viernes, 18 de junio de 2010

EL MALEFICIO Y OTRAS MALDADES DEL MUNDO / Narativa II

EL MALEFICIO

Relato de Gilberto Ramírez Santacruz
 
 “La desgraciada 
estirpe que agoniza sin hogar 
en la tierra como en el cielo”. (Tabaré)
 Juan Zorrilla de San Martín

El día tan anunciado pero temido había llegado. 
El pueblo hubiera querido ser escuchado por las autoridades. La intención de tomar por la fuerza el reducto sagrado de los Mbyá que trae la comitiva militar desde Asunción, nadie podría recomendar por la consecuencia que acarrearía al pueblo. Porque los memoriosos de Tatakua cuentan que sus antepasados refirieron que, cuando en 1848 el presidente del Paraguay don Carlos Antonio López nacionalizó las tierras con sus habitantes y legalizó su arrendamiento, se había producido un episodio muy similar. A raíz del levantamiento indígena, don Carlos se vio en la obligación de enviar una comitiva de apaciguamiento de los indios, consistente en abundante provisión de comida y fuerza militar, ante la situación de que los lugares sagrados y santuarios Mbyá fueron usurpados por algunos arrendatarios.
 
Entonces también los indios respondieron con la hechicería, sometiendo a la gente bajo el poder mágico del Payé de la tribu, cuyos efectos se podía observar en el embeleso colectivo de los habitantes de Tupärenda, lugar de Dios, donde fue usurpado por un terrateniente el pequeño cerro considerado altar de los hijos-dioses de Ñande Ru, padre primigenio. Pero la incredulidad de entonces como la de ahora, ante los malos presagios del chamán, resultan idénticas y vuelven más poderosa a la angurria de los terratenientes, como auténticos Yvymoñái, ogros de la tierra, y enceguecidos por la ambición no veían la necesidad de tomar precauciones ni llevar en cuenta semejante amenaza de convertir a todos en animales, mientras dure la violación del lugar sagrado.

El plan de desalojar a los indios de las tierras supuesta-mente usurpadas siguió su curso, que según la Ley de Catastro Nacional exige un título de propiedad para ser dueño de una parcela y quien lo exhiba tiene derecho a ocupar su predio en forma inmediata y legalmente. Nada ni nadie pudo persuadir a los responsables del operativo, la tribu fue expulsada del territorio que ocupaba desde tiempos remotos. Los Mbyá, una de las etnias guaraníes más reacia e indomable a la influencia occidental y conquistadora a través de los siglos, descendiente directa de los monteses primitivos y originaria del mítico Guairá que los jesuitas no pudieron someter a sus Reducciones. El sitio profanado había sido elegido por los cuatro dioses protectores de los Mbyá que provenían del Yvy Mbyté, centro de la tierra y patria mítica, para vivir al pie del cerro Yvypuruä, ombligo de la tierra.

Ante el inminente desenlace, el mburuvicha Arakatu, cacique o jefe comunitario cuyo nombre significa el poder de la sabiduría del tiempo en guaraní, rodeado de otras autoridades y colaboradores de la tribu, entre otros, del Gran Hechicero Japorendy, el Hacedor Iluminado, y jefes guerreros como Yvytupo, la mano del viento, y Hu'ysyjara, dueño de la flecha madre, advirtió duramente a las autoridades represoras sobre la inevitable consecuencia que ocasionaría al pueblo, la necia decisión de desalojar a su gente del último reducto sagrado que conservaban en el Distrito de Tatakua. Explicó Arakatu que no se debía alborotar ni perturbar el sitio donde depositara el Creador la vara-insignia, símbolo del poder de Ñande Ru, el Padre Absoluto, con la cual creó la esencia del alma que es el lenguaje y creó también con ella los dioses que llevarían luego a la tierra el alma de los hombres. Aunque las autoridades parecían escuchar sin darle importancia al Cacique la sarta de nombres y aseveraciones en su idioma más ininteligible, éste proseguía con su prédica cosmogónica e iba presentando a las otras divinidades menores. Karaí, dueño del fuego, a quien mandó el Padre Absoluto que "vigilara aquello que ha de producir el ruido de crepitar de las llamas"; Jakaira, dueño de la sabiduría y poder para conjurar los maleficios, a quien ordenó que "vigilara la fuente de la neblina vivificante que engendra las palabras inspiradas"; Tupä, dueño de las lluvias, del trueno y del rayo, a quien dispuso que "vigilara los ríos y el extenso mar y sus ramificaciones en su totalidad"; Ñamandu, dios del sol, a quien encargó que "con la fuente de luz de su corazón y el sol, para que en toda la extensión de la tierra y el firmamento no hubiera nada que escapase a su vista". Dijo también que la tierra se sustentaba sobre cuatro columnas que constituían las varas-insignias y que moviendo cualquiera de ellas haría perder la estabilidad al suelo y al cielo.

Pero la férrea dictadura del gobierno de Stroessner, ya hacia el ocaso de su poder, había enviado a sus más insufribles esbirros para usurpar las tierras demarcadas por la Ley de Catastro, un cuerpo especial denominado "pará paraí", por el color de su uniforme de camuflaje, entrenado para guerra de guerrillas e insurgencia armada por instructores norteamericanos, que en la ocasión se hicieron acompañar por los elementos más fanáticos de la clase política pueblerina. A diferencia de otras oportunidades que las autoridades policiales y políticas se acercaron a los ranchos de los Mbyá, éstos los esperaban ataviados para la guerra, exhibiendo los hombres tatuajes en rojo y negro en el cuerpo y flechas decoradas y envenenadas al por mayor en su espalda, sin niños ni mujeres a la vista, como esperando ser atacados para responder. Pero aquellas visitas no eran sino con objeto de intimidación o anticipatorio de lo que vendría más adelante inexorablemente. Aunque esta vez, Arakatu, tal vez como táctica, mandó desatar las bolsas de ropa usada que habían recibido de una congregación de Hermanos Franciscanos, repartió a toda la comunidad para que se vistieran con ella y pudiesen esperar elegantes a los represores.

- Oú ñande piari, ñañemondé aó morotïme, jajogua-haguä chupekuéra, ikatu upéicha mba'e ñande poriahu rereko -vienen por nosotros, vistámonos para que nos vean como sus semejantes, tal vez así sientan conmiseración-dijo el cacique algo apesadumbrado ante la inminencia de la llegada del ejército y sus acompañantes.

Cuando llegó el contingente se sorprendió de no encontrar a ningún indio haraposo ni harapiento, nadie con chiripá ni corona de plumas de arapacha o guacamayo. Todos estaban disfrazados de Juruá, así llaman los Mbyá a los blancos, como decía Arakatu, los niños bien peinados vestían pantalones con tirador que parecían recién llegados de Chicago o alguna otra ciudad del norte americano. Quizás la ropa que recibieron provenía de Caritas u otras organizaciones llamadas no gubernamentales pero funcionales a las gubernamentales. Las mujeres lucían vestidos ceñidos al cuerpo con aire de última moda, cuya elegancia no podía disimular lo grotesco. Los hombres, en pleno verano que rondaba los 40 grados, con pulóveres tejidos para frío de bajo cero, olvidándose o desconociendo que antes debían vestir una camisa o algo liviano. La jauría de perros famélicos fue llevada al medio del monte para no ladrar e inquietar siquiera el ambiente pacífico que oponía a la decidida y brutal represión que presentía Arakatu. Pero los indígenas ya estaban acostumbrados a recibir amenazas y ser amedrentados, en ningún momento mostraron miedo ni deseo de abandonar las tierras que ocuparon sus ancestros a través de los siglos y milenios. Antes de comenzar el atropello militar, el Cacique se había explayado sobre el fundamento religioso de su comunidad y el derecho irrenunciable a permanecer en Tupärenda. Igualmente las autoridades a su turno expusieron sus argumentos jurídicos y, entre forcejeos, hubo un intenso intercambio de puntos de vista.

- Para ser el verdadero dueño de la propiedad hace falta el título -dijo el oficial de justicia al líder natural que llevaba la voz de oposición y resistencia.

- Es lo único que Uds. tienen, un papel que hicieron que dice que un fulano de tal es el dueño, por lo demás... no hay nada -respondió desafiante el nativo que se identificó como Cacique y responsable del grupo humano que le apoyaba en silencio pero activamente.

- Qué se entiende por lo demás, la propiedad hay que respetarla -reiteró el representante de la justicia casi irónicamente.

- Lo que hay que respetar es a la tierra, cuidándola y no destrozándola, como hacen los llamados propietarios, arrancándole sus árboles, quemándole sus campos, arándole sus valles, cerrándole el paso a sus ríos, echándole a sus hijos que somos nosotros... -decía cuando uno de la comitiva disparó un tiro al aire como para interrumpir el razonamiento formidable del indígena.

- No hemos venido a escuchar su opinión karaí Cacique, venimos a hacer cumplir la ley y punto... -arremetió una vez más el representante judicial, llamándolo despectivamente "señor" en guaraní, e indicó al jefe de los milicos a iniciar el procedimiento sin contemplación alguna.

Desde tiempos inmemoriales los Mbyá venían habitando el caserío llamado Tupärenda, hábitat de dios, hasta que llegaron los militares de Asunción, trayendo supuestos títulos en sus manos, acompañados por los políticos tatakueños, se acercaron a los Mbyá y les intimaron con hipocresía, al principio, pero sabiendo de antemano que no tendrían a dónde ir y que quedaban pocos montes para habitar. Pero la avaricia de los mandamás de la capital no supo de límites y procedieron violentamente al desalojo; que-mando uno a uno los precarios ranchos de palmera; esposando y amaniatando a los hombres que no habían opuesto resistencia; rodeando a las mujeres como si pudieran perpetrar de un momento a otro una matanza a los miembros de la poderosa fuerza; en medio de llantos y griterío de los niños, arriaron a los que no fueron apresados hacia las profundidades de la selva, para luego dejarlos a la deriva y que no puedan retornar nunca a Tupärenda.
 
“La tierra es sagrada desde siempre, la propiedad es una ley inventada para robarnos el lugar de nuestra existencia. Tierra y existencia para nosotros es la misma cosa, al quitarnos la tierra nos dejan sin vida”. El único que hablaba sin parar era Arakatu, y cada vez que lo hacía recibía en la espalda un culatazo del jefe militar, pero seguía advirtiendo que traería al pueblo un castigo de difícil reparación por violentar los designios de los Verdaderos Padres de las palabras-almas, que nunca descuidaron la morada terrenal de aquellos a quienes habían provisto de Ñe'ë Pará, palabras sagradas de los dioses; y que éstos lo último que hubieran perdonado era el haber sido alambrado Yvypuruä, que hacía miles de años fue elegido por las divinidades protectoras y utilizado por sus adoradores para rendirles culto.

La profecía indígena no se hizo esperar, a los pocos días en Tatakuá algo insólito había comenzado a ocurrir: una mutación profunda en el ser de las personas. Mucha gente amaneció sin habla, como si nunca hubieran hablado, adoptando un comportamiento absolutamente desconcertante.

Como por obra de magia y simulando un juego infantil con representaciones grotescas de animales, los habitantes de Tatakua se convirtieron en descontrolados seres irracionales. Unos gruñían como bichos desconocidos, otros bufaban en vez de hablar, algunos ladraban y aullaban. No faltaron quienes maullaban como gato montés u onzas, y croaban saltando como enloquecidos batracios. Todos se volvieron raros animales y comenzaban a caminar en cuatro patas por las calles, desesperados por ser socorridos. Hubo quienes intentaron volar como pesados pájaros, desplegando sus brazos en vano y tomaban carrera buscando la forma de despegar de una buena vez. Tampoco faltaron quienes se treparon a los árboles y permanecieron varios días en sus horquetas, alimentándose estrictamente con hojas, gusanos e insectos. Como aquellos también que, respondiendo a su condición de nuevos especímenes, fueron ganando lugar entre las malezas y refugiándose en los pajonales. Los pocos que permanecieron en sus cabales no pudieron hacer nada por el desconcierto que también los paralizó, algunas autoridades de segundo orden que no fueron afectadas se comunicaron con Asunción, para pedir ayuda y explicar el problema que había anticipado Arakatu como último recurso para abortar el desalojo. Pero nadie le había tomado muy en serio al principio, pero pronto se propaló a través de las poblaciones aledañas y empezaron a caer periodistas de algunas radios y diarios. Se publicó en grandes titulares en la prensa capitalina como "Todo un pueblo hechizado... Cacique enloqueció a todo un pueblo... Sobre Tatakua cayó una peste... La maldición de Arakatu... Hechecería Mbyá”; y aún así las autoridades de la capital tardaron varios días en tomar carta en el asunto.

Mientras Arakatu, el Hechicero y otros seguidores más cercanos fueron a parar con sus huesos en las celdas de Tatakua, la gente seguía bajo el encantamiento proferido por el cacique preso. Era de curiosos ver al intendente, tan conspicuo de los represores militares, removiendo basura con el hocico como un cerdo ruin por la calle principal del pueblo. El capitán que había golpeado con la culata del fusil sin piedad a Arakatu retozaba de un lado a otro imitando a un desbocado redomón, relinchando por momentos como parado en su dos patas traseras. El comisario que había identificado al cacique como cabecilla y responsable de la resistencia al desalojo, rebuznaba con raros soplidos como si fuera un despeluchado borrico. El juez de paz que acompañó al oficial de justicia para leer a los indígenas la sentencia inapelable, que el Instituto de Bienestar Rural mandó cumplir con la comitiva de fuerza, cacareaba sin parar y hacía que picoteaba el suelo como una gallina clueca. Así cada uno seguía como endemoniado hasta que alguien sugirió que se volviera a hablar con Arakatu para desanudar su payé y dejar sin efecto la maldición.

Pero expertos llegados de Asunción daban otras explicaciones, para los psicólogos se trataba sólo de sugestión y muy pronto pasaría el estado hipnótico que sufrían los pobladores, apenas se superara el conflicto con los Mby'a, que ocupaba ilegalmente un predio que pertenecía a un propietario con todos los papeles en regla. Uno de los psicólogos, el doctor Roque Vallejos, explicó que el maleficio produce efectos especialmente en las personas de escasa preparación cultural, porque tienen incorporado todavía el pensamiento mágico, por la falta de educación, y no la lógica racional fruto de una buena formación científica. Sin embargo, la realidad indicaba que en vez de desaparecer en la gente la rara conducta se fue generalizando hasta en los niños y se temía que no quedase nadie fuera del peligro del contagio. Para el común de la gente se trataba algo así como de un embrujo pero que se manifestaba en forma de enfermedad o parecida a una especie de rabia, porque se veía a los afectados babosear y despedir espumas por la boca como a los perros cuando tienen hidrofobia.

Aunque los especialistas venidos de la capital seguían hablando de “psicosis colectiva” ; “histeria generalizada” , “paranoia contagiosa”; o algo así, la gente sabía de ante mano que nada se podía hacer sin la colaboración de Arakatu y su hechicero Japorendy, que dentro del calabozo se habían llamado a silencio y no han pronunciado una palabra más después de lo ocurrido. Se pasaban durante el día mirando el cielo por la única ventilación que tenía la celda y por la noche, hincaban la cabeza en el suelo y permanecían inmóviles pero sin dormir. Sus compañeros de celda, también indígenas y estrechos colaboradores, decían que pronto hablarían y tendrían la respuesta para la gente que estaba sufriendo.
Decían también que el Cacique y el Hechicero por esos días estaban acompañando a sus seres queridos que fueron espantados hacia las selvas y protegiendo espiritual mente a los niños y ancianos de la tribu, que fueron expulsados de su tierra sagrada contra los designios de Tupä. Arakatu ni Japorendy por ahora no estaban en su cuerpo, por lo tanto también el habla estaba ausente. No podían atender ninguna cuestión relacionada con el maleficio que padecía el pueblo. Hasta que no lograran reubicar a su comunidad en algún claro de la selva, lejos del peligro de los indolentes invasores, no volverían en sí y no pronunciarían una sola palabra.

-Cuando el Mbyá pierde el habla por un tiempo, deja de existir en ese lapso- dijo el colaborador más próximo de Arakatu, llamado Yvytupo, la mano del viento, que parecía su ángel de la guarda.

-Ñe'ẽ ha ñe'ã petei mba'ente - el alma y la palabra no viven separadas, dijo el segundo acompañante del cacique encarcelado, conocido como Hu'ysyjara, dueño de la flecha-madre.

Pasaban los días y el contagio se extendía a más gente, parecía no tener contención solamente con explicaciones psicológicas. Algo había ocurrido para que la gente sufriera efectos tan visibles y palpables en sus organismos, se diría en lo metabólico para que cambiara de conducta humana a una animal sin encontrarle una evidencia razonable. Nadie quería llegar a Tatakua por miedo a la rara infección que hacía que una persona se volviera un émulo de cualquier bicho o animal doméstico. Sin embargo, uno de los etnólogos que había venido de la capital, el licenciado Laureano Segovia, contratado por el gobierno como especialista en temas indígenas, pidió que les escucharan para poder entender lo ocurrido. Explicó que, según la creencia de los Mbyá, Ñande Ru cuando creó la primera tierra original, Yvy Tenondé, envió a los hombres, a la víbora, a la pequeña cigarra roja, y al Y-amaí, un escarabajo acuático; y también envió a la perdiz grande y al armadillo. Esta primera tierra fue destruida por un diluvio y los hombres virtuosos se elevaron al cielo, donde conservaron su figura; pero los transgresores de la ley divina subieron también y fueron transformados en seres irracionales. Los animales que ahora viven sobre la tierra no son sino imágenes de los prototipos celestiales, esto es, de los hombres transformados en animales, terminó explicando el experto en las distintas etnias que habitan el Paraguay. Por lo tanto, dijo el etnólogo un tanto perturbado por la escasa atención que había obtenido en sus oyentes, las reacciones que se tenía a la vista responderían exactamente a este pasaje del libro de la creación de los Mbyá, llamado el Ayvu Rapyta, la raíz de la palabra o fundamento del lenguaje. Pero lo cierto es que a esta altura de las cosas, ya nadie dejaba de creer en cualquier superstición más o menos coherente y era cada vez más aceptada la idea de rescatar de la celda a los indígenas y pedirles que hicieran algo por la indefensa gente que no fue responsable del desalojo violento de sus familias.
 
En ese ínterin, uno de los soldados de la comisaría trajo al centro del pueblo la noticia de que Arakatu y Japorendy habían levantado la cabeza del suelo y parecían haber vuelto a su normalidad, aunque nadie les escuchó modular ninguna sílaba, pero le pareció que hablaban con sus seguidores que compartían el calabozo con ellos. Otro de los soldados explicó que los indios presos no estaban hablando sino orando a Ñamandu, dios del sol, como acostumbraban los Mbyá todas las mañanas: “Acuérdate de nosotros a quiénes has proveído de arcos y permanecen sobre la fierra en virtud de tu voluntad. Nosotros, unos pocos huérfanos del paraíso, volvemos a pronunciar al levantarnos tus palabras indestructibles que en ningún tiempo, sin excepción, se debilitarán, séanos permitido levantarnos repetidas veces, ¡oh! Verdadero Padre Ñamandu, el Primero”.

Los que podían fueron hasta la comisaría y lograron entrar junto al Cacique y el Hechicero, les hicieron saber que se había cumplido plenamente lo que habían presagiado. Tomó la palabra como siempre Arakatu, en nombre de todos, les habló serenamente y dijo que ellos no tenían responsabilidad alguna en lo sucedido, que sólo eran intérpretes de los dioses creados pero no engendrados por el Padre Absoluto, Ñande Ru, y podían explicar de esa forma el castigo recibido por el pueblo. Disparó diversas frases como flechas certeras al corazón de sus oyentes y pronunció cada palabra como letanía, sin perder nunca su tono ceremonioso:

“El Padre Absoluto que habita todo, más acá y más allá de las nubes, en la luz y la oscuridad, en el silenció y en los truenos, en el relámpago y en el tornado, en el fuego y en el agua... dispuso hacer justicia con los que violentaron su lugar sagrado y sólo la gente volverá a su mente anterior devolviendo la tierra usurpada, palmo a palmo, a sus verdaderos habitantes que son los Mbyá. Nadie puede ser dueño de la tierra, ella es dueña de todos nosotros. Los que la cuidan son sus hijos y a ellos les cabe poblarla en forma transitoria mientras vivan, hasta que se conviertan en Seres Privilegiados y puedan penetrar en la Tierra Sin Mal, Yvy Maraëy. La tierra tiene el remedió para todas las necesidades de sus habitantes, como también el veneno para los que la violentan. Somos muy pequeños para pretender poseer a la tierra, ella sí es capaz de acunar en su seno a toda la humanidad Nadie puede ir a la tierra, todos venimos de ella. Mejor que ella siga donde está, cuando la tierra decida partir nos llevará a todos detrás de ella.

Algún día, aunque tarde, como lo hicimos nosotros hace miles de años, aprenderán que tierra y existencia es la misma cosa, pero no al revés”.

                                                                                                                                  Julio,1991.

Fuente:

Relatos GILBERTO RAMÍREZ SANTACRUZ

Ilustración de tapa: dibujo de DIEGO RIVERA
Diseño de tapa: GRACIELA GALIZIA
Arandurã Editorial,

Asunción-Paraguay,
Año 2008 (167 páginas).



El maleficio y otras maldades del mundo

Gilberto Ramírez Santacruz es en la actualidad, quizá, el más prolífico y recio escritor del Paraguay. A pesar de ser todavía joven, posee ya una vasta obra que toma distintos géneros como la poesía, la novela y el cuento en donde se mueve, cosa rara, como pez en el agua. Y es precisamente con el cuento que nos vuelve ahora a sorprender. Y decimos nos vuelve a sorprender porque los cuentos que publica en su nuevo libro están llenos de originalidad, poesía y factura del mejor estilo, que nos recuerda a los más grandes del género.

El Maleficio y otras maldades del mundo, de este libro estamos hablando, ya desde su título nos atrapa invitándonos a entrar en ese mundo para saber de qué maldades habla el autor. La sucesión de cuentos, uno más sorprendente que otros, escrito con pluma segura y vigorosa, en donde no falta la ironía, el humor y “lo real maravilloso”, que nos recuerda a Carpentier o a García Márquez, nos lleva de la nariz porque atrapa desde las primeras líneas y no lo podemos soltar. Ahí está el oficio y la maestría de un escritor cuando no permite que dejemos el libro y no queda más remedio que seguir hasta el final y leerlo de un tirón, y después lanzar un largo suspiro mientras aún seguimos disfrutando de las historias narradas.

El libro tiene obras brevísimas, a la manera de Monterroso-homenaje al maestro, dice el autor-, verdaderas joyas, pequeñas obras maestras, y otros cuentos breves, escritos con una perfección y maestría inigualables. En total son 25 cuentos. Destacan, a nuestro juicio: “El relato” (suerte de ponencia y cuento), “El día que los niños dejaron de jugar”, “Esopo y la dialéctica” “Apología de Diógenes”, “El refutador” (en donde los principales personajes son Augusto Roa Bastos y Rodríguez de Francia, una feliz mezcla de ficción y realidad histórica), entre otros cuentos, que también sobresalen por su eficaz desarrollo y remate final. En cuanto a El Maleficio, que da título al libro, es un perfecto y acabado relato largo en donde predomina lo mágico, la poesía y la más cruda realidad. En síntesis, Gilberto Ramírez Santacruz con este libro ha llegado a la verdadera madurez. Su verbo, ahora, alcanza niveles profundos, ricos y claros al mismo tiempo. Armando Almada Roche

Sobre "EL MALEFICIO Y OTRAS MALDADES DEL MUNDO",
de Gilberto Ramírez Santacruz*


Uno de los autores con una de las obras más amplias de la literatura paraguaya actual es Gilberto Ramírez Santacruz. Como Casaccia, Augusto Roa Bastos o Elvio Romero, ha gozado de la ventaja de escribir en Buenos Aires, ciudad donde reside desde 1975 y en la que actualmente desempeña la tarea de Agregado Cultural en la Embajada de su país en Argentina. Sus nueve libros poéticos le han avalado como un trabajador infatigable de una lírica donde conviven las experiencias social e individual, y el conocimiento de un concepto imprescindible en la creación en verso como es el ritmo y la musicalidad. Además, es un autor que apostó por la renovación formal de la poesía paraguaya e introdujo en ella procedimientos vanguardistas.

En el ámbito narrativo, publicó la novela Esa hierba que nunca muere, en 1989; una obra de compromiso político donde recoge de manera testimonial la lucha violenta de la guerrilla de los exiliados contra la dictadura de Stroessner. La obra glorificaba la pelea de un grupo de personas por la libertad y la revolución social igualitarista, entre críticas a la violencia del poder, capaz de conducir al fracaso a todo ejemplo de lucha dado que sus brazos se extienden hasta llegar a todos los rincones de la sociedad. También publicó un excelente libro de cuentos, Relatorios, en 1995, donde revive el universo campesino paraguayo principalmente con descripciones de paisajes del mundo de su infancia, costumbres populares y situaciones localistas no exentas de interés; un libro donde conviven la crítica social y política, lo fantástico, lo histórico y temas como la emigración y el conflicto entre la mentalidad rural y el espacio urbano, sobre todo porteño.

Trece años más tarde nos llega su último libro narrativo: El maleficio y otras maldades del mundo. Empecemos señalando que estamos ante un libro polimórfico por la convivencia en él de diversas extensiones narrativas que discurren desde el microrrelato (con ese maravilloso colofón aparentemente contradictorio en el que rinde homenaje al gran Augusto Monterroso: “Cuando murió, Monterroso seguía escribiendo el cuento más corto del mundo”), hasta el cuento extenso ya adentrado en los límites de la novela corta, como es “El refutador”. Si formalmente hay variedad, estilísticamente la escritura presenta una frescura donde se combina el dramatismo con la ironía y el humor, de lo que puede ser un buen ejemplo el relato “La Horca”, donde Quintiliano, con su oratoria, salva de la muerte ante el tribunal a la joven gitana Bonia. Por otro lado, sus contenidos se ciñen a un elemento de nexo: la humanidad de sus personajes. Los espacios paraguayos, sobre todo el de Tatakua, se mezclan con Buenos Aires y, lo que resulta más gratificante, con el terreno mítico, tanto del mundo indígena como del europeo clásico. Se reúne, por ejemplo, la aventura de Diógenes junto a la peripecia de Manuel Domínguez atropellado por el tranvía para concluir con la frase “primero el hombre, luego la máquina”, a la vez que se defiende la igualdad del hombre en la mayor parte del relato o se aboga por la consideración de preceptos vitales indígenas, como el correspondiente al valor de la naturaleza para ellos en el cuento “La batalla semántica” (“Ustedes viven de la naturaleza, nosotros vivimos con la naturaleza”). Lo mágico predomina en cuentos como “El Maleficio”, mientras otros plantean cuestiones como la inmortalidad de Dios (el microrrelato “La salud de Cristo”). Un compendio donde podemos pasar buenos momentos de lectura que nos permiten reflexionar y pensar sobre la naturaleza del ser humano y sus ideas o hábitos.

A pesar de esta riqueza de contenidos, hay relatos carentes de fuerza narrativa, como “El desatino”, donde es complejo apreciar el desenlace, o “La riña”, donde uno no acaba de percibir el interés del relato (digamos que la mente se distrae con más frecuencia de la deseada). Sin embargo, si ponemos en una balanza los cuentos bien acabados, como ese que sigue la mejor tradición rioplatense de la narración futbolística, “El fútbol según Palanca”, con los que presentan alguna deficiencia, el fiel se decantará por los primeros y nos quedaremos con el buen quehacer de Gilberto Ramírez Santacruz.

Como colofón, he querido particularizar el estudio de dos relatos por su interés: “El relato” y “El refutador”. El primero es una teoría personal sobre el género, que parte del epígrafe de Roa Bastos reproducido por medio del que se defiende la necesidad de “naturalizar lo artificioso de las palabras”. Entiende la literatura como un juego, concebido éste como un ejercicio serio y noble realizado por vocación, para a continuación reivindicar la grandeza de Borges. Ramírez Santacruz, por medio del narrador, en esta suerte de narración donde se mezcla la invención y la crítica literaria, defiende la afición al relato procedente de la pureza de los cuentos de las abuelas, y de las noches de infancia. Realmente, quizá convendría a parte de la novela contemporánea recuperar esa esencia del cuento oral, donde la acción queda circunscrita al asunto y no a extemporaneidades descontextualizadas. Esa convivencia entre la sabiduría, personificada en Borges, y la sencillez del cuento oral, es el punto de partida de la poética narrativa del autor; algo más que una declaración de principios e intenciones.

Dejo el apartado final para “La refutación”. Se trata de diálogo imaginario, en un ambiente metafísico, entre Augusto Roa Bastos y el Supremo Gaspar Rodríguez de Francia, donde se mezclan la ficción y la realidad histórica. La calidad de los monólogos y diálogos narrativizados o referidos, sobre todo con sus secretarios Montiel (seudónimo por semejanza fónica con quien fuera secretario/médico personal de Roa Bastos en los últimos años, Alejandro Maciel) y Patiño, el de Francia, y verdadero ente dialógico de la obra Yo el Supremo, provoca que El Maleficio y otras maldades del mundo merezca la pena. Y es que la calidad de su prosa está muy cuidada, hasta llegar a confundirse las personalidades por motivos literarios: la refutación de los testimonios que tratan de aportar versiones de sus historias que difieren de las oficiales o de las personales. Y ahí radica el mérito del relato: en la confrontación de la opinión personal, la oficial y la divergente. Ramírez Santacruz no solamente busca y enlaza hipertextos con Yo el Supremo, lo cual realiza muy correctamente, y reproduce la exculpación-defensa de Francia, sino que establece un diálogo intertextual entre la gran novela que encumbró a Roa a ser el escritor paraguayo más reconocido internacionalmente y otros textos de distintas personas que han escrito sobre él. En sí, el relato posee una enorme calidad por ser una indagación en la naturaleza del poder, del ser humano y de la gloria y la fama; reflexiones que subrayan el carácter humano de Francia y de Roa Bastos, a quienes unió la creación de ese monumento llamado Yo el Supremo.

Me gustaría añadir, a título personal y por alusiones incluidas en la obra, este largo párrafo que Ud. empieza a leer, que eliminaré para siempre una vez publique por primera vez esta reseña. No he querido fijarme en los contenidos, sino en la naturaleza de “El refutador”. Ya escribí todo lo que tenía que escribir sobre la biografía real de Roa Bastos, desprovista de la fatua y vana mitología que la cubría, mientras él vivió: después de su muerte debe ser muy fácil escribir sobre lo que yo ya escribí y reproduce en este relato Gilberto Ramírez Santacruz. Pero a mí me gusta decir la verdad con nobleza en la vida de un autor, no tras su muerte, cuando él no puede defenderse. Y créanme que gocé de una enorme amistad con D. Augusto a pesar de haber revelado aspectos controvertidos de su biografía, porque valoré por encima de ellos la incuestionable calidad de su obra literaria en general, y supe hablar de su vida desde un punto de vista aséptico, científico, sin acritud hacia una persona con la que mantuve enormes diálogos y que me abrió la puerta de un país que es mi segunda patria, el Paraguay. En el fondo él sabía que yo era demasiado valiente y que mi ímpetu investigador me generaría enemigos, y eso lo valoró porque observó que nunca incidí en una herida que otros quisieron siempre mantener abierta para su propio beneficio. Nos reíamos mucho ambos cuando algunos me acusaban de antirroísta, en un alarde de simplismo maniqueo intelectual y de vacuidad de argumentos científicos, porque hay que descalificar con sustantivos y no con adjetivos. Yo ya escribí bastante sobre estos aspectos, los guardé y desde que D. Augusto empezó a tener serios problemas de salud, los abandoné hasta el punto de no haber entrado al trapo a numerosas provocaciones estériles. Y él supo que mi actitud era noble, como así me dijo por medio de un testigo al que ahora mucha gente odia y que da la casualidad de aparecer también en el relato de Ramírez Santacruz.

¿Y qué más da para los amantes de la literatura el que Roa Bastos fuera exiliado o emigrado? ¿Qué más da si nos legó genialidades como Hijo de hombre o Yo el Supremo? Una vez hice la revelación hace ya catorce años; una vez se crucificó a quien la hizo, lean a Roa Bastos si quieren gozar de la buena literatura, aunque yo les recomiendo que dejen Yo el Supremo para momentos en que Uds. se sientan capaces de leer creaciones extremadamente complejas. El resto es vanidad de vanidades. Por eso, lean también El maleficio y otras maldades del mundo de Gilberto Ramírez Santacruz, uno de los autores paraguayos más interesantes de su literatura.

*José Vicente Peiró, escrito del critico literario español, publicado el 24 de agsoto de 2008, en el Suplemento Cultural del dairio ABC de Paraguay

Narrativa I


Relatorios*

"Y entonces yo me pregunto a mi vez qué es lo que hago realmente, o para decirlo de otra manera, por qué escribo, que es lo que se pregunta todo el mundo cuando se le cruza por delante uno de nosotros, y entonces uno pone cara de atormentado y dice que está en la Gran Cosa, la misión y toda esa lata, pero yo sé que a mi amigo Lirio Rocha no puedo decirle nada de eso porque él sí que está en la Gran Cosa, esto es, en la vida..."(Haroldo Conti)

A pesar de dedicarse sobre todo a la poesía, la trayectoria narrativa de Gilberto Ramírez Santacruz no finaliza con esta novela. En 1995 publica una colección de cuentos en los que rescata el mundo tradicional paraguayo que está sucumbiendo al avance del progreso, con el título de Relatorios . En ellos revive el mundo de los campesinos paraguayos principalmente e incluye descripciones de paisajes del mundo de su infancia, costumbres populares y situaciones localistas no exentas de interés, como vamos a observar según la clasificación que desarrollamos a continuación.

Cuentos críticos.

El primer cuento de la obra es Pueblo de locos. En él se percibe la influencia de William Faulkner en la estructura yuxtapuesta de los fragmentos, donde se alternan personajes distintos, con los que el narrador simpatiza en cada fragmento. Localiza la acción en Tatakuá, localidad de la región de Caazapá, a la que contempla como una ciudad llena de disminuidos físicos y psíquicos, e irónicamente contrapone la ridícula explicación religiosa, la falta de asistencia a misa los domingos, que ofrece la autoridad católica local, con la más sensata de que la razón se debe a la mala alimentación de las gentes del pueblo. A partir de esta explicación, el autor introduce los relatos individuales de cada uno de los locos del pueblo, aludiendo a la fuente de la tradición oral que se traduce en la fórmula de cuentan que: Felipe, Simona, Galeano Tavy, Secundino Ayala, Cepí y Loló, Ña Enriqueta y Salú, Ña Chokó y Querido. Todos los relatos denuncian con hilaridad la situación de atraso del Paraguay y la dureza de la vida cotidiana, aunque el tono irónico que el autor emplea elimina cualquier sensación de dramatismo transcendental, porque en realidad el paraguayo tiene un sentido estoico de la vida y recurre al humor en las situaciones desfavorables.

Felipe es el loco de mayor influencia, respetado y obedecido entre los de su condición. Ninguno de ellos puede actuar sin su autorización. Su vida no puede ser más excéntrica: se alimenta de rabos de vacas, vende hierbas medicinales, el párroco lo expulsa a la periferia de la ciudad, después de provocar un escándalo durante la misa, y se dedica a transportar cargamentos con una carretilla de mano. Su apacible vida solitaria y sin ocasionar molestias a nadie, se altera cuando conoce la noticia de que la hija de don Baldomero, rico del lugar, va a casarse. Felipe ayuda en los preparativos para la gran fiesta, pero cuando los novios están en el altar, aparece, empuja al novio y se sitúa junto a la novia diciendo que ella le pertenece.

El relato arremete contra el clero local: el cura presenta solamente explicaciones irracionales a los hechos y está contento cuando tiene la iglesia llena durante la boda, aunque sea de gente extraña y no de sus fieles del pueblo. Algunos diálogos se refieren al atraso de las regiones interiores del Paraguay, como el del maestro Venialgo, quien comenta que es normal que todos los automóviles que llegan sean importados, porque el Paraguay sólo produce carretas y carretillas.

Lo que cuenta Simona no es menos disparatado. Felipe la ha expulsado de su actividad habitual, por lo que le acusa de abuso de autoridad. Por ello, se ha de dedicar a pedir limosna. Simona queda embarazada y desde ese momento se dedica a molestar a las parejas de novios. Lo insólito se produce cuando se presenta delante de Nacho Aguilar, uno de los jóvenes más cotizados de la ciudad por las casaderas, y de su novia, y hace un gesto para culparle de su embarazo. En este fragmento, el narrador denuncia la hipocresía de las personas y el desprecio a la verdad.

Galeano Tavy es uno de los locos que aparece por casualidad en el pueblo, que repite de forma habitual una frase en guaraní que significa “el gallo es un pájaro enviado de Dios”, lo que provoca la hilaridad de las gentes. Y Alocore es el grito con el que Secundino Ayala advierte que va a llover. Él enferma cuando descubre que sus padres mueren a manos de los partidarios de Morínigo, a quien él mismo apoyaba, acusados de ser liberales. Finalmente, desaparece durante la represión a los guerrilleros de los años sesenta al mando del general Caimán -el Colmán que aparece en Esa hierba que nunca muere-, el cabecilla de la represión en la región. Cepí y Loló son dos locos de los que se burlan los niños del pueblo, quienes les quitan la ropa cuando van a nadar al río, y el cuento de Ña Chokó sirve para denunciar que las campañas de fumigación del gobierno han servido solamente en los pueblos para propagar el hambre y la miseria, aunque combatan la peste palúdica. Finalmente, el de Querido es la historia de cómo un loco puede llegar a tener una aventura amorosa con la mujer más anhelada del pueblo.

El microcosmos de los dementes es una pequeña sociedad plenamente jerarquizada y en la que discurren varios tipos de las clases marginadas paraguayas. El autor simpatiza abiertamente con ellos porque los sanos, además de hipócritas, son conformistas con la violencia de la represión. La mayoría son cuerdos, pero Tatakuá es un espacio frenopático en sí; quienes verdaderamente se comportan como dementes son las autoridades, los contrabandistas, los traficantes de marihuana y los torturadores que en él viven. El autor hace un elogio de la locura como único universo donde es posible resistir a la dictadura, y de la narración se desprende que la vida es más fácil para los considerados dementes que para la gente que ha caído en la vorágine de la política y del poder económico.

El viaje en tren, como espacio simbólico para reflejar el tema de la boda sin amor entre la joven y el hombre maduro, ocupa el argumento de El tren sin horario. Es la historia de una familia y Bonifacio, quienes viajan a la ciudad. Bonifacio y Elcira tienen sus primeras relaciones amorosas y además, durante las largas ocho horas que dura el viaje, se comportan como una verdadera pareja de novios. Sin embargo, la familia de Elcira acude en realidad a Asunción para casar a su joven hija con un señor mayor, de buena posición económica, con lo que el autor retoma el recurrente tema social de los matrimonios de conveniencia que las familias conciertan y que son indeseados por las jóvenes, argumento tratado por tantos autores paraguayos.

La humillación es una historia de adulterio, donde la mujer engaña al marido con otro hombre, entre otras causas porque ella se casó muy joven con él y sin amarlo. Lo más sorprendente del cuento es que el hombre obtiene la custodia de su hijo porque el juez incapacita a la mujer para ello, pero el hijo no es de él, sino del amante de la esposa. Así, la humillación que padece el protagonista quedará viva en el futuro, porque su hijo legal es el fruto del adulterio.

El tema del honor moral que sobrevive también aparece en El hombre que tiró su vergüenza. Se trata de la historia de un hombre que resulta detenido por la policía al caminar desnudo por el centro de Buenos Aires. El relato destaca por la incorporación de dos discursos distintos y separados, narrados por el protagonista: el primero explica los hechos ocurridos; y el segundo las causas que le han conducido a decidir caminar desnudo por la ciudad. El narrador manifiesta al principio que escribe su declaración porque ofrece mayor oportunidades para la reflexión y no desea que nadie interprete mal su relato. Él advierte que caminó desnudo con premeditación consciente y que lo que deseaba era abofetear a la hipocresía de la gente. Como ejemplo de esa hipocresía, cita que cuando iba caminando desnudo se le cruzó una muchacha que a pesar de su disimulo no lograba evitar su mirada morbosa, y las mujeres beatas lo contemplaban como monjas excitadas. Y acusa de perpetuar la hipocresía moral a los “curas, monjas, militares reaccionarios, intelectuales con anteojeras, artistas egocentrifugados, periodistas pordioseros y militares impotentes”, quienes “se masturban, defecan y copulan en nuestro subconsciente” (p. 66).

Al establecer las causas de su repulsa a la moral vigente, denuncia que la educación infantil en Paraguay camina hacia la represión del individuo, y que el hombre campesino conserva valores más puros que el de la ciudad, porque éste ha perdido su ubicación en el tiempo y en el espacio al haberse alejado de la naturaleza de los seres vivos. De nuevo, el protagonista de un cuento de Ramírez Santacruz nace en Tatakuá, donde parece que la vida es sencilla y conserva la esencia del hombre en su estado natural, sin complejos ni sustracciones de la moral burguesa impuestas por el orden social vigente. Los niños de la gran ciudad se traumatizan con las revistas, la televisión y “las rendijas del cuarto de sus padres” (p. 67), y no logran entender que el sexo y que la desnudez son actitudes que el hombre debería de considerar con naturalidad. Partiendo de esta apreciación, el narrador critica el que la televisión sea el mayor cauce de contacto con la realidad, llamando a este hecho con la aliteración fónica “la vida en vidriera vida” (p. 68), porque la gente de la ciudad hace discurrir las horas sentada frente a un aparato que le presenta una realidad que no se sabe con certeza si existe; la televisión es la inmortalidad a la que aludía la ya defenestrada educación religiosa. Y para ilustrar su defensa y el que ir desnudo no puede ser un delito, alude a la consabida imagen del hombre antiguo, citando palabras de Platón como la de que el cuerpo es la cárcel del alma, o al Martín Fierro cuando alude a los versos sobre quien pierde la vergüenza ya no la vuelve a encontrar. Añade citas literarias de escritores de nuestro siglo, como la de Adán Buenosayres de Leopoldo Marechal, al que irónicamente alude por los problemas existenciales que padeció su protagonista, y que llegan a cansar a los lectores, o a Miguel Hernández y algunos de sus versos escritos por la muerte de su hijo, e incluso al cine como la referencia a la censura de Je vous salue, Marie, de Jean Luc Godard, por haber sido una película irreverente al mostrar a la Virgen María como una mujer y no como un ser paranormal. El cuento enfrenta la hipocresía moral y defiende la preponderancia del alma sobre el cuerpo, porque éste no es más que una cobertura de algo más complejo como es el ser humano, y la piel no debe de ser algo que escandalice.

Cuentos fantásticos.

El cuento que se titula La carcajada también es de tema rural, con obvia inspiración en la tradición oral, pero inmerso en una trama fantástica. Retoma fórmulas del realismo mágico, y en él se cuenta la historia de Noé Buenaventura, de quien todo el mundo se burla porque en su casa se está construyendo un arca en prevención de un gran diluvio que anuncia. Finalmente, el diluvio se produce y Noé se salva mientras todos los que se han burlado de él acuden a pedirle socorro, pero él les responde con una carcajada de venganza y de felicidad.

También es un relato de localización rural Postales del cielo. En él, el narrador valora la bondad de la infancia y manifiesta la necesidad de que el adulto guarde una parte del niño que fue, lo que da un signo fantástico, y por tanto liberador, a su vida. Se trata de un relato autobiográfico y el autor recuerda la educación de sus abuelas, que le enseñaron a hablar de mitos y duendes, como el pombero, el jasy jateré, y otros. Por ello, al final del cuento quiere rememorar a sus antepasados que le revelaron una dimensión del mundo imaginaria, que ha pervivido en su mundo de adulto.

El baile comienza con un narrador que comenta que en el tiempo de lluvias de Asunción se puede uno imaginar lo que fue el diluvio bíblico. El protagonista es, de nuevo, un hombre rural que emigra a la gran ciudad en búsqueda de prosperidad, y presenta las dificultades de adaptación a la nueva vida urbana. Sin embargo, el relato desemboca en una historia fantástica tomada de la tradición legendaria de la ciudad de Asunción. El autor recrea la historia fantástica del hombre que presta su gabán a una mujer con la que se cita para otro día y finalmente resulta que murió hace tiempo, pero el hombre cuando acude al cementerio de la Recoleta de Asunción y contempla la tumba de la mujer descubre que sobre ella, se encuentra el gabán que le prestó. El argumento de este cuento fue utilizado anteriormente por Manuel E. B. Argüello en La visita de Martínez, incluido en Más allá de un retrato y otros cuentos, aunque los nombres de los personajes son distintos y el gabán sustituye al chubasquero. Sin embargo, Gilberto Ramírez Santacruz cuenta la historia como un acontecimiento curioso, fantástico pero siempre como algo real. mientras que Argüello lo hace centrándose sobre todo en el aspecto terrorífico de la leyenda.
Cuentos de la emigración.

Gilberto Ramírez Santacruz no ha escrito solamente cuentos que se localizan en el mundo rural. El universo urbano aparece en La vida en la ciudad. Un personaje dirige una carta a un añorado amigo desde la ciudad donde vive actualmente. El epígrafe inicial de Antonin Artaud tiene carácter autobiográfico, porque con él manifiesta su situación presente en Argentina, al recordar el tiempo pasado en su país, y en la ciudad de donde procede. El narrador-protagonista consigna que en él ha muerto la esperanza de poder vivir de nuevo en Tatakuá y que sólo le queda la resignación de no tener otra alternativa que procurarse la supervivencia y proyectar una nueva vida en un medio distinto. A su amigo Remberto le indica las diferencias que existen entre el mundo rural y el urbano, porque nada de lo que se aprende en el pueblo le es útil en la ciudad. El vivir en la ciudad es comenzar de nuevo para el inmigrante del campo. Lo que más destaca es la ausencia de elementos de la naturaleza; la noche se vuelve remota porque todo se llena de luces minúsculas, y las calles están repletas de automóviles que son sus verdaderos amos. A continuación, el narrador le explica todo lo que encuentra en la ciudad, cómo son las mujeres, y sus dificultades para salir adelante, aunque ha progresado más que si hubiera permanecido en el pueblo.

Sin embargo, lo que parece ser un argumento trivial donde se comparan los mundos rural y urbano, se transforma en un texto político cuando el narrador comenta las circunstancias que motivaron el golpe militar. Es fácil suponer que se trata del de la Argentina en 1976, por la situación previa de múltiples asesinatos políticos y la crisis económica que afecta a los más humildes. Sencillamente, lo que descubre el protagonista es que la situación de la tierra a la que ha ido para poder prosperar y sobrevivir es semejante a la de su país.

Cuentos políticos.

Aunque el tema político subyace en la práctica totalidad de los cuentos de Gilberto Ramírez Santacruz, hay algunos que se centran exclusivamente en la presentación de asuntos políticos. Es el caso de Las dudas de un verdugo, la historia de un verdugo de la dictadura, llamado Toledo. El tema recuerda a Borges en la identificación que se produce entre el torturador y su víctima; la narración llega a un punto en el que no se sabe quién es verdaderamente cada cual, porque el torturado resiste de forma extraordinaria los tormentos que aquél le aplica. El fracaso del verdugo le conduce a la desgracia, y a su estado de sordomudo ha de sumar el que su jefe acabe expulsándolo del oficio. El cuento, en definitiva, es la advertencia al torturador de que puede ser víctima moral del poder de la misma forma que el torturado, cuando no consiga servir a sus propósitos.

Ramírez Santacruz denuncia con pesimismo el comportamiento sectario de los dirigentes de la lucha antifascista. En La célula describe el funcionamiento sectario y dictatorial de una célula comunista de la resistencia a la dictadura de Stroessner, personificado con el nombre de Rubioroch como en Esa hierba que nunca muere. En la célula clandestina nadie se opone al liderazgo del rubicundo secretario general, y la ineptitud de sus cuadros dirigentes provoca la división de los revolucionarios en reformistas e intransigentes con los principios de la revolución marxista. Frente al todopoderoso líder se sitúa el revolucionario militante Lucio Peñalba, designado como encargado de una célula, quien es fiel a las consignas y a la ideología del líder, y cuando la mayoría de la célula opta por renunciar a la lucha, él permanece fiel, aunque su esperanza se desvanece cuando descubre que su partido se ha dividido en dos facciones en el año sesenta y cinco. Las semejanzas con Esa hierba que nunca muere no se ciñen solamente a la presencia del dictador llamado Rubioroch, sino también a la del general Caimán y a la escena de la muerte del luchador Agapito Valiente que acaece en la novela. El autor vuelve a destacar que la división de los guerrilleros fue una de las causas de la lucha en la que él participó como miembro que era del Partido Comunista. Ramírez Santacruz cuestiona, además, la fidelidad extrema al líder, porque los cabecillas políticos no cuentan con sus cuadros de militantes cuando toman decisiones. Ve incompatible, por tanto, el desarrollo de las ideas personales dentro de un partido político, porque la organización fracasa cuando sus líderes se separan de la ideología que mueve y une a sus militantes.

La resignación como resultado de la lucha contra la dictadura y la destrucción de las aspiraciones vitales son los temas de El honor de los vencidos, donde el protagonista ha caído en el conformismo después de haber padecido cárceles y persecuciones en sus luchas contra las distintas dictaduras del país. Actualmente, su único oficio es el de jugador profesional de naipes, y en una partida pierde a su esposa, a la que había apostado. Sin embargo, cuando acude al encuentro de ella, el perdedor, su marido, le dispara varios tiros y muere, porque piensa que el honor es más importante que la victoria en el juego. El sentido del relato es simbólico: el vencido antepone el honor al hedonismo, porque la vida para él es un reto continuo que se destruye cuando llega la derrota humillante, de la misma forma que para el exiliado la destrucción estará presente en cuanto que siente que ha perdido su honor.

Otro cuento sobre la lucha revolucionaria contra la dictadura es Sombra y algo más, donde una mujer que vive en Buenos Aires acoge a un luchador paraguayo contra el régimen. Sin embargo, después de haber padecido cárcel y persecución, el Comité Central de sus partido lo valora como sospechoso de colaboración con la dictadura, por lo que ha de separarse de la compañía de la mujer y ambos parecen dos sombras al ser víctimas de la incomprensión de sus correligionarios.

De tema urbano y marcado talante político es Tirado en la calle. El relato es la historia de un ladrón que ha muerto abatido a tiros por la policía en un asalto a un banco. Pero lo que parece ser una historia de delincuentes desemboca en una trama política porque el ladrón pertenece a un célula revolucionaria y el atraco al banco que intentó fue para obtener fondos para la organización. Sin embargo, la versión oficial es la del simple atraco, sobre todo porque a los dirigentes de la organización les interesa mantener en secreto la realidad, y a pesar de que la viuda del muerto intenta que se reconozca a su esposo como víctima de la lucha del movimiento, no lo consigue. Por ello, el autor da testimonio de la necesidad de regeneración moral de las organizaciones izquierdistas, siempre sometidas a la conveniencia de los líderes. Sin duda, en estos relatos en los que se reprocha a los movimientos revolucionarios sus defectos, hay un alto grado de contenido autobiográfico que se revela en la decepción que el autor sufrió cuando pertenecía ideológicamente a ellos.

Cuentos históricos.

Ramírez Santacruz también incluye en Relatorios algunos cuentos históricos. El primero de ellos es El grito de Triana, que por el título es fácil de imaginar a priori que trata sobre Cristóbal Colón. La cita del cardenal Richelieu del comienzo permite una reflexión sobre la religión como fundamento del poder de la corona española, que ilustra el mensaje que pretende transmitir el relato: el empleo del poder eclesiástico para mantener el poder temporal como causa de las tropelías cometidas por los españoles durante la conquista. El autor quiere demostrar en el cuento que el empleo de la fuerza de la religión para combatir las supuestas herejías y la imposición del monoteísmo frente al panteísmo indígena llevaron consigo la transculturación del continente hacia formas sociales de represión.

Y para demostrarlo selecciona la historia de Colón y el descubrimiento. Sin embargo, lo hace en los términos de la novela histórica actual, que pone en cuestión la veracidad de la historia heredada, y crea un marco de ficción literaria para ilustrar el pasado: se inventa un personaje llamado Nóloc, situando al revés las grafías de Colón, para afirmar que el descubridor de América fue conducido a conciencia al continente por un habitante del mismo, por lo que su descubrimiento no fue producto de la casualidad, sino de la labor premeditada de un americano. Nóloc revela el secreto en realidad porque desea volver a su Hamaika, lo que se revela al final de la obra, pero cuando oye el grito de Rodrigo de Triana comprende que no se descubría una nueva tierra sino que se encubría para siempre su mundo, anticipando la idea sobre la que posteriormente tanto se ha insistido. A él no le da tiempo para explicar lo que significa el robo y el saqueo, el concepto de mentira y del engaño y falta de palabra, y que la cruz represente una forma de exterminio en nombre de un Dios que proclama paz. El narrador advierte que por Nóloc habló posteriormente Bartolomé de las Casas y que América fue un continente donde desembarcaron al imperio de los cristianos, ladrones, salteadores y tiranos.

El grito de Triana es un relato escrito en 1988, con anterioridad a la visión del descubrimiento de Vigilia del Almirante de Roa Bastos, que es el primer acercamiento al personaje de Colón en la literatura histórica paraguaya. Ramírez Santacruz demuestra conocer los mecanismos de la nueva novela histórica latinoamericana, y, además, la historia sobre la que pretende opinar ideológicamente, para dar testimonio del enterramiento de América cuando fue descubierta por los españoles. Cuestiona la historia especulando con versiones posibles de lo realmente ocurrido, y a partir de ellas transciende al plano reflexivo lo que significa el descubrimiento de América.

El empleo de fórmulas, como “según parece” para contar la historia genealógica de Colón, sugiere la posibilidad de varias interpretaciones de un mismo acontecimiento. La forma de conocerse de Nóloc y Colón, y el ocultamiento de datos como los motivos que condujeron a Nóloc a revelar la existencia de su continente al Almirante, son los episodios con que Ramírez Santacruz ofrece una interpretación abierta de la historia y sujeta a posibles variaciones sobre el mismo tema. Sugiere que Colón es un mito del que se ha cambiado su nombre al español, aunque era italiano, por conveniencia del conquistador, y que hubiera aparecido con nombres distintos en otras lenguas si hubiera realizado el descubrimiento para otra corona: los ingleses lo hubieran llamado Cristopher Clown, los portugueses Cristobao Colao “o algo por el estilo” (p. 75) y los islandeses tuvieron en 1477 un marinero que navegó hacia el oeste llamado Juan de Kolno, por lo que el narrador sugiere que Colón pudo haber estado en América antes del descubrimiento navegando con marineros de otras regiones.

Para dar una interpretación distinta a la oficial, el autor introduce citas reales y escritas de documentos y obras como las memorias del hijo de Colón, los diarios de viaje de éste y las crónicas de Fray Bartolomé de las Casas. El narrador también elucubra con lo que sucedió realmente cuando Colón llegó a España. Sobre la procedencia del dinero admite distintas versiones, como la de que el dinero saliera de la corona y de la propia Santa Hermandad con las maniobras de Santángel, la que según el narrador es la versión más coherente.

El acercamiento de Ramírez Santacruz a la historia no es esporádico, ni alejado de la indagación en el pasado paraguayo. En 1990 escribió también un cuento, que incluye en Relatorios, sobre personajes de la Guerra de la Triple Alianza paraguaya, titulado Sargenta de López. En él evoca al personaje de la tía Ra, Ramona Ramírez, una residenta que tenía una estancia en Tatakuá, superviviente de la Guerra del 70, cuyos padres y hermanos murieron en el genocidio. El personaje de la residenta ha sido tratado por Guido Rodríguez Alcalá en algunos de sus relatos, y representa un mito hoy en día. Ramona Ramírez llegó a vivir más de cien años, por lo que fue memoria longeva de la fidelidad al mariscal López incluso después de la guerra. Testigo de la Guerra del Chaco también y una ferviente fanática del nacionalismo lopista. En el relato Ramírez Santacruz mezcla su testimonio propio con la visión pretendidamente objetiva del narrador, uno de sus sobrinos. Además de la rememoración del personaje, lo que verdaderamente tiene importancia en el relato es el repaso que el narrador da a la historia paraguaya con la ayuda del testimonio de tía Ra, para demostrar la falibilidad de la visión totalizadora de la historia: ella hace ver que para comprender las causas de la guerra hay que saber cómo era el Paraguay de entonces y que, en esos años, a diferencia de los actuales, no se podía mantener la tierra improductiva, en las escuelas se aprendía doctrina nacionalista y había bibliotecas. Todo ello fue destruido por los aliados; se repartieron las tierras y la gente tuvo que trabajar todo el día para poder vivir. El personaje rememorado cita a personajes femeninos como Elisa Lynch, la concubina de López, a quien veneraban, y la que considera traidora Juliana Insfrán, lo que no hace sino demostrar que la historia paraguaya ha sido tratada con subjetividad y revisionismo. Evoca también el asunto de los celos de Pancha Garmendia, la amante de López antes de viajar éste a Europa.

En este relato impresiona la forma como el narrador da testimonio de los traumas que deja la historia vivida; tía Ra se pasa el día evocando la guerra y desea que incluso sus sobrinos empuñen las armas para defender al mariscal, porque es la imagen superviviente de un pasado catastrófico, pero idealizado en exceso a la vez. Como se observa, este relato se diferencia del anterior en que recoge un testimonio subjetivo de la historia, retomando la idea borgiana de que la historia no es lo que ocurrió sino lo que juzgamos que pasó, frente a la consideración científica de la misma. En el plano de la interpretación social, el relato revela la dureza de la vida paraguaya durante y después de la guerra; el testimonio subjetivo sirve para dar muestras testimoniales del sufrimiento de las gentes durante tantos años. De la versión personal se puede dudar, pero lo que no cabe refutar son los padecimientos y la aniquilación genocida del país, hecho que pretende subrayar el autor. De la visión que el autor presenta se desprende que lo importante es lo acontecido realmente y no las interpretaciones interesadas que ha tenido la historia paraguaya.

Otro cuento intrahistórico es Morir después, donde el autor evoca las peripecias de Lázaro Rivas, un revolucionario del 47 que acaba permaneciendo fiel a sus principios, y acata las incomprensibles órdenes de sus superiores, aunque éstas provoquen el fracaso de la revolución. Los dirigentes sublevados demostraron, según el testimonio del relato, su torpeza por no acabar conquistando el palacio de gobierno de Asunción, cuando lo habían conseguido prácticamente, dejando al general Morínigo la posibilidad de reorganizarse y recibir de reciente fabricación para derrotar a los revolucionarios armas del presidente argentino Perón. Con el trasfondo histórico, el autor se reitera en la denuncia de las extrañas e incomprensibles decisiones de los cabecillas políticos de la lucha revolucionaria, quienes con sus actos timoratos impiden el triunfo. El protagonista asume la derrota con resignación e ironía y manifiesta a sus camaradas al final que la revolución está perdida por lo que pueden elegir entre morir ahora o después. En este sentido, Gilberto Ramírez Santacruz extiende la denuncia a los mandos políticos, por su desprecio a la lucha fiel de los guerrilleros, que arriesgan su vida en el campo de batalla, mientras sus jefes se abstienen de participar en toda actividad de combate. El autor en realidad justifica en este tipo de relatos su visión pesimista de la revolución imposible, porque el carácter humano no permite que progrese.

En suma, los cuentos de Gilberto Ramírez Santacruz se pueden dividir en: políticos, fantásticos, de denuncia de la moral burguesa tradicional, e históricos. En ellos se presenta el problema del koygua, el campesino paraguayo que ha emigrado a la ciudad para progresar y que sin embargo no se adapta por completo a ella. Este personaje queda como símbolo del provincianismo que reina en la ciudad paraguaya, lo que permite al autor criticar los modos de vida burgueses alcanzados superficialmente por imitación de la vida europea, e impuestos a la mayor parte de la población. La crítica a la moral y a la hipocresía social reinante, junto a la política dirigida a cualquier tipo de dictadura, incluso la de dentro de los partidos de oposición, revela la profunda ideología izquierdista del autor, sus deseos de reforma de la sociedad, cuyo estado actual, para él, significa decadencia moral e intelectual. Sin embargo, la lucha de los revolucionarios convertidos en personaje colectivo en su novela Esa hierba que nunca muere, se ha transformado en representación de personajes perfectamente individualizados en sus últimos cuentos, lo que muestra el desengaño y frustración del autor ante el fracaso de la unión de los revolucionarios. Pero lo que trata de establecer como mensaje es que cualquier hombre que transgrede el orden social impuesto, aunque no emplee las armas como medio de lucha, está poniendo una piedra más en la construcción del cambio de mentalidad necesario para transformar la sociedad aburguesada. Así, se observa cómo ha cambiado en los últimos años el tono dialéctico de la narrativa de Ramírez Santacruz, que ha pasado de la valoración de la lucha armada contra la dictadura, a la posibilidad de extender reformas éticas en la sociedad para que pueda avanzar. La narrativa de Gilberto Ramírez Santacruz tiene una clara inspiración autobiográfica que se revela en casi todos los cuentos y en su novela, porque para él la vida personal es la fuente de los temas de sus relatos. De la experiencia vital ha extraído, en definitiva, los argumentos que conforman su narrativa, y el mensaje que se desprende de ellos es el testimonio que quiere hacer pervivir.
José Vicente Peiró Barco

FICHA BIOBIBLIOGRÁFICA
RAMÍREZ SANTACRUZ, Gilberto.

Gilberto Ramírez Santacruz destaca por ser un poeta testimonial que reivindica en sus versos derechos sociales y humanos del pueblo paraguayo. Nace en 1959 en la pequeña población de Ava’í, por lo que pertenece a la generación más joven de escritores paraguayos. Cuando aún no había cumplido los veinte años tuvo que exiliarse a Argentina, donde fue fundador y director de la revista Todo Paraguay, portavoz a principios de los años ochenta de la colectividad paraguaya en el exilio argentino. Es de los pocos escritores paraguayos que ha permanecido en el exterior del Paraguay después de la caída de Alfredo Stroessner en 1989.
Cuando tenía veintiún años publica su primer poemario, Primeras letras (1980), al que siguieron Poemuchachas (1983), Golpe de poesía (1986), Fuegos y artificios (1988), Poemas descartables y otros baladíes (1990) y Poemas y canciones de amor y libertad (1993), obras donde se mezcla el interés por lo colectivo y el sentimiento individual. Se siente poeta por encima de todo, porque para él es la forma más sencilla de adentrarse en las pasiones del hombre y en la denuncia de la opresión, por lo que sus incursiones en narrativa son esporádicas. Hasta 2010 ha publicado una novela, Esa hierba que nunca muere (1989) y dos colecciones de cuentos tituladas Relatorios (1995)y El maleficio y otras maldades del mundo(2008).

*Fragmentos de la obra Literatura y sociedad: La narrativa paraguaya actual(1980-1995), del catedrático español José Vicente Peiró Barco.

A propósito de Relatorios

Como escritor, quizá la mayor virtud que tiene Gilberto Ramírez Santacruz es la de no cejar jamás en su voluntad de crear mundos imaginarios a partir de hechos reales conocidos o vividos por él.
Es lo que se percibe nuevamente en este microcosmos que tenemos entre manos, y que parece recoger partículas entrañables de su infancia campesina, de su asombro ante el paso por la Capital, de su inserción en el mundo de Buenos Aires.
A despecho de ciertas vacilaciones en el uso del lenguaje, Ramírez Santacruz es capaz de reelaborar artísticamente contextos y personajes, de modo tal que el lector pueda reconocer fácilemnte paisajes, costumbres populares, figuras infaltables en la taxonomía de los pueblos campesinos.
Esto es lo valioso del presente libro de Ramírez Santacruz: el rescate de un mundo que está desapareciendo ante el avance del progreso, y en el cual todavía somos capaces de reconocernos y reconocer al semejante.
Todo, pues, incluyendo los sueños o la imaginería fantástica que circula por el libro, hunde sus raíces en la vida real y éste es el secreto de la frescura y la gracia que anima a muchos de sus relatos.
A Ramírez Santacruz tampoco le son ajenos los avatares de nuestra vida política, y así revive situaciones que en su momento fueron heridas abiertas para la sensibilidad colectiva.
En suma, creemos que el lector no olvidará fácilemnte este nuevo universo narrativo desplegado en Relatorios por Gilberto Ramírez Santacruz.

Edgar Valdéz
Buenos Aires, septiembre de 1994.-

miércoles, 16 de junio de 2010

Obra Poética III


Obra Poética

“Caro poeta: He leído con fruición tu nuevo libro de poemas (Descalzo sobre el asfalto y otros poemas), y siento que se instaló con fuerza la poesía en tu nueva escritura. Han cobrado densidad los versos, novedosos en
nuestro Parnaso paraguayo, que tan necesitado anda de voces que le den nueva resonancia. Los largos años de la opresión, con su secuela de inhibiciones y autocensura, le han cortado las alas a nuestra poesía, pero ya están levantando vuelo nuevamente, como lo demuestra tu poemario, lleno de novedosos fulgores. ¡Enhorabuena! El camino está abierto y espera tus realizaciones. Un abrazo de tu compañero”. Elvio Romero

“Gilberto Ramírez Santacruz nos habla de la desolación de un alma en pugna con una sociedad extraviada, donde los intereses del poder tienden a robotizar, a deshumanizar al hombre. Gilberto Ramírez Santacruz es un ser apasionado, hambriento de ternura, que transforma su rebeldía en palabra trascendente. Gilberto Ramírez Santacruz escribe no con tinta sino con sangre sus versos -armoniosos o exasperados- como si quisiera crear un espacio de salvación. Gilberto Ramírez Santacruz es un poeta.” Antonio Requeni.

“Golpe de Poesía, en verdad, como un raudal de fuego y luz, que me devolvió a un oficio casi olvidado. Estimo que en tus poemas hay un rescoldo de tierra quemándote las entrañas. La poesía surge de esa motivación profunda, en el filoso momento de volcarse en palabra. Palabra que, como dices, no consiste en un palabrerío bordado en galaxias ajenas a nuestro trajinar gravoso de polvo y estridencias inútiles”. Ramiro Domínguez.

“La poesía de Gilberto Ramírez Santacruz es digna heredera de la mejor poesía social que arranca en el Paraguay de las raíces prosísticas de Rafael Barrett y de los versos de Julio Correa en la década de los treinta del siglo XX, alcanza su cénit con Elvio Romero, Hérib Campos Cervera, y sus epígonos de la siguiente generación Luis María Martínez y Santiago Dimas Aranda, hasta llegar a él, protagonista poético en esta vertiente de los miembros de su generación de nacidos a finales de los cincuenta y en los sesenta. Sin embargo, es en su vertiente amorosa neorromántica donde alcanza sus mejores logros. Ramírez Santacruz se mueve entre el intimismo y la poesía de circunstancias dirigida a despertar conciencias. Es una poesía vitalista, de fe en el ser humano y en el progreso social. De ahí que resalte en el panorama de las letras de su país, incluso como narrador. José Vicente Peiró Barco.


Paraguay canta Paraguay sueña

el exiliado

el que deja su tierra deja también su vida
para atizar las fogatas de cada alborada
para hacer de leños en cada esperanza
y de faro para las rebeliones encendidas

el que llega a tierras lejanas llega sin vida
para resurgir por puro coraje cada mañana
para exprimir la mirada en el ocaso y lejanía
y sorber el sol como una naranja de lágrimas

el que parte sin querer partir marcha muerto
para abonar el camino de la libertad redentora
para plantar hitos en cada huella sin regreso
y pisar las cabezas al odio que todo devora

el que vuelve con dignidad volverá en cenizas
para redimir los huesos rotos o enterrados
para vengar con amor el mal de los desterrados
y sellar para siempre un pacto triunfal con la vida

entonces la patria recupera su sentido y brújula
ensancha la geografía de sus más hondos ideales
dimensiona con aureola las cruces de los ausentes
y se vuelve música la sangre derramada en las luchas

(al maestro y músico carlos lara barreiro)<

el llamado de la sangre

te ha convocado la vida desde tu remoto cielo
te dio cita de urgencia a este mundo de luchas
con un llamado de la sangre y sueño creador
con una misión de cubrir tu espacio de ternura
y la consigna de llenar tu tiempo con amor

te ha enviado la vida desde tu querido refugio
te dio mensajes de esperanza para los que esperan
con un milagro del sentimiento y sabia razón
con un designio de sembrar futuro en la tierra
y el deber del hombre de cosechar con pasión

te ha elegido la vida desde tu infinita morada
te dio señales de viaje y largos caminos abiertos
con un compromiso de la fe y jurada ideología
con un declarado fervor de honrar los ideales
y saber de antemano que la clave es la alegría

te ha traído la vida desde tu perdido paraíso
te dio permiso de entrada y salida de este mundo
con la condición de habitar y mejorarlo siempre
con el único requisito de no olvidar tu origen
que en tu sangre y nombre palpita la razón de tu ser

te ha presentado la vida desde tu llegada bulliciosa
yo te recibo orgulloso como un compañero de ruta
te doy la mano que sentirás en todos los momentos
te abrazo para que tu corazón sepa que no está solo
y suelto el consejo como una paloma por la ventana

todo lo que deberás hacer es procurar tu felicidad
con el menor acopio material y la mayor dignidad

( a emanuel lénin)

Poemas entre el amor y el olvido

destino


sólo quiero escribir cuando amo
pero cuando amo dejo de escribir
por suerte cuento yo con las dos manos
que al tiempo de amar puedo sentir

sólo quiero vivir enamorado
pero me enamoro y dejo de vivir
y gracias que el amor equivocado
en vez de matarme me da que decir

sólo quisiera escribir y amar
y como si eso fuera posible
poder vivir un día sin respirar

sólo entonces quisiera yo morir
cruzar esta vida amando sin parar
y escribiendo poemas hasta dormir

Obra Poética II


Razones de la sangre: crónicas poéticas del Marzo Paraguayo

Prólogo

Difícil cometido el que nos ocupa: escribir algunas líneas sobre el presente poemario. Dicen los poetas que no hay que escribir sobre caliente, sino buscar el alejamiento, la perspectiva. Esto permitiría decantar las emociones y volver más lírica la palabra, o envolver en todo caso la palabra con un ropaje lírico. Es lo que hicieron por ejemplo, un Miguel Hernández en España y un Hérib Campos Cervera en nuestro país, con versos que todavía resuenan en nuestra memoria:

«Aquí tengo una voz enardecida
aquí tengo una vida combatida y airada
aquí tengo un rumor, aquí tengo una vida.

Abierto estoy, mirad, como una herida,
hundido estoy, mirad, estoy hundido,
en medio de mi pueblo y de sus males:
herido voy, herido y malherido
sangrando por trincheras y hospitales.» (M. Hernández)

y Campos Cervera:

«... Eran otros los rumbos que imantaban los pasos
de estos inaccesibles guerrilleros del alba.
No fueron al encuentro de una selva de bronce
no buscaron metales solemnes, no quisieron
anchas investiduras, ni charangas, ni cantos.

Simplemente
bajaron a morir para dejarnos
otro tiempo más limpio y otra tierra más clara:
algún laurel más alto y un aire más sencillo,
otra categoría de nubes y otra forma
de dar un aposento, de nombrar una cosa,
o acaso otra manera de abrir una ventana
para llamar al día del hombre venidero.»

Nuestro poeta habla, obviamente, de nuestros hermanos del 47, y hoy, por esos avatares de la historia, volvemos a experimentar un dolor y una esperanza semejantes. Como hicieron aquellos altísimos poetas, los «contadores de sílabas» actuales tampoco quieren pasar por alto nombres como los de Tomás Rojas, Manfred Stark González o Verónica Ortiz -por citar sólo a unos pocos -, y entonces con la voz todavía enronquecida por el fragor de las batallas, quieren rendir su homenaje a quienes hicieron posible la gesta del marzo libertario. Aún lejos de su tierra, sienten igual que sus compatriotas, y se llenan de pena o de alegría con los vaivenes de su existencia. Dice Ramírez Santacruz: «No seré un profeta del día después / porque nuestro pueblo jamás conoció de derrotas / ... Hay pueblos que luchan décadas y cientos de años / hasta que llega el amanecer esperado / El nuestro nunca fue mezquino en su entrega / cuando llega la hora señalada por la historia». Y más adelante: «El marzo paraguayo se llevó muchas cosas / barrió con la peor inmundicia autoritaria / lavó la afrenta de las indignaciones populares / y espantó para siempre la prepotencia de un tirano.» En estos versos -pensamos- está resumido de algún modo el contenido de «Razones de la sangre».

Poemas de circunstancias, sin duda, y quizás más crónicas que poesía, pero que llevan sin embargo el sello de lo perdurable simplemente porque los pueblos no olvidan sus luchas ni su sacrificio. Los dibujos que ilustran los poemas, pertenecientes al artista Tilcará, les confieren una consistencia inusitada, y devienen por mérito propio en los comentarios más brillantes que se puedan hacer.

Edgar Valdez
Buenos Aires, mayo de 1999.



Descalzo sobre el asfalto y otros poemas


el oficio

¿para qué sirve un poeta?

señor
el poeta con su oficio hace muchas cosas
por ejemplo
empuja el horizonte más lejos
de modo que al caminante le resulte inalcanzable

por ejemplo
se encarga de que funcione la luna
y que su luz no deje de hechizar los corazones

señor
el poeta con su oficio hace muchas cosas
por ejemplo
cuida de que el mar no se olvide de las olas
y que las playas no vivan sin sus besos de arena

por ejemplo
corona cantando a su pueblo en las batallas
y pone aureolas a los combatientes caídos

señor
el poeta con su oficio hace muchas cosas
por ejemplo
afina el canto de los pájaros
y autoriza al sol para soltar el amanecer

por ejemplo
contabiliza las estrellas una a una
y reparte justicia en las pasiones

señor
el poeta con su oficio hace muchas cosas
por ejemplo
pastorea las penas insondables de la vida
y apacienta los sueños sempiternos del hombre

por ejemplo
administra en el mundo la inocencia y el candor
y despilfarra placer cuando el amor llama a su puerta


Poemas y canciones de amor y libertad


Prólogo

Villa Rica, febrero 19, 1987

Señor
Gilberto Ramírez Santacruz
Buenos Aires
Argentina

Mi estimado amigo:

Grata sorpresa me causó la vuelta de nuestra común amiga Nenuca Fernández, con el recado gentil de tus libros de poemas, para mí en particular, y para tu colegio, al que veo por tus palabras sentidas que lo tienes aún presente en tus afectos.

GOLPE DE POESÍA, en verdad, como un raudal de fuego y luz, que me devolvió a un oficio casi olvidado. Estimo que en tus poemas hay un rescoldo de tierra quemándote las entrañas. La poesía surge de esa motivación profunda, en el filoso momento de volcarse en palabra. Palabra que, como dices, no consiste en un palabrerío bordado en galaxias ajenas a nuestro trajinar gravoso de polvo y estridencias inútiles.

Me enaltece que pongas como un hito de tu sueño trascendido este pequeño colegio de tu adolescencia. Aquí no ponemos sobre la mesa sino el pan de la dignidad y el respeto humano. Dejaremos a disposición de los muchachos tus versos como un mensaje que busca una precisa respuesta, en el sentir y en el actuar.

Con mis respetos a tus padres, a quienes escasamente conozco, y a tus hermanos, con quienes ya hemos hilvanado juntos muchos ovillos de tiempo -y a quienes felicito efusivamente por su triunfo económico- te reitero mis efusivas expresiones de admiración y fraternal simpatía. Un agradecido abrazo, y hasta pronto.

Ramiro Domínguez

Obra Poética I

Fuegos y artificios

Arte poemática

Ya vendrán otros poetas y otros cantores
cuando la muerte vuelva a ser natural, no negocio
a revivir la lira y la musa;
porque hoy la poesía se arma ante las bombas
como las flores con sus aguijones ante el machete
y los antipoemas contra el hambre organizado.

Lo mejor que hoy tienen las flores, son sus espinas;
los poemas, sus poetas con sangre de Tirteo;
la imaginación, sus duendes anunciadores del sol;
la noche, su prudencia de silencio fecundo;
la lucha, sus combatientes milagreros del futuro;
la paz, sus hacedores de guerreros pacíficos
y el pan, sus necesitados creyentes en el trigo.

No se preocupen, poetas del ensueño,
las flores comprenden mejor que nosotros;
las estrellas no quieren que sus ojos se cierren;
los sueños están en vertiginosa extinción;
las pesadillas se multiplican noche a noche;
el miedo cabalga sobre la esperanza;
«el ángel de la inspiración perdió las alas,
en un atentado terrorista», consigna el titular de un diario
y los perros como nunca están ladrando a la luna.

Es poco lo que puede la poesía,
todo se hace también sin ella:
el gallo ni el gorrión determinan el amanecer,
pero sin ellos el alba es un pájaro sin vuelo.

Es poco lo que puede la poesía,
aun sin ella la vida es posible:
la cigarra no provoca el verano
ni el dolor es causante del parto,
pero sin ellos nunca maduraron las sandías
y ninguna revolución ha plasmado su sueño.



Golpe de poesía

Claves para una poesía

No estamos muy convencidos acerca de la utilidad de los prólogos. Pensamos que si un libro tiene valor, nada de lo que se diga le agregará brillo, y si no lo tiene, será inútil cualquier esfuerzo para enaltecerlo en la estimación de los lectores. Borges, en este sentido, tiene razón: el único, el verdadero crítico es el tiempo. No obstante, nada nos impide querer compartir algunas reflexiones inspiradas por poemas nuevos como los de Gilberto Ramírez Santacruz, reunidos en este libro.

En primer lugar, creemos que para la consideración de estos poemas debe descartarse todo prurito cientificista, apearse de los Derridas y Bajtines de turno para dedicarse lisa y llanamente al disfrute de esta experiencia estética. Es lo que hacíamos cuando los diversos estructuralismos no habían enturbiado nuestra inocencia, y podíamos recibir sin anteojeras las sugestiones de las «Locas» y los «Partos» diseminados por nuestra infancia. Todavía hoy, tanto Ortiz Guerrero como Julio Correa nos conmueven, y de ningún modo sus evidentes imperfecciones resultan óbice para la admiración que les profesamos.

En un sentido más amplio -y tal como lo propone Fernández Retamar- probablemente para evaluar la producción literaria de nuestros países subdesarrollados necesitemos de parámetros menos rígidos que los que se usan en Europa. No buscamos la perfección técnica ni estilística en nuestros textos, sino apenas dar salida a esa urgencia por esgrimir las razones y las impaciencias que nos consumen. Demasiado acosados estamos -6- por carencias y necesidades elementales, y entonces no nos importa mucho que nuestros escritos tengan la brillantez de un Borges o de un Neruda. Prima casi la necesidad de expresión por sobre la de comunicación. Dentro de nuestro país, sin embargo, hay ahora una enorme preocupación por la forma. Nuestros poetas están mejor preparados, y evidentemente están al tanto de las últimas novedades estéticas. Todo esto se suma un poco a esa conocida dificultad para la expresión directa, y entonces el discurso se afina en una modulación que quiere ser aséptica, no «contaminada». Curiosamente, los más perfeccionistas son los menos ganados por la cuestión social. Pero están también los otros, los que se preocupan por el testimonio o el compromiso, y de ahí esa bifurcación en los caminos de nuestra poesía que ya señalara Josefina Plá hace varias años. Matizada, esa distinción puede ser todavía valedera. La poesía de Gilberto Ramírez Santacruz pertenece obviamente a la segunda vertiente, como casi toda la literatura que se produce en el exilio. Tiene, quizás, sus raíces en escritores «sociales» como Barret y Julio Correa (también en alguna poesía guaraní), pero enlaza, sobre todo, con la gran poesía rebelde de nuestro tiempo. Hay, en efecto, una atmósfera, un clima universal de protesta en el cual, por supuesto, también están inmersos nuestros poetas mayores; los Campos Cervera, los Elvio Romero, algún Roa Bastos y, últimamente, Carmen Soler. Sin duda hay otros nombres importantes como los de Dimas Aranda o Luis María Martínez, con los cuales Ramírez Santacruz parece tener mayor afinidad. Su voz, sin embargo, es bastante personal, y si hemos de creerle, sus devociones particulares se dirigen a los nuevos poetas como Ramón Silva o Miguelángel Meza, que hoy mismo están haciendo llamativos aportes al desarrollo de nuestra poesía dentro del Paraguay. Se trata evidentemente de una cuestión generacional, en la cual tienen mucha importancia otras manifestaciones estéticas como por ejemplo la música. Ramírez -7- Santacruz, en efecto, es también músico, y lo mismo esgrime la palabra que el canto. (Alguna vez afirmamos que nuestra forma natural de expresión es la música, y todavía creemos que esta sospecha encierra algo de verdad: nos resulta más fácil el canto que la palabra). Pero, ¿qué es en definitiva lo que nos propone Ramírez Santacruz con este nuevo libro, el tercero de su autoría? Indudablemente, profundizar en sus intuiciones anteriores, para lo cual nos ofrece un poemario dividido en tres partes. En la primera, se ciñe a la temática del artista exiliado, que habitualmente se aferra a sus vivencias originarias que son percibidas como una pérdida y como un despojo. En el afán de recuperar esas vivencias, dice Ramírez Santacruz:
«... la siesta paraguaya es un silencio de fuego
poblada de gorriones sedientos...
y niños promiscuos en los yuyales en llamas»,


o también, la patria se dibuja como «un árbol caído / tumbado por hachas mercenarias». Es decir, el sentimiento de pérdida y la necesidad de reparación se conjugan con los sentimientos de rebeldía para dar nacimiento a esa esperanza liberadora que anima al poeta.

En su Golpe de poesía, que abre el libro proyectando el clima general de la propuesta, Ramírez Santacruz dice:
«... levantemos la victoriosa bandera de la razón
y sembremos el mundo de poemas satisfechos»,
sobreponiéndose de ese modo a la sensación de soledad y abatimiento que a veces ensombrece sus poemas («Pueblo triste», «Hombre y mujer», «Lamento»). Aparece también una cierta potenciación de los modos reflexivos o filosóficos, características que ya asomaban en algunos versos anteriores, pero lo importante es que el poeta consigue sobreponerse a sus caídas, y transmite finalmente esa confianza en la felicidad futura que es el centro de sus preocupaciones. Su canto -y su protesta-, si bien tienen su origen en la patria paraguaya, podrían trasladarse -8- a todo el continente, porque como dice en un poema, «Latinoamérica defiende un solo canto común y general». Los temas no son, pues, enteramente locales, sino que tienen validez para el resto de América Latina. Tales, por ejemplo, los temas del ansia y la necesidad de la paz, los del disfrute pleno del amor, o los del simple sentido de projimidad, tan perturbados en nuestros días.

En la segunda parte del libro predomina, en cambio, el tono lírico. Así en los poemas a la amada («te hablo con el corazón mojado / y con mi alma llena de goteras / para confesarte que estoy contigo en la lluvia»); o en el poema denominado «Volver juntos», donde dice:
«... ya volveremos cantando, amada mía,
cuando levante los párpados
el sol nuevo de nuestro pueblo
».

O cuando se refiere a la ausencia, como en el poema «Pero sin vos», o bien cuando le impone condiciones a la amada como sucede en el poema de este nombre que proclama:
«... si amas al pájaro y no a su canto
si amas al hombre y no a la humanidad
si amas al poeta y no a la poesía...»
etcétera.

Pero para el autor no se trata solamente de exaltar el amor, sino de poetizar sobre los diversos interrogantes que plantea la vida, como se ve en el poema «Cuestiones»:
«... no es cuestión de existir nada más
sino es cuestión de vivir la vida...
no es cuestión de dormir nada más,
sino es cuestión de soñar la vida.
..»,

o también, en este otro donde se lee:
«... no quiero saber
que la vida no tiene importancia
que la liberación todavía no es factible
que la justicia está del lado del más fuerte
y que mi lucha con ellos es inútil.
..».

Ramírez Santacruz consigue aliar la poesía lírica con la problemática social, desembocando siempre en un sentimiento -9- de identificación y pertenencia con las clases más desposeídas por la vida. Como en Mallarmé, todo para Ramírez Santacruz conduce al poema, y éste a su vez se refracta sobre su país para rescatar vivencias tan entrañables como las que se refieren al primer amor, o a la necesidad y tristeza de partir hacia otros horizontes como se ve en el poema «El tren hacia el viento sur». Como sucede a menudo en los poetas de extracción popular -y Ramírez Santacruz lo es- muchos de sus versos no son perfectos, pero se salvan por la gran carga de humanidad que traen y que muestran, de todos modos, un notable enriquecimiento de su sensibilidad poética. (Cf. p. ej. el poema «Para cuando preguntes todo», dedicado al hijo).

Pero no quisiéramos abusar de esta suerte de «discurso sobre el discurso» que venimos practicando, ya que sólo se trataba de ubicar algunas claves para el disfrute de esta poesía. No podemos sin embargo soslayar la última parte del libro que se titula «Tributario», donde el poeta rinde homenaje a los padres cantores que le acompañan en la aventura, vivos o ya desaparecidos como es el caso de José Asunción Flores y Manuel Ortiz Guerrero. Apoyado en estas figuras tutelares, el poeta sale en busca de esa ardiente comunión que sólo puede darse en el corazón de la sensibilidad colectiva. Tradicionalmente los poetas suelen fungir como los profetas de sus pueblos, y unas veces de manera clara, otras de manera oscura, preanuncian la belleza que se esconde en el futuro. Tal vez ésta sea, en definitiva, la motivación más importante en la poesía de Gilberto Ramírez Santacruz. Si el lector lo percibe así, sin duda habrá conquistado el galardón más alto a que puede aspirar.

Edgar Valdés
Buenos Aires, Noviembre de 1986.


Poemuchachas

Poema tonto

No debería ni pensar en vos,
menos desearte para mi corazón
pero no sé hacer otra cosa,
me hice experto en esto de quererte,
de amarte sin que lo sepas,
de tenerte sin que estés conmigo,
de inventarme la misma historia:
que me amas mucho y te niegas a confesarme.
¡Hermosa tontería!
Tontería hermosa esta fe mía,
aquella que encontré en tus ojos incrédulos,
de que me quieras un día cualquiera
y que yo deje de contarme la misma historia
y empiece a narrarte otra nueva, la verdadera:
en un lenguaje que sólo conocen mis labios,
que sueñan escribirte con besos,
en un estilo simple de caricias llameantes
y con la maestría de mis manos nocturnas,
que se recibieron en la nocturna noche de la soledad;
entre el techo y la cama y la oscuridad total:
pensando en ti.
Debo decirte más todavía y muchas cosas más.
Sólo este poema es tonto,
porque mi corazón rebosa de lucidez y lágrimas,
y la historia de siempre la escribo siempre,
y me la creo siempre y la tendré siempre,
como lo tendré a este poema tonto e insólito,
que surgió del tintero más auténtico de mi alma
y del lápiz más sangriento que poseo
y de entre mis dedos heridos de angustia,
angustia de quererte tonta y sinceramente.
La síntesis de este poema tonto es: el amor...
el amor de una muchacha que no me ama.

Primeras Letras

La función que le ha correspondido a la poesía sufrió variaciones con el tiempo. Modificaciones lógicas, dado el entorno, las diferentes sociedades y momentos históricos en que le ha tocado vivir.

En algunas épocas tuvo un carácter educativo, en otras la misión consistía en lograr un corolario estético, a veces debió exaltar los valores que sostenían ese momento histórico.

Actualmente, sobrevive en un mundo absorbido y alienado por los valores materiales, matizado por el confort y la comodidad y alejado, en forma sostenida, de lo espiritual.

Tal vez su función sea, hoy, la de mostrarnos a los hombres lo que no queremos ver. Allí se puede encontrar, quizás, el motivo de su confinamiento. Sin ningún tipo de apoyo oficial, cargando sobre sus hombros el rótulo de «no vendible» que lleva a que las editoriales la esquiven en forma notable, la poesía sigue igualmente edificándose, terca e inexorable. Porque aunque los hombres quieran olvidar la poesía, la poesía no olvida a los hombres. Sigue edificándose, tratando de mostrar una nueva percepción, alejada -o demasiado cerca- de este horizonte diario entumecido de costumbre y conformismo. Por todo esto, para publicar, poesía hoy, hay que ser dueño de una cierta dosis de valentía. Gilberto Ramírez Santacruz nació hace 21 años en Paraguay, un pueblo que sigue llevando a cuestas, que sigue desbordándolo. Viene de un lugar que tiene el «lomo resignado», que debió subsistir a «espaldas del siglo XX»; un sitio donde las esperas son inverosímiles y las postergaciones rigurosas.

Éste, su primer libro de poemas -recopilación de un trabajo que ya tiene seis años de duración- se explica por sí solo.

Está allí, exhalando su mensaje humanístico, dejando traslucir por sus poros un cielo ancho y maduro.

Ramírez Santacruz sabe o presiente, que las ideas suelen alejar a los hombres y que los sentimientos los acercan; allí apunta con su poesía escrita «con una mano áspera y temblorosa», amparada en el coraje de la inocencia.

Su poesía está delineada en los contornos de la realidad -casi siempre ardua y difícil- conjugada con su mundo interior: más idealizado y lírico. Por eso mismo sus poemas que rozan la angustia, siempre dejan un trasfondo de esperanza. La esperanza no conformista, sino como un modo de estar presente, como método para poder seguir... «La esperanza es un viento que propaga la vida».

Camilo Sánchez
Poeta y periodista argentino.
Buenos Aires, julio de 1980.-

lunes, 14 de junio de 2010

Sudáfrica 2010: El fútbol según Palanca


El fútbol según Palanca*

En la cancha se ven los pingos y a los burros, los domingos.
Así sentenció Palanca cuando escuchó al arquero subestimar al equipo adversario del próximo partido. Luego se unió al ruedo de tereré que hacían los muchachos en la sombra del naranjal, mientras esperaban que amaine el implacable sol de enero para comenzar la práctica.

(Foto de Julio González Ferreira
y Leonardo "Nino" Ramírez Acuña)


Pero respondió uno de los jugadores, como haciendo contrapunto al técnico que ironizó el optimismo de su equipo, quedando abierto el juego de recuerdos y comentarios que tanto gustaba a Palanca pero simulaba no interesarle.
- Se cumple 20 años de aquél clásico con el Club Sport, tal vez repitamos la hazaña con nuestro equipo de aquella campaña.

Aunque haya perdido aquél partido memorable, Palanca salió como héroe para la afición, pero con una herida que nunca le cicatrizó, según El back, como le conocían todos. Era digno de admiración ver a Palanca, como capitán del Club 1º de Mayo, en aquella final inolvidable del Campeonato Interligas de 1970, jen la Cancha Central de la Liga Gobernador Rivera, frente al Club Sport, con su figura grotesca que resultaba de tener las piernas tan arqueadas, las cuales conformaban una argolla casi perfecta. De tan chueco tenía los pies torcidos y como enfrentados de punta, y parecía un milagro que Palanca pudiera patear, como él sólo sabía hacer, dirigiendo la pelota como si hubiese lanzado con la mano y colocarla en cualquiera de los ángulos que elegía.
Por dicha condición tan especial de las piernas no podía usar botines y fue todo un dilema conseguir algo para sus pies a la hora de ponerles funda. Aunque en los torneos locales no había problemas, porque se podía jugar tranquilamente descalzo y a nadie llamaba la atención, ya que otros jugadores hacían lo mismo por no poder comprarse las zapatillas. Pero cuando llegó el Campeonato de Interdigas no era posible jugar descalzo, era estrictamente obligatorio el uso de botines con taquillas e indumentaria acorde a la reglamentación impuesta por la Asociación Paraguaya del Fútbol.
La solución vino de parte del único zapatero del pueblo, don Juan de la Cruz, un fanático del equipo, y en particular de Palanca que corría peligro de no jugar. Le fabricó especialmente un simulacro de botín, totalmente flexible, con cuero y suela de nonato, tapones de goma y puntines dibujados, de modo que pudiera superar cualquier inspección del árbitro. Palanca jamás había usado un calzado, le decían “pies bolos” de tan redondeados que los tenía, pero eso nunca impidió que fuera el mejor jugador del pueblo de Tatakua y aledaños.
El día del partido, después que superó la revisión del referí, en la cancha comentó con ironía el mismo zapatero don Juan:
- Por las piernas lamentablemente no se pudo hacer nada, salvo que se cambie el reglamento y permitan usar pantalones largos.

Palanca seguía su precalentamiento segundos antes de que comenzara el partido, lejos del árbitro y de los lineman, tratando de no parar los pies para que nadie viese sus simulados botines.
La sufrida derrota de 2 a 1 contra el Sport nunca fue tema favorito para Palanca, a la hora de revolver el pasado de futbolista, aunque tuviera guardados como jirones de una prenda y en el fondo del baúl de los recuerdos. Siempre se sintió culpable de aquella derrota, porque participó de los tres goles del partido, aunque dos fuesen en contra. El primero de los goles fue olímpico y lo convirtió de una forma inexplicable. Tiró desde el corner un centro pasado, el arquero no pudo alcanzar y el arco de repente chupó la pelota que seguía la línea del área chica hasta la red. La gente hasta hoy recuerda el chanfle inimitable que puso en ventaja al 1º de Mayo durante el primer tiempo. Los otros goles Palanca prefería no comentar porque los consideraba venganzas del destino.

En esos años, descollaban en el mundo la orquesta de genios que dirigía Pelé en el Santos y en Paraguay, reinaban los Nino Arrúa, Carlos Lobo Diarte y Jara Saguier. En Tatakua, la varita mágica portaba el incomparable jugador de la vida y filósofo del fútbol, Ildefonso Irala, más conocido en el pueblo como Palanca. Sin embargo, quiso el destino que él mismo pisara el césped del Estadio Sajonia en un octogonal de Interligas, que también le dejó malos recuerdos. Porque jugaron cuatro partidos y ganaron todos durante el primer tiempo, algunos hasta por tres goles de diferencia, hasta que se encendían las luces y no encontraban más la pelota, porque no conocían las luces eléctricas en Tatakua. Palanca había comentado al respecto, como de paso, que fue una conspiración para eliminarlos, porque los demás habían jugado a la luz del día y ellos que a lo sumo habían aprendido a jugar en plenilunio o con iluminación de luciérnagas, pero nunca con el neón artificial.

Nadie sabía con precisión el porqué de su apodo. Algunos sostenían que era por la fuerza con que impulsaba el balón, tal vez en una analogía involuntaria con Arquímedes que pidió una palanca y un punto de apoyo para mover el mundo. En más de una oportunidad, con un saque de arco había convertido goles ante el descuido del arquero contrario, con la ayuda de una cancha despareja o algún viento cómplice que respondía al conjuro de aquel maravilloso personaje que era Palanca. Era célebre su saque de punta en que la pelota salía rasgada por la uña del dedo grande y zumbando por el aire como una bola sonora.
Otros decían que era por los defectos de sus piernas y las virtudes de su corazón de niño que nada le resultaba imposible en su imaginación, y menos en la realidad de su definición como un pequeño dios de la pelota. Palanca era una especie de creador de un fútbol muy personal, cuya historia siempre fue sospechosa y sospechada de haberla inventado él mismo. Negaba rotundamente que fuesen los ingleses sus autores, aunque sí aceptaba su profesionalización y de ahí justificaba que su reglamentación fuera en inglés.
Palanca historiaba a su manera el fútbol a los jugadores y compañeros, dejando escuchar a los chicos que miraban de curiosos y parecían soñar con la magia del Back más renombrado de la región.
—El origen del juego de la pelota se pierde en el tiempo de la humanidad, hay antecedentes casi en todas las culturas, inclusive en las indígenas precolombinas. Pero lo que no se duda es que fue creado por niños y el sello del juego es la alegría. Quien juega sin alegría no juega, mata el alma de la pelota. Debe dedicarse a otras cosas más serias.

Recuerdan en el pueblo que, además de la práctica habitual de gimnasia y juegos de pelota, Palanca enseñaba a reír y sonreír a sus jugadores, como un ejercicio más dentro de la cancha. Perseguía a los que presentaban un aspecto recio y tomaban el fútbol como algo parecido a una obligación. Se obsesionaba con el tema de la alegría en el juego y su prédica volaba a los cuatro vientos, incansable repetía “jueguen felices”.

Palanca exigía al jugador que dominaba un juego que aprendiera cada día algo distinto, reprendía hasta al que convertía goles sin variar la jugada. A menudo, decía que hacer goles de la misma manera todos los días era igual a fabricar galletas siempre con la misma fórmula. Y como si todo fuera poco, exigía también mucha velocidad pero no a los jugadores sino en el pase del balón. Estaba convencido de que la velocidad debía llevar la pelota y el jugador sólo tenía que pasarla de primera. Pero para entrenar ese aspecto trazaba su famosa rayuela en la cancha, donde cada jugador ocupaba un recuadro con el número de su camiseta o puesto, y no debía nunca salir de su límite a la espera del balón para pasar a otro compañero hasta el alcance de los delanteros, que sí podían moverse libremente hacia el arco contrario todo lo necesario.
Palanca para cada táctica de juego no ahorraba reflexiones ni retaceaba la imaginación:
-Cada jugador que recibe el esférico no debe preocuparse en buscar a su compañero, éste debe aguardar en su puesto exacto y enlazar el juego con la pelota hasta anidarla en la red adversaria. Con ojos cerrados un jugador debe pasar el balón y llegará a buen destino si el compañero respeta su lugar encomendado. Porque al principio el fútbol y el rugby se jugaban como un solo juego, con los pies y con las manos, luego con el tiempo fueron diferenciándose pero quedaron algunos resabios en uno y en otro. En el fútbol, por ejemplo, el jugador que quiere llegar al arco con la pelota, después de cruzar toda la cancha, es típico del rugby, pero la velocidad se debe imprimir la pelota con el pase rápido y preciso dentro de un plan de juegos aprendido de memoria en los entrenamientos.

Por momentos, en Palanca parecía mezclarse el papel de técnico y jugador en la cancha, indicando jugadas y posiciones a los dirigidos al mismo tiempo que él se ubicaba como compañero y defensor infranqueable al ataque adversario, pero no antes de echar algunas ideas que reflejaban su filosofía de juego.
- El gol es una belleza, pero el placer está en la jugada. Los pases previos del gol son como las caricias para el clímax del amor.

La sola presencia de Palanca en la cancha era suficiente para atraer a la gente masivamente como con un imán, para ver el partido y su protagonista indiscutible, ya convirtiendo un gol olímpico o de chanfle de algún tiro libre, pateando con el talón del lado de afuera del pie torcido. Era un espectáculo aparte verle, por más entretenido que resultaba el partido. Parecía que jugaba, en primer lugar, para divertir a los espectadores y luego, si cabía dentro de la alegría, para la camiseta que lucía con el eterno número 2. Palanca era lo que se dice un jugador completo, funcionaba muy bien en todos los puestos, pero las demás posiciones en la cancha había aprendido sólo para reforzar el aprendizaje de su puesto. Hasta en el arco cumplía un buen papel y tenía algunas piruetas propias que los demás arqueros fueron copiando, como desviar un penal con la cabeza o colgarse del travesaño y rechazar con los pies.
Al respecto, Palanca tenía su propia teoría y trataba de imponer a pesar de la resistencia de un delantero, por ejemplo, de ir al arco como práctica inherente a su puesto de goleador.
—Un buen centroforward debe conocer al dedillo las astucias de un buen arquero, para eso es recomendable aprender a ser arquero también, para ver el revés de un ataque de gol o mirar la trama del tejido en su reverso. Como también un buen arquero necesariamente debía ser un buen tirador de penales y delantero oportunista para abortar los desbordes ofensivos.

Aunque los jugadores trataban de seguir la imparable imaginación de Palanca, se resignaban a escuchar y tratar de asimilar lo máximo de la lección, pero decididamente no se ilusionaban con lograr las piruetas inimitables y jugadas mágicas del maestro que parecía por momentos irreal o imaginario.
Para romper esa incredulidad de sus jugadores, Palanca traía siempre a mención las palabras del legendario jugador argentino Alfredo Di Stéfano sobre el paraguayo saltarín Arsenio Erico:
- Saltaba tan alto en busca de la pelota que temíamos que se quedara en el cielo y nos dejase solos en la tierra sin la alegría de su juego.

También Palanca hablaba de Erico como si fuera un dios del fútbol y como si fuera al mismo tiempo un viejo conocido. Todos sabían que cuanto refería Palanca sobre el crack de los Diablos de Avellaneda había obtenido de oídas nomás, pero lo contaba con tantos detalles que cualquiera hubiera pensado al escucharle que fue testigo en cada hazaña deportiva.
Palanca se repartía equitativamente entre su papel de técnico y jugador, para configurar su personaje de director se quitaba del bolsillo un quepis, se calzaba en la cabeza, y arengaba a sus dirigidos. Luego volvía a guardar su gorra y se ubicaba en el equipo como un jugador más. Así iba impartiendo su lección de fútbol mezclada en todo momento con una filosofía de vida que sólo él conocía o existía en su imaginario de futbolista.
Palanca era amado y admirado por todos pero totalmente incomprendido, porque no valoraba el resultado de los partidos y restaba importancia a las derrotas, que muchos sospechaban que era una excusa pícara para exculparse de cualquier fracaso. Palanca más bien rescataba las jugadas inolvidables de los jugadores, describiendo con exquisitos detalles, como si fueran joyas del aire, un buen salto o la estirada brillante de su arquero. Le favorecía un poco la costumbre de no mostrar mucho entusiasmo a la hora de ganar, más destacaba el buen juego.
Después de algún partido mal jugado o resultado adverso, sentenciaba algo siempre. ante la disconformidad de la hinchada y para el desconcierto de sus oyentes, como dijo en una oportunidad:
— Los goles son como los caramelos para los chicos, sólo sirven para los que no entienden de fútbol, y son también entretenimiento fácil para los que buscan un triunfalismo con poco esfuerzo.

Palanca apoyaba su tesitura de acuerdo a la historia de fútbol que él contaba. Nunca dio fechas ni épocas para el fundamento de sus aseveraciones sobre las cuestiones históricas del fútbol y las modalidades que fue adquiriendo a través del tiempo. Pero defendía con pasión cada una de sus teorías y estaba dispuesto a llevar su defensa todo el tiempo necesario para rebatir y convencer a su interlocutor de turno. Se explayaba muy suelto de cuerpo sobre su extraña teoría sobre su deporte favorito y no perdía ocasión para machacar sobre la pérdida del buen gusto en los juegos, y el olvido permanente de que el fútbol tiene vocación de arte.
— Al principio, no existían los arcos, éstos fueron inventos de los mercaderes del fútbol, para engatusar a los desprevenidos espectadores. Quieren hacer creer que los goles son la coronación de un partido, al contrario de lo que son realmente, efectismos de dudosa cualidad moral. De ahí que los jugadores hoy en día los podrían hacer de cualquier manera, con la mano y todo, con tal de que no lo advierta el referí; porque el fin justifica plenamente los medios: lo que importa es el resultado, no el fútbol en sí, sino el negocio.

Palanca abundaba en detalles para reforzar su argumento, ya recurriendo a ejemplos, ya tomando imágenes poéticas o comparando el partido con hazañas heroicas, casi siempre rematando a algún aspecto del inevitable cotejo entre Club Sport y 1º de Mayo.
- El fútbol debe sostenerse en la cancha con las jugadas, sin perder interés ni belleza, no debería depender de los goles para levantar el pesado trasero de la tribuna. Una jugada debe ser capaz de conmover hasta las lágrimas de emoción o provocar el grito victorioso de una batalla digna de ser contada por poetas como Homero, Ovidio o Emiliano.

Al futbolista Palanca exigía cualidades casi sobrenaturales, como un espíritu épico, una garra de héroe y un pecho de lanzallamas. Aprovechaba las fiestas de San Juan para organizar un partido con pelota tata —pelota de fuego—, donde cada jugador debía demostrar sus destrezas con el balón en llamas como si tuviese la mejor número 5 a sus pies. El que llevaba la peor parte era el arquero, que debía rechazar o embolsar como si fuera simplemente el balón de cuero.
El pueblo disfrutaba como nunca del partido con pelota tata que realizaba Palanca en honor a San Juan, entre otros tantos juegos tradicionales, como el palo engrasado o enjabonado (yvyra syïn), caminata sobre brasas (tatapyïn ári jehasa), quema de Judas (Judas kái), sortija y corrida de toros (toro ñemoñarö o torín). El partido con pelota tata era la mayor atracción de todos los juegos, porque además los jugadores se disfrazaban de fantasmas o genios de la noche (kambá o póra), pero sólo a Palanca se lo distinguía entre ellos por el arqueo de sus piernas. Pero esta costumbre de disfraces en el Paraguay ya venía de las épocas coloniales, según algunos, heredada de alguna contingencia de esclavos venida de Africa; aunque otros, afirman que la historia data de más recientes hechos que dejó el genocidio de la Triple Alianza, en manos de los brasileros y bandeirantes que usaron de carne de cañón a los negros esclavos contra el Paraguay.

Pero había pasado una hora larga y el calor de la siesta en Tatakua hacía honor a su nombre, horno de fuego en guaraní. Los jugadores no parecían con ganas de dejar la sombra fresca de los naranjos, aunque Palanca ya picaba la pelota con el arquero y pitaba de vez en cuando el silbato para cortar la modorra pueblerina. Algunos jugadores seguían buscando pretextos para conversar y demorar un poco más el entrenamiento.
De pronto, el jugador Juancho Portillo inquirió, aprovechando la curiosa predisposición de Palanca al diálogo, impulsado quizá por el intenso calor que derretía todo, hasta la memoria, hizo saltar al pregunta:
— Pero cómo fueron realmente los goles de Sport, la gente en el pueblo dice cualquier cosa y nunca supimos la verdad.

Palanca, sorprendido por la pregunta punzante, se dispuso a contestar haciendo gambetas como siempre. Habló, primero, de otros temas que les desvelaba y hacía a la formación del buen deportista. En un salto inesperado se instaló en la antigüedad, hablando del origen del gimnasio y el liceo, el cuerpo y el alma como una unidad y armonía. Habló con naturalidad y en tono sentencioso olvidando por completo echar luz sobre los goles de Sport.
- En Grecia, el ganador de las Olimpíadas se convertía en un pequeño dios para la gente, no por el hecho de triunfar, sino por reunir la suma de las virtudes, pero sin confundir con guerreros o patriotas a la hora de valorar al deportista. El deporte es universal y generoso, debe engrandecer a una nación y añadir paz al mundo. El deporte tiene una camiseta que defender y la patria, la bandera.

Los jugadores notaron la incomodidad y las vueltas de Palanca para abordar la respuesta esperada. Pero no cortó de cuajo, siguió el hilo de su exposición un rumbo incierto. Aunque entre consejos y reproches parecía encaminarse hacia la incógnita.
- El deporte persigue la virtud, no sólo el triunfo. El futbolista debe estar preparado de buena forma, jugar bien y saber valorar el buen juego. Por eso siempre les exijo felicitar al adversario cuando nos gana con altura y arte, que Uds. tanto resisten.
El jugador Eusebio Flecha, le notó indeciso a Palanca, allanó el camino con ansiedad y clavó la espina.
— El gol del Sport, el empate, ¿fue de contra?
Respondió en seco:
— No, no. Fue de culo.

Luego Palanca explicó que uno de sus saques de arco, de punta violenta, dio en el trasero de un wing que se interpuso y mandó de rebote al fondo de la meta.
A esta altura, Palanca estaba desvencijado y no podía disimular el resquemor que sentía ante los muchachos, al recordar un partido que le marcó para siempre su trayectoria, como si él fuera realmente un astro del firmamento.
Pero el gol de la victoria, el segundo de Sport, nunca fue misterio en Tatakua. Se sabe que, al salir el arquero, en un ataque contrario, Palanca quedó como último hombre para defender el arco y lo defendió, imaginariamente al cerrar las piernas, pero la pelota siguió su itinerario: primero, pasó de caño por su sortija de chueco y luego, se anidó en la red de 1º Mayo. Pero a Palanca nunca se le arrancó una palabra sobre éste gol, hasta aquella tarde en corro de tereré, en la sombra y esperando la piedad del sol para comenzar el entrenamiento.
Otro jugador de más confianza, Leoncio Bernal, insistió para escuchar de una buena vez, al límite de su paciencia, la respuesta del propio Palanca.
— ¿Entonces, el segundo gol fue en contra?.
Palanca, tomó la pelota, pitó el silbato, llamó a todos a la práctica y remató el asunto:
— No. Fue de concha.

Julio, 1998.-

*Cuento publicado en el libro "El maleficio y otras maldades del mundo", de Gilberto Ramírez Santacruz, Editorial ARANDURA, Paraguay 2008.-