Centenario del Gran Arsenio Erico!
El primer hombre-gol*
“Perdimos, pero nos divertimos”. La delantera formada por Maril, De la Mata, Erico, Sastre y Zorrilla es la más importante de la historia de Independiente y una de las mejores del fútbol argentino. Hacían goles de a cuatro, cinco o seis por partido y se movían como una maquinaria perfecta. Tenía todo: habilidad, potencia, fortaleza, talento y personalidad. Sin embargo, hay quienes dicen que el secreto de su éxito se basaba, antes que nada, en esa filosofía: “Perdimos, pero nos divertimos”. Primero querían jugar un rato entre amigos y así llegaba más fácil la victoria. Así de simple.
En una extrevista rescatada por el diario paraguayo ABC Color, Erico habla sobre su singular relación con el fútbol: “Ah, el fútbol y nada más que el fútbol, deporte que me apasionaba, me absorbía por completo. Además, minuto que me sobraba, era minuto para practicar con la
pelota. Vivía prácticamente jugando, ensayando, practicando. Nunca me cansaba de entrenar. Era una especie de enfermo del fútbol, por decirlo así. No existía otra cosa que me gustara más”. Así vivía el juego en su juventud, sin embargo al mismo tiempo expresaba su disgusto por todo lo que es accesorio a lo que sucede dentro de la cancha: “Más que hablar de fútbol, prefiero jugarlo. No solo ahora no me gusta hablar de fútbol, sino siempre. En la historia de toda mi carrera —ya sea con mis compañeros— jamás hablaba de fútbol. De cualquier cosa menos de pelota. Ni siquiera con mi mujer lo hago, a pesar de que ella es hincha fanática de Independiente. Yo siempre le digo a quienes vienen a visitarme: ‘Entren, pero ya saben: nada de hablar de fútbol”.
Arsenio era un bicho raro entre los futbolistas de la década del cuarenta. Le gustaba leer y había sido un buen alumno en el prestigioso Colegio Nacional de Asunción. Sus favoritas eran las novelas policiales y La bestia debe morir, de Nicholas Blake, era uno de sus libros de cabecera. En Buenos Aires, se juntaba con paraguayos exiliados, entre los que se destacaba el escritor Augusto Roa Bastos, ni más ni menos. “Una vez, le conté a Roa Bastos que yo había conocido a Armando Bo, cuando era jugador de básquet en Boca Juniors, antes de que fuera actor, y yo jugaba en Independiente. A Armando también le gustaba el fútbol y venía a verme jugar. En cambio, a Roa no le agrada este deporte. Él es, lo que se dice, un verdadero intelectual. Sin embargo, su sencillez, humildad y camaradería lo hacen muy agradable”.
También era muy amigo de José Asunción Flores, un reconocido compositor guaraní y militante del partido comunista. “Asunción Flores era vecino mío, vivía en Ramos Mejía, y yo en Castelar. Solía armar unos impresionantes encuentros musicales en su casa, asado de por medio. Allí se daban cita la mayoría de los paraguayos que vivían en el exilio. No era mi caso, puesto que no soy un exiliado político. En una de esas fiestas, de aquellos encuentros musicales, conocí a otro paraguayo famoso, el poeta Elvio Romero, que también fue y es todavía mi amigo. En aquel tiempo, los paraguayos éramos muy unidos, fuéramos del bando político que fuéramos. Fiesta que había, allí estaban. Y yo, a veces, participaba con ellos. Cuando tenía que hacer algunos trámites en el centro, caía por el Café Berna, lugar de reunión de estos amigos, e invariablemente los encontraba en plena reunión ‘conspirativa’. Los que siempre estaban, después de las cuatro o cinco de la tarde, eran Roa Bastos, Elvio Romero, Asunción Flores, Francisco Alvarenga y Édgar Valdez; este último, una especie de escritor o crítico literario, me parece. Se ponían contentos de verme y si hablaban de política, enseguida cambiaban de tema para que yo no me sintiera incómodo. Ellos sabían que mi fuerte no es la política y que no milito en ninguna fracción o partido. Entonces hablábamos de bueyes perdidos, como se dice, y al volverme para mi casa, Asunción Flores me acompañaba a tomar el tren en Once y veníamos juntos”.
Cuando hablaba de Asunción Flores, el sentimiento de amistad se mezclaba con el de admiración: “Es un hombre extraordinario, justo y honesto a carta cabal. Solidario y servicial. Siempre está atento para hacer el bien. La dulzura, la intransigencia, la lealtad, todo en él es excesivo. Nunca me voy a olvidar cuando el día de mi cumpleaños, un 30 de marzo, me trajo una serenata con un grupo de músicos amigos. Tiene esa bella costumbre. Mi esposa, Aurelia Blanco, le guarda mucho aprecio a Flores. A veces, sabiendo que le gusta con locura el mate cocido quemado y el so’o josopy, se lo prepara especialmente. Y él se pone feliz como un niño, o un perro con dos colas. En realidad, es un niño grande. Le gusta comer y nunca se sacia; gordo, comilón y mujeriego como él solo. Y Flores se muere de gusto. Con estas cosas simples somos muy felices. No necesitamos más. La felicidad está a veces muy cerca de nosotros, al alcance de la mano. Depende de saber descubrirla y disfrutarla”.
Muchos han elogiado a Arsenio Erico. Hinchas, compañeros, rivales, entrenadores, dirigentes. Todos. Pero hay un elogio que vale la pena destacar. El de Alfredo Di Stéfano: “Mi ídolo de pibe fue el máximo goleador del fútbol argentino, Arsenio Erico. Porque era un artista del gol, un acróbata, un bailarín del área, un genio para jugar balones aéreos con la cabeza o con los tacos y, sobre todo, porque metía goles. Yo sólo fui un imitador de Erico”.
*Publicado en www.revistauncanio.com.ar
Arsenio Erico fue uno de los jugadores más importantes de nuestra historia. Así pensaba el paraguayo que hace pocos días hubiera cumplido un siglo de vida.
POR DAMIAN DIDONATO
Hace pocos días, fue el centésimo aniversario del nacimiento de Arsenio Erico, el máximo goleador de la historia del fútbol argentino y el más grande fútbolista paraguayo de todos los tiempos. Fechas como esta sirven como excusa para traer al recuerdo a las glorias del pasado.
No es que sea necesario recurrir a un pretexto para hablar de uno de los hombres que hicieron grande a nuestro juego, sino porque a veces es más fácil rememorar con la ayuda de un disparador. Estos días se ha hablado de la cantidad de goles que marcó, de su campaña con el Rojo, de su sociedad con Sastre y De la Mata y de lo cerca que estuvo de jugar para la Selección Argentina. Todo eso sirve para conocer a un personaje, pero más sirven sus palabras. Por eso decidimos rescatar su pensamiento y lo que algunos otros pensaban de él. Para
contextualizar un poco mejor aquello de “perdimos, pero nos divertimos”.
No es que sea necesario recurrir a un pretexto para hablar de uno de los hombres que hicieron grande a nuestro juego, sino porque a veces es más fácil rememorar con la ayuda de un disparador. Estos días se ha hablado de la cantidad de goles que marcó, de su campaña con el Rojo, de su sociedad con Sastre y De la Mata y de lo cerca que estuvo de jugar para la Selección Argentina. Todo eso sirve para conocer a un personaje, pero más sirven sus palabras. Por eso decidimos rescatar su pensamiento y lo que algunos otros pensaban de él. Para
contextualizar un poco mejor aquello de “perdimos, pero nos divertimos”.
pelota. Vivía prácticamente jugando, ensayando, practicando. Nunca me cansaba de entrenar. Era una especie de enfermo del fútbol, por decirlo así. No existía otra cosa que me gustara más”. Así vivía el juego en su juventud, sin embargo al mismo tiempo expresaba su disgusto por todo lo que es accesorio a lo que sucede dentro de la cancha: “Más que hablar de fútbol, prefiero jugarlo. No solo ahora no me gusta hablar de fútbol, sino siempre. En la historia de toda mi carrera —ya sea con mis compañeros— jamás hablaba de fútbol. De cualquier cosa menos de pelota. Ni siquiera con mi mujer lo hago, a pesar de que ella es hincha fanática de Independiente. Yo siempre le digo a quienes vienen a visitarme: ‘Entren, pero ya saben: nada de hablar de fútbol”.
Erico falleció en 1977, cuando el fútbol ya estaba convertiéndose en una mercancía: “No quiero caer en eso de que todo tiempo pasado fue mejor. Al menos a mí me parece que fue más brillante. En la vida hay cosas buenas y malas que no se pueden explicar así nomás. Por ejemplo, tengo docenas de anécdotas sobre la responsabilidad que significaba en mis tiempos jugar al fútbol. No vivíamos vigilados ni concentrados rigurosamente. Había indisciplinados, igual que siempre, pero de lo que no se dice nada es de los centenares de jugadores que, ganando mucho menos dinero que hoy, nos cuidábamos más sin necesidad de ser encerrados. Yo nunca salí de Merlo, no teníamos como ahora dos automóviles por cada jugador. Viajaba en colectivo hasta Avellaneda y volvía y me encerraba solo a esperar el partido, y nos entrenábamos los martes y jueves, nada más. En la actualidad se entrenan como atletas no como futbolistas. Corren y corren. ¿Están mejor físicamente? ¡No! Si al fútbol no se juega físicamente, se juega corriendo, pero corriendo no se juega… El que juega quiere jugar y nada más. El fundamento del fútbol, lo principal, es el dominio de la pelota, y con ese dominio, la presencia del gambeteador que limpia la cancha. Ahora dicen que gambetear es un defecto”.
También era muy amigo de José Asunción Flores, un reconocido compositor guaraní y militante del partido comunista. “Asunción Flores era vecino mío, vivía en Ramos Mejía, y yo en Castelar. Solía armar unos impresionantes encuentros musicales en su casa, asado de por medio. Allí se daban cita la mayoría de los paraguayos que vivían en el exilio. No era mi caso, puesto que no soy un exiliado político. En una de esas fiestas, de aquellos encuentros musicales, conocí a otro paraguayo famoso, el poeta Elvio Romero, que también fue y es todavía mi amigo. En aquel tiempo, los paraguayos éramos muy unidos, fuéramos del bando político que fuéramos. Fiesta que había, allí estaban. Y yo, a veces, participaba con ellos. Cuando tenía que hacer algunos trámites en el centro, caía por el Café Berna, lugar de reunión de estos amigos, e invariablemente los encontraba en plena reunión ‘conspirativa’. Los que siempre estaban, después de las cuatro o cinco de la tarde, eran Roa Bastos, Elvio Romero, Asunción Flores, Francisco Alvarenga y Édgar Valdez; este último, una especie de escritor o crítico literario, me parece. Se ponían contentos de verme y si hablaban de política, enseguida cambiaban de tema para que yo no me sintiera incómodo. Ellos sabían que mi fuerte no es la política y que no milito en ninguna fracción o partido. Entonces hablábamos de bueyes perdidos, como se dice, y al volverme para mi casa, Asunción Flores me acompañaba a tomar el tren en Once y veníamos juntos”.Muchos han elogiado a Arsenio Erico. Hinchas, compañeros, rivales, entrenadores, dirigentes. Todos. Pero hay un elogio que vale la pena destacar. El de Alfredo Di Stéfano: “Mi ídolo de pibe fue el máximo goleador del fútbol argentino, Arsenio Erico. Porque era un artista del gol, un acróbata, un bailarín del área, un genio para jugar balones aéreos con la cabeza o con los tacos y, sobre todo, porque metía goles. Yo sólo fui un imitador de Erico”.
*Publicado en www.revistauncanio.com.ar
sábado, 10 de octubre de 2015
¡Poemas de fuegos y artificios...!
Fuegos*
el humo que es la huella de la esperanza,
la ceniza que es la prueba de la nada,
obrarán para que las tinieblas den paso:
al liberado mundo de amor y libertad.
Es necesario quemar el pasado de espinas represoras,es necesario convertir esta maraña en chacra cultivable,
es necesario soñar con los ojos abiertos el futuro;
luego es necesario pensar calculando su llegada;
después será necesario gritar y cantar y luchar para que todo ocurra.
Pero nada será posible sin el fuego devastador,
que fulminará todo cuanto entorpezca la primavera anunciada,
que calcinará cualquier hierba mala del sembradío,
que chamuscará al espantapájaros que no cumple su labor
y abrasará al pueblo con su voracidad liberadora.
Sin embargo, el incendio se alimentará de nuestros huesos,
nuestros brazos atizarán sus leños hasta el amanecer,
nuestra sangre nutrirá de combustible a la vorágine de brasas,
nuestras guitarras serán alcanzadas por la lengua de llamas
y nuestro canto se tornará verde como un rozado en pleno brote.
El fuego que es la sangre de la luz,
el humo que es la huella de la esperanza,
la ceniza que es la prueba de la nada,
obrarán para que las tinieblas den paso:
al liberado mundo de amor y libertad.
Arte poemática
Ya vendrán otros poetas y otros cantorescuando la muerte vuelva a ser natural, no negocio
a revivir la lira y la musa;
porque hoy la poesía se arma ante las bombas
como las flores con sus aguijones ante el machete
y los antipoemas contra el hambre organizado.
Lo mejor que hoy tienen las flores, son sus espinas;
los poemas, sus poetas con sangre de Tirteo;
la imaginación, sus duendes anunciadores del sol;
la noche, su prudencia de silencio fecundo;
la lucha, sus combatientes milagreros del futuro;
la paz, sus hacedores de guerreros pacíficos
y el pan, sus necesitados creyentes en el trigo.
No se preocupen, poetas del ensueño,
las flores comprenden mejor que nosotros;
las estrellas no quieren que sus ojos se cierren;
los sueños están en vertiginosa extinción;
las pesadillas se multiplican noche a noche;
el miedo cabalga sobre la esperanza.
"El ángel de la inspiración perdió las alas,
en un atentado terrorista", consigna el titular de un diario
y los perros como nunca están ladrando a la luna.
Es poco lo que puede la poesía,
todo se hace también sin ella:
el gallo ni el gorrión determinan el amanecer,
pero sin ellos el alba es un pájaro sin vuelo.
Es poco lo que puede la poesía,
aun sin ella la vida es posible:
la cigarra no provoca el verano
ni el dolor es causante del parto,
pero sin ellos nunca maduraron las sandías
y ninguna revolución ha plasmado su sueño.
| * Poemas extraídos del libro "Fuegos y Artificios" de Gilberto Ramírez Santacruz. |
sábado, 26 de septiembre de 2015
¡La sirena es bella pero no completa...!
Laconia*
En Grecia, mientras Sócrates enseñaba la mayeústica a través del diálogo en las ágoras atenienses o el filósofo Diógenes el Cínico abandonaba su tonel para increpar a la gente sin piedad su hipocresía por las calles, en la aldea marítima de Laconia, cuyos habitantes se caracterizaban por hablar poco y nada, acaeció un mentado episodio.
Una mañana, dos pescadores lacónicos al recoger la red con su barcaza, entre otros especímenes del mar jónico, apareció una hermosa e indescriptible sirena rubia.
Uno de los pescadores la levantó en sus brazos y el otro observaba la escena con fruición. La inspeccionó, con los ojos fuera de órbita, de arriba a abajo, recorriendo la mirada por el rostro y la cabellera, la boca susurrante y los ojos azulados, el anverso y el reverso, pasó la mano por las escamas amarillentas y constató su extremo que culminaba en una cola de pescado.
Sin comentarios, la devolvió al mar y quedó pensativo con la mirada en lontananza.
El compañero ofuscado, en protesta por no haber podido tocarla siquiera, inquirió:
— ¿Por qué?
Contestó al instante el otro, seguro de haber obrado correctamente.
— ¿Y por dónde?
viernes, 4 de septiembre de 2015
¡Poema del payaso triste...!
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