lunes, 9 de abril de 2012

¡Eduardo Galeano, entre Arsenio Erico y Osvaldo Soriano!

Eduardo Galeano: “Somos las historias que vivimos”

Acaba de publicar “Los hijos de los días”, un libro-calendario con 366 historias que conforman un caleidoscopio histórico que va desde Adán y Eva a las islas Malvinas, pasando por las pesadillas de Macarena Gelman. A pocos días de su visita a la Feria del Libro de Buenos Aires, el escritor uruguayo recuerda a Soriano y habla de sus obsesiones: el racismo y el militarismo.

Sentado en su mesa de siempre del Café Brasilero, un boliche que desde 1877 tiene en cada uno de sus rincones el murmullo poético de los hombres que creen en quimeras, el escritor uruguayo Eduardo Galeano conversó con Ñ de su trabajo más reciente: Los hijos de los días, un libro-calendario con 366 historias que se escapan de las convenciones literarias y componen un caleidoscopio histórico que va desde Adán y Eva a las islas Malvinas, pasando por las pesadillas de Macarena Gelman a los sueños de Rita Levi Montalcini.

Entre uno y otro café, el autor de Las venas abiertas de América Latina dejó que sus palabras se confundieran con el silencio y buscó que fueran los gestos los que encontraban una respuesta para hablar de esos amigos entrañables que ya no están pero que todavía gambetean en su memoria como si fuesen derecho al arco: algunos metiendo un gol en el ángulo y otros mordiendo el polvo de un penal que nunca le cobraron.

Así, de a ratos, Galeano fue recordando a Osvaldo Soriano y Haroldo Conti; fue hablando de la revista Crisis y de sus largos años en el exilio, en el que parió su trilogía Memoria del fuego. Juntando las puntas de sus dedos una y otra vez, como si estuviera subrayando sobre la mesa cada una de sus ideas, este hombre de 71 años de edad fue remarcando sin vacilaciones sus obsesiones, poniéndole nombre propio a esos personajes que la historia oficial ha olvidado sistemáticamente pero que para él son los verdaderos e imprescindibles protagonistas de la historia.

Con una sonrisa que en su rostro no hace más que dibujar el goce que siente por la vida, el autor de El libro de los abrazos se mostró tal como es y abrazó con su mirada todo lo que le rodeaba, entrecerrando sus ojos intensamente celestes apenas una o dos veces, como si de lejos le llegara la música que un viejo organillero toca desde alguna plaza de Ciudad Vieja y que a él le traen historias para contar y ser contadas.


-Si bien viaja seguido a Buenos Aires, la Feria del Libro no es un lugar que lo tenga como habitué. ¿Qué lo tentó a viajar ahora?

-Es verdad, hace mucho tiempo que no voy a la Feria y no recuerdo cuánto hace de eso. ¿Qué me tentó? No lo sé. Creo que esto mismo, esto de no ir hace mucho tiempo porque, por lo demás, es decir por mi contacto o comunicación con los argentinos, con los lectores argentinos y con toda la gente, eso que llaman público, que es una palabra complicada de usar porque parece que uno estuviera vendiendo un espectáculo y no es así, siempre ha sido excelente y muy intensa, muy verdadera. El año pasado, por ejemplo, estuve en Tucumán, Jujuy y otros lugares y fue realmente increíble, porque tuve la sensación, y además sentí, que las palabras pueden tener dedos, es decir, que tocan a quien las lee y que esa relación casi física de la palabra con el lector vibra con mucha intensidad. Esto lo siento cada vez que cruzo el charco y me reencuentro con ese país que también siento que es mío.

-¿Por qué?

-Por muchas cosas, pero al fin y al cabo por una experiencia que para mí fue formidable: la revista Crisis, que fundé y dirigí casi hasta el final. Con Crisis queríamos demostrar que la cultura popular existía, que la cultura no era la que las voces del poder señalaban como tal sino que era otra cosa con fuerza propia y que lograba expresar una memoria colectiva.

-Crisis no fue sólo una revista cultural emblemática sino también una revista cultural que se vendía y mucho.

-Algo que era raro, sí. Es cierto, Crisis se vendía muchísimo y no te miento si te digo que llegamos a vender más de 35 mil ejemplares. Eso fue antes de que la crisis económica se llevara por delante a la revista Crisis. En un punto se hizo insostenible seguir adelante porque el precio del papel impreso no compensaba el costo del papel desnudo. Parece mentira que una revista que daba superávit y que pagaba sueldos decorosos a un equipo muy mínimo de gente no se pudiera bancar más. Pero así fue y así se fue una de las más lindas funciones que tuve y que muchos teníamos: reivindicar una manera de promover la cultura, una manera que no era la tradicional. Como dije recién, en Crisis creíamos que la cultura era una forma de comunicación o no era nada, por lo tanto, de lo que se trataba era de comunicarse.

-Pero comunicarse implica un ida y vuelta. ¿Eso lo logró?

-Sí, porque nosotros no sólo escribíamos para ser leídos, también tratábamos de recoger las voces de la calle y de la realidad y en eso sí que hubo idas y vueltas. Mientras la revista duró sus 40 números, que por cierto dejaron una huella dentro y fuera del país, lo logramos. Fue una experiencia exitosa, porque pudimos darle su espacio a las voces jamás escuchadas o rara vez escuchadas. Por eso siempre digo que discrepo con mis buenos amigos de la Teología de la Liberación cuando dicen que quieren ser la voz de los que no tienen voz. Eso no es así. Todos tenemos voz y algo que decir, algo que merece ser escuchado, celebrado o perdonado por los demás.

-¿Qué compañero de aquel equipo recuerda ahora?

-Haroldo Conti, mi hermano del alma, con quien compartí un barquito en el Tigre. De hecho tenía la llave de su casa en la isla. A Conti que, como se sabe ahora, fue secuestrado, torturado y asesinado por la dictadura. Lo deshicieron en la tortura y después lo arrojaron al agua. Conti, que había sido el gran escritor del río, terminó comido por los tiburones.

-¿Y Osvaldo Soriano? Se lo pregunto porque hace muy poco se cumplieron los 15 años de su muerte y sé que fueron amigos.

-Sí, un amigo entrañable. El Gordo era una maravilla. Nos entendíamos riendo. Soriano, además de ser un espléndido escritor dotado con una gran capacidad de comunicación, algo que para algunos académicos resultaba pecaminoso, era un tipo muy querido y querible. No había quien no lo adorara al Gordo.

-¿Pero, en cierto modo, esa popularidad no lo lastimó un poco a Soriano? No él a sí mismo, pero el marketing que las editoriales montaron sobre su figura.

-Sí, lo lastimó, pero no un poco sino mucho. El éxito le hizo daño al Gordo. Pero no porque él escribiera para vender o para ser exitoso sino porque empezó a firmar contratos esclavistas que lo obligaban a entregar un libro nuevo en una fecha determinada y con determinadas páginas. Eso que para él había sido un placer, me refiero al hecho de escribir, se fue convirtiendo en un deber. Eso le minó la salud. Pero bueno, para mí será siempre aquel amigo con el que nos quitábamos la palabra para ver quién mentía mejor y con más ganas.

-Y para ver quién sabía más de fútbol, ¿no? ¿Es cierto que nunca lo pudo llevar a los partidos que Crisis hacía contra otros escritores?

-Es cierto. Nunca pude convencerlo de ir, sobre todo por el horario, porque el Gordo vivía de noche y escribía de noche. A las diez de la mañana, que era cuando nos juntábamos, todos los miércoles, en una canchas de Palermo, el Gordo se iba a dormir. Para él esa era una hora pornográfica. Fue una pena que el Gordo no pudiera integrarse a esas parrandas. Pero vivir de noche le servía de coartada para que nunca nadie lo viera jugar, por más que él contaba sus hazañas, que eran como las de Messi hoy.

-Nadie lo vio jugar, pero cómo le gustaba y escribía sobre fútbol.

-Fue una pasión que compartimos mucho, a tal punto que una vez me hizo una trampa. Cuando escribí El fútbol a sol y sombra él quería que pusiera que el mayor goleador de toda la historia del fútbol argentino había sido José Sanfilippo, jugador de San Lorenzo, el equipo del Gordo, y también de Nacional, que era mi equipo. Soriano decía que aquello era un justo homenaje. Pero el tema es que no era verdad. El mayor goleador había sido, en aquella fecha cuando se publicó el libro, el paraguayo Arsenio Erico, que metía más de cuarenta goles por temporada. El punto es que el Gordo me tendió esa trampa para ver si yo caía y por suerte no caí. Después se mataba de la risa.

-Pero en ese libro hay un texto de Soriano, ¿no?

-Sí, y creo que es la mejor página del libro. Se trata de una carta que él me escribe contándome, justamente, un gol de Sanfilippo, un gol imaginario, porque se trata de un gol en medio de un supermercado, que es en lo que se transformó la cancha de San Lorenzo. En la carta, el Gordo cuenta cómo Sanfilippo elude góndolas y termina haciendo un gol donde están las cajas. Es un texto lindísimo y para mí es lindísimo que ese libro haya querido también ser suyo.

-¿Por qué “Los hijos de los días”, su libro más reciente, tiene la forma de un calendario? ¿Esta estructura no lo condicionaba un poco?

-El título tiene que ver con El Génesis según los mayas, quienes dicen que el tiempo funda el espacio. “Y los días se echaron a caminar. Y ellos, los días, nos hicieron. Y así fuimos nacidos nosotros, los hijos de los días, los averiguadores, los buscadores de la vida”. Eso es lo que escribí a modo de introducción. En este sentido los mayas no se equivocaron. Yo creo que fuimos nacidos hijos de los días, porque cada día tiene una historia y nosotros somos las historias que vivimos, las que imaginamos, las que nos esperan. A partir de creer en esto surge luego el formato, la estructura libro-calendario, que en parte sí me encadenó a una forma pero no al ángulo que podía darle a cada historia. Siempre digo como ejemplo que, visto desde el punto de vista de una lombriz, un plato de espaguetis es una orgía. En Los hijos de los días hay una estructura fija pero que varía según el foco de cada historia. Cuando tuve claro que era una idea que servía y que podía convertirse en un libro, las historias empezaron a llegar solas, tocándome la espalda para que las contara.

-¿Pero la historia del 29 de febrero le tocó la espalda o la tuvo que buscar a sol y sombra?

-Eso está bien, porque todavía no dijimos que el libro tiene 366 historias y no 365. Esto fue más por cábala que por otra cosa, porque sentí que me iba a dar más suerte si lo hacía bisiesto, como el año en el que estamos.

-Pero insisto, el 29 de febrero es un día raro y rara debe haber sido la búsqueda de esa historia...

-Es un día raro porque tiene la manía de fugarse del almanaque cada cuatro años. Pero sí, lo confieso, no fue fácil encontrar una historia que ocurriera un 29 de febrero. Ahora, mirá cómo son las cosas que la encontré de pura casualidad leyendo un libro de la historia del cine. Releyendo algo del año en el que yo nací, 1940, que también era bisiesto, encontré que Hollywood había otorgado ese día casi todos los premios Oscar, ocho en total, a la película Lo que el viento se llevó , que es claramente una película racista o al menos un himno de nostalgia por la esclavitud perdida. Para mí, en ese día raro, no fue raro que Hollywood continuara con su tradición racista en el cine, ya que el primer gran éxito del cine mudo estadounidense fue la película El nacimiento de una nación , realizada por David Griffith, quien cuenta el nacimiento de Estados Unidos, claro está, pero que en el fondo se trata de un himno al Ku Klux Klan. Fijate que en la misma época en que colgaban a los negros de los árboles por el delito de haber mirado a una mujer blanca, Griffith estrena en la Casa Blanca The Birth of a Nation , una película cuyos textos de subtítulos fueron escritos por el mismísimo presidente de los Estados Unidos, el señor Woodrow Wilson, un tipo al que se veneraba como un campeón de la libertad, un tipo que decía que Dios había enviado al Ku Klux Klan para salvar a la civilización occidental y cristiana que estaba siendo amenazada por la libertad de los negros.

-El racismo, el machismo, el militarismo... hace tiempo que estos temas se han vuelto obsesivos en su obra y en “Los hijos de los días” no se quedan atrás.

-Sí, son mis obsesiones, porque el machismo, el racismo, el elitismo, el militarismo y otros ismos nos han ido dejando ciegos de nosotros mismos. Ignoramos la plenitud de la belleza que nos rodea. Siempre digo lo mismo: tenemos que recuperar el arco iris terrestre, que para mí es lo más importante de todo, porque tiene muchos más fulgores y colores que el arco iris celeste. El arco iris terrestre somos tú y yo, somos todos nosotros, los humanitos, un arco iris mutilado por todo esto que hablamos, el machismo, el elitismo o el militarismo, que hoy por hoy se refleja en un hecho muy concreto: el mundo está destinando tres millones de dólares, por minuto, a la industria militar, que es el nombre artístico de la industria de la muerte, mientras que al mismo tiempo, por minuto, mueren de hambre o de alguna enfermedad curable quince niños.

-¿Pero no siente que recuperar ese arco iris es como ir a una pelea condenada o pautada de antemano al knock out?

-No, porque creo en la fe de la condición humana y en esa fiesta que puede ser la vida, arruinada por los amos del mundo, pero que sigue siendo una fiesta posible. Por eso todo lo que escribo está impregnado en esa fe en el otro, de lo contrario sería lúgubre, sería pura denuncia. Si uno ama de veras la vida es lógico que combata a lo que se opone a que la vida florezca. Sería muy hipócrita que yo propusiera la vida como una fiesta sin oponerme a los enemigos de esa fiesta.

-El año pasado se cumplieron cuarenta años de la edición de “Las venas abiertas de América Latina” y en éste se cumplen los treinta de “Memoria del fuego”, dos de sus títulos más emblemáticos. Sin embargo, hace poco usted dijo que con “Las venas...” le pasa lo mismo que a Quino con Mafalda...

-Es que uno siempre tiene orgullo de sus hijos pero a veces los querés agarrar del cuello. Es decir, para mí es una satisfacción enorme haber escrito un libro que sobrevivió a más de una generación y que sigue estando vigente, pero a la vez me genera una enorme tristeza porque el mundo no ha cambiado en nada. Para mí sería mejor que ese libro estuviera en un museo de arqueología junto a las momias egipcias, pero no es así. La gente, no toda pero mucha, me identifica con ese libro y eso es como si me invitaran a morir. Es como si no hubiese escrito nada más desde la década de 1970. Y no es así, después de eso escribí mucho y cambié mucho. Pero bueno, es un libro que corrió con distintas suertes: perdió el concurso de Casa de las Américas, la primera edición nadie la compraba y así anduvo más de un año. Todo hasta que la dictadura militar me hizo el inmenso favor de prohibirlo, y no hay mejor publicidad que la prohibición. Otra de las paradojas que tuvo Las venas... fue que en Uruguay entró libremente en las prisiones militares durante los primeros seis meses de la dictadura. Los censores no entendían un pito y creyeron que era un tratado de anatomía, y como los libros de medicina no estaban prohibidos, Las venas... entró. Eso fue hasta que alguno se despabiló y dijo que había que quemarlo.

-Y “Memoria del fuego” es, por lejos…

-El esfuerzo mayor.

-Y una obra…

-Muy ambiciosa.

-Y bien lograda.

-Bueno, creo que al menos no fue un fracaso, que valió la pena. Me llevó diez años de trabajo y en total mil páginas que abarcan toda la historia de América vista desde el ojo de la cerradura. Mejor dicho, la historia grande vista desde las historias chiquitas. Ese libro fue el que me abrió el camino que después desarrollé en Patas arriba , Bocas del tiempo , Espejos . Un camino en el que tengo la certeza de que el internacionalismo vale la pena. No la globalización, porque se confunde cada vez más con la dictadura universal del dinero, pero sí el internacionalismo en el sentido de que puedo ser compatriota de otra gente nacida en otro suelo muy distante del mío y de que puedo ser contemporáneo de gente nacida en tiempos remotos.

-Diez años y mil páginas. Eso hace 30 años. Imagino que debe haber implicado un esfuerzo enorme, al menos en lo que se refiere a documentación e investigación.

-Sí, porque fue escrito en una época en la que no existía Internet. Es decir, yo estaba condenado a vagar de biblioteca en biblioteca, tomando apuntes. En eso el exilio me ayudó, porque a pesar de que la dictadura uruguaya me negaba el pasaporte, viajaba con uno que había conseguido de Naciones Unidas, que era un pasaporte con dos rayitas negras, que era el que se usaba para los terroristas. Imaginate, siempre me sacaban de la fila, pero peor era nada. Con eso conseguí viajar mucho y participar en actos solidarios a beneficio de las familias de los prisioneros políticos latinoamericanos. Eso me obligaba a andar mucho y en cada destino encontraba justamente lo que no había buscado.

-A propósito de este periplo junto a familiares de desaparecidos y detenidos políticos, ¿cómo ve la paradoja de que haya sido el presidente José Mujica quien haya tenido que asumir la responsabilidad del Estado por la desaparición de María Claudia García de Gelman?

-Me pareció un buen discurso y además, lo que hizo el gobierno de Uruguay fue cumplir con una sentencia de la Corte Interamericana de Derechos Humanos. Pero eso es una cosa y otra es confundir las barbaridades que pudieron haber cometido o no grupos guerrilleros. Para mí no se puede confundir esto con el aparato feroz que montó el terrorismo de Estado en nuestros países al servicio del mercado común de la muerte. Dicho sea de paso, en Los hijos de los días hay una historia que me contó Macarena Gelman y que yo la escribí con su permiso, que es la historia de sus pesadillas. Una historia muy terrible pero de una rara hermosura, porque se trata de una continuidad entre una madre y su niña que sueña las pesadillas que su madre había vivido mientras la estaba modelando en su vientre.

-Antes de comenzar la entrevista dijo que “Los hijos de los días” tuvo once versiones y que fue Helena Villagra, su mujer, la lectora más cariñosa e implacable del libro. ¿Qué lectura hace usted de sí mismo?

-La de mi vida, porque mi vida está en los libros que escribí.

-Pero antes dijo que si lo recuerdan sólo por “Las venas...” es como si lo invitaran a morir. En este sentido, dado su trayectoria y reconocimiento internacional, ¿ha tenido muchas propuestas de contar su vida?

-Sí, muchas, pero vuelvo a decir lo mismo: mi vida está en los libros que escribí y en los que voy escribiendo. Para mí una biografía o autobiografía sería redundante. Me aburriría. Yo, como tema central, me aburriría. A mí me gusta más sentir que formo parte de algo más tentador, más confuso, más amplio, hondo y contradictorio que yo mismo.

-¿Qué cosa que sabe que hizo mal o que fue mal vista por los demás volvería a repetir?

-No, eso no te lo podría decir, sobre todo porque no me he puesto a hacer ese tipo de balances. Viví la vida que viví y la sigo viviendo con sus luces y sus sombras. Sinceramente no puedo distinguir una frontera nítida en la que haya guardias aduaneros que controlen el paso de lo que estuvo bien o mal, ni cuál es la zona de los errores y cuál la de los aciertos. No sé cuál es mi cielo ni mi infierno porque esas discusiones no coinciden con la realidad que conozco. El cielo y el infierno están dentro de nosotros mismos y cada uno sabe cómo manejar cuando uno u otro se desata.

-Según “Los hijos de los días” el tiempo funda el espacio, somos hijos de los días pero sobre todo del tiempo. Luego de tantos cielos e infiernos, ¿qué le pediría al tiempo?

-No te podría contestar eso... Nada. No sé. Quizá me suscribiría a una frase de Rita Levi Montalcini, esa mujer que en los tiempos duros de la dictadura de Mussolini estudió las fibras nerviosas y lo hizo escondida en el baño de su casa. Años más tarde, en 1986, recibió el Premio Nobel de Medicina y dijo: “El cuerpo se me arruga, pero el cerebro no. Cuando sea incapaz de pensar, sólo quiero que me ayuden a morir con dignidad”. ¿Qué es lo que yo le pediría al tiempo? Eso, que me permita morir con dignidad.

Por Daniel Viglione(Revista Ñ,Buenos Aires, 7/04/ 12).


Fragmentos de Los hijos de los días

7 de Abril
La cuenta del doctor
Hace tres mil setecientos años, el rey de Babilonia, Hammurabi, estableció por ley las tarifas médicas, dictada por los dioses: Si el médico ha curado con su lanceta de bronce una herida grave o el absceso en un ojo de un hombre libre, recibirá diez shekels de plata.

Si el paciente es de familia pobre, el médico recibirá cinco shekels de plata.

Si el paciente es esclavo de un hombre libre, su señor pagará al médico dos shekels de plata.

Serán cortadas las manos del médico si su tratamiento ha causado la muerte de un hombre libre, o le ha provocado la pérdida de un ojo.

Si el tratamiento ha causado la muerte del esclavo de un hombre pobre, el médico le entregará un esclavo suyo. Si el tratamiento ha causado la pérdida de un ojo del esclavo, el médico pagará la mitad del precio del esclavo.

***

29 de Mayo
Vampiros
En el verano de 1725, Petar Blagojevic se levantó de su ataúd, en la aldea de Kisiljevo, mordió a nueve vecinos y les bebió la sangre. Por orden del gobierno de Austria, que por entonces mandaba en aquellos pagos, las fuerzas del orden lo mataron definitivamente clavándole una estaca en el corazón.

Petar fue el primer vampiro oficialmente reconocido, y el menos célebre.

El más exitoso, el conde Drácula, nació de la pluma de Bram Stoker, en 1897.

Más de un siglo después, Drácula se jubiló. No le preocupaba para nada la competencia de los vampiritos y vampiritas cursilones que Hollywood estaba fabricando; pero en cambio sí que lo angustiaban otras hazañas insuperables.

No tuvo más remedio que retirarse. Sentía un incurable complejo de inferioridad ante los poderosos glotones que fundan y funden bancos y chupan la sangre del mundo como si fuera pescuezo.

***

29 de Julio
Queremos otro tiempo
A lo largo de tres días, en 1830, seis mil barricadas convirtieron la ciudad de París en campo de batalla, y derrotaron a los soldados del rey.

Y cuando este día fue noche, la multitud acribilló, a pedradas y a balazos, los relojes: los grandes relojes de las iglesias y otros templos del poder.

***

31 de Diciembre
El viaje de la palabra
En el año 208, Serenus Sammonicus escribió en Roma un libro, Asuntos secretos , donde revelaba sus descubrimientos en el arte de la sanación.

Este médico de dos emperadores, poeta, dueño de la mejor biblioteca de su tiempo, proponía, entre otros remedios, un infalible método para evitar la fiebre terciana y espantar la muerte: había que colgarse al pecho una palabra y protegerse con ella noche y día.

Era la palabra Abracadabra, que en hebreo antiguo quería decir, y sigue diciendo: Envía tu fuego hasta el final.

Eduardo Galeano*

*Narración y ensayo, poesía y crónica son los géneros que confluyen en la obra del autor de “Las venas abiertas de América Latina”. Nacido en Uruguay, desde principios de 1973 vivió exiliado en la Argentina y en España. Regresó a Montevideo en 1985, ciudad en la que reside, y donde escribió gran parte de sus libros, entre los que pueden destacarse la trilogía “Memoria del fuego”, “El libro de los abrazos”, “Vagabundo y otros relatos”, “La canción de nosotros”, “Las palabras andantes” y, entre otros, “Espejos”. Ha sido traducido a diversas lenguas y ha recibido numerosos premios.

viernes, 30 de marzo de 2012

¡Una palabra bastará para la horca!

La horca*


Hispania, la tierra legendaria que honrara Anibal, el general de origen cartaginés, frente a los romanos que cayeron derrotados bajo su estratagema en muchas batallas. Pero Hispania no tardó en dejar ser régimen tribal y convertirse en una provincia imperial. Para dar luego al imperio romano tres emperadores: Trajano, Adriano y Teodosio. En el campo del pensamiento y de las letras dio a Pomponio, el geógrafo; Columela, el tratadista; los poetas Marcial y Lucano; Séneca, el retórico; Séneca el filósofo y dramaturgo; y Quintiliano, el mayor orador que conociera Roma.

Ocurrió en aquel tiempo que, desde la península ibérica, fue llevada ante los tribunales romanos a Bonia, una joven gitana acusada de ofender a los dioses, al emperador, violentar la moral y las buenas costumbres. Era de tal belleza la muchacha que despertó gran admiración en todos cuantos la hayan visto. Entre ellos, Quintiliano, de simple admirador, al escuchar la escandalosa sentencia que le mandaba a la horca, pasó a ser un furibundo defensor de la joven. Las acusaciones se basaron en testigos que afirmaron que la gitana poseía un don para encantar a los hombres, hacerlos olvidar de su esposa e hijos, desertar a los soldados del frente de batalla y contar con un cuerpo endiablado que producía una epidemia de deseo sexual en la ciudad.

Quintiliano, ante el sumarísimo juicio y sentencia en primera instancia, apeló a favor de Bonia. Echó mano a su manejo de la retórica que tanta fama le diera en todo el imperio, subestimó las acusaciones y enfatizó la belleza de la joven. Presentó al tribunal su argumento jurídico, filosófico y estético, donde fundamenta que la sentencia dictada conlleva un crimen de lesa humanidad.

Si bien las acusaciones, decía el orador, pueden ser tomadas en cuenta, el castigo es inaceptable porque atenta contra una obra de la naturaleza, una escultura de arte, una belleza artística, la anatomía perfecta de la joven condenada. Para subrayar su razonamiento y fundar en pruebas fehacientes sus consideraciones, la mandó desnudar a la gitana ante el tribunal que, después de un cuarto intermedio, pudo rever la sentencia y perdonó la vida a Bonia.

La actuación de Quintiliano fue muy celebrada en la ciudad y comentada en todos los rincones del Imperio romano. Pero uno de los fiscales que acusó a la gitana y logró la sentencia para mandarla a la horca, herido en su honor, lo increpó al orador victorioso de la causa.

- ¿Acaso el arte de la oratoria es superior a la verdad? –preguntó muy ofendido el fiscal a Quintiliano.

- La verdad es hija de las buenas razones –respondió el orador sin darle mayor importancia a su opositor del caso.

- Entonces, el delito desaparece con un montón de bellas palabras – redondeó el jurista imperial mostrando su abierta disconformidad al despedirse.

Quintiliano se despachó con una advertencia desafiante y acalló al porfiado fiscal:
- Pronuncia tan sólo una palabra y hallaré motivo para mandarte a la horca.


*Relato extraído del libro "El maleficio y otras maldades del mundo" de Gilberto Ramírez Santacruz.

jueves, 29 de marzo de 2012

¡Laconia y el buen entendedor!

Laconia*

En Grecia, mientras Sócrates enseñaba la mayeútica a través del diálogo en las ágoras atenienses o el filósofo Diógenes el Cínico abandonaba su tonel para increpar a la gente sin piedad su hipocresía por las calles, en la aldea marítima de Laconia, cuyos habitantes se caracterizaban por hablar poco y nada, acaeció un mentado episodio.

Una mañana, dos pescadores lacónicos al recoger la red con su barcaza, entre otros especimenes del mar jónico, apareció una hermosa e indescriptible sirena rubia.

Uno de los pescadores la levantó en sus brazos y el otro observaba la escena con fruición. La inspeccionó, con los ojos fuera de órbita, de arriba a abajo, recorriendo la mirada por el rostro y la cabellera, la boca susurrante y los ojos azulados, el anverso y el reverso, pasó la mano por las escamas amarillentas y constató su extremo que culminaba en una cola de pescado.

Sin comentarios, la devolvió al mar y quedó pensativo con la mirada en lontananza.

El compañero ofuscado, en protesta por no haber podido tocarla siquiera, inquirió:

— ¿Por qué?

Contestó al instante el otro, seguro de haber obrado correctamente.

— ¿Y por dónde?


*Cuento perteneciente al libro "El maleficio y otras maldades del mundo" de Gilberto Ramírez Santacruz.

viernes, 10 de febrero de 2012

¡El honor de los vencidos...!

El honor de los vencidos*

¡Ibas en pos de glorias sonrientes
mientras de atrás la muerte te seguía!
Herib Campos Cervera (Padre)


La guerra suele poner a prueba a los hombres, enfrentándolos a la muerte fuera de tiempo y devolviendo a la vida con una nostalgia de la violencia. Tal parecía el caso de Ladislao Ponce que todo cuanto decía lo remitía a su condición de ex combatiente de guerra y cuantas revoluciones intentadas en el Paraguay, desde el año 1904. Aunque hacía varios lustros que jugaba solamente al bojo y al truco, no perdía oportunidad para asociar cualquier situación con declamaciones de tipo militar.

El juego de naipes pasó a ser lo más importante en la vida de Ponce, después que se resignó a luchar contra la dictadura y padecer cárceles y persecuciones. En invierno solía llegar con su poncho chará a la casa de Benjamín Arce, pedía una raya de Aristócrata, mientras aguardaba la conformación del equipo. Bebía concentrado su aperitivo, como si estuviera armando una estrategia para el truco. Pero era respetado por todos, a pesar de ser catalogado «contra» del gobierno. El pueblo estaba acostumbrado a sus improperios y bravuconadas contra las autoridades. Antes lo llevaban preso por cada crítica que hacía en público, hasta que se cansaron de detenerlo. Sabían, perfectamente, que Ponce no encarnaba ningún peligro para el orden establecido.

«En la guerra se gana o se muere», decía Ponce al comenzar una partida en el bolichito de Arce. Apostaba fuerte dinero y gastos para los mirones. Disfrutaba mucho de jugar en público, ya que hacía reír a todos cuando glosaba su flor o dejaba de pintar el palo que esperaba.

«Yo siempre canto al amor / yo siempre canto por la paz / yo sólo quiero libertad / para regalarte esta flor», recitaba Ladislao Ponce gritando sus buenas cartas.

«No busco fama ni honor / no busco ganar ni perder / traigo sólo a mi querer / este ramo de floripón», remataba al fracasarle la última carta.

Ponce no perdonaba nunca a su contrario de juego, le cobraba indefectiblemente todo cuanto se apostaba. Una noche tuvo la suerte de juntar todo el dinero de la mesa. Se levantaron dos, después de haber perdido todas las prendas: relojes, cadenillas, anillos, linternas, carros, carretas, bueyes, caballos, pistolas, etc. Siguió uno en la mesa, dispuesto a todo, sin que nadie supiera con qué. De pronto, apostó a lo último que le quedaba.

-Ya no me queda nada. Solamente mi mujer... -dijo Severo Barúa y barajó las cartas.

-Como no. Yo soy un guerrero honorable y nunca abandono el campo de batalla. Más aun si el enemigo conserva su asiento en la mesa y se dispone a ofrecer resistencia -respondió Ponce con su habitual grandilocuencia estratégica.

-Porque la guerra ofrece al victorioso la oportunidad de mostrar su estatura moral a la hora de respetar el honor de los vencidos -agregó Ponce, orgulloso de pertenecer a esta clase de ganadores, según daba a entender.

Comenzaron la partida, los mirones por poco no se caían sobre los jugadores de tan entusiasmados que estaban. Algunos proponían terminar el juego, otros decían que había que respetar al perdedor y seguir la partida hasta la última consecuencia. Ponce quedó aventajado en la -61- primera vuelta, con un falso envido y truco ganado por la primera. Arce, como dueño de casa, parecía muy nervioso y temeroso de un final trágico. Prosiguió el juego y Ponce seguía avanzando vertiginosamente. Barúa torcía las barajas dolorosamente y parecía no rendirse ante la adversidad. Ponce trató de mantener la calma, no largó nada que pudiera hacer reír a los mirones. Temía también una reacción imprevista de Barúa ante la posibilidad de perder su propia mujer. Éste seguía peleando con uñas y dientes. Ponce no sabía si ganar, para quedarse con la mujer de Barúa o perder para devolverle todas las prendas inútilmente. Prefirió ganar la mujer a Barúa y no caer en sentimentalismo. Le pareció no adecuado retroceder para un hombre de ley y deshonrar a un enemigo que peleaba con todas las armas a mano.

Llegó a su fin la partida. Ponce obtuvo una vez más el triunfo. Barúa se apretó la cabeza y se puso de pie, en señal de que aceptó la derrota. Ponce le tomó del hombro sin saber qué decirle, pero dispuesto a respetar el pacto de honor. Pensó que la mejor manera de respetarlo era permitirle que cumpla su apuesta, aceptarle que entregue su mujer como había prometido.

-Ponce, en casa está tu paga... Vamos..., antes de amanecer -dijo Barúa con su voz entrecortada y salió acompañado por «el vencedor de todas las batallas», como se autodenominaba Ponce en broma.

Cuando atravesaban la tranquera de Arce se escucharon dos tiros de fusil, que vinieron certeramente de la oscuridad, y alguien cayó en el suelo a consecuencia. Era Ladislao Ponce que recibió dos balazos entrecruzados, tal vez para que sepa -aunque tarde-, que en la guerra también muere a veces el que gana.

(Año,1991)

*Fragmentos del libro "Relatorios" de Gilberto Ramírez Santacruz.

martes, 7 de febrero de 2012

¡El Primer Cumpleaños en el Cielo...!

Canto a mi madre*

Yo he cantado a la vida
y he cantado a la flor
yo he cantado cada día
a la esperanza y al amor.

Yo he llorado al amigo
y he luchado por la paz
yo he vencido al olvido
y he ganado libertad

Pero mi guitarra esta tarde
no quisiera postergar más
su gratitud al entonar
en esta canción a mi madre.

¡Oh mujer de puro corazón
en ti se encarnó el verbo dar
y encontró su templo el rezar
maestra del pueblo y del dolor!


Yo he callado la traición
y he callado mi gran afrenta
yo he callado el perdón
que me deben y me condena.

Yo he gritado la injusticia
y he gritado revolución
y a la hora de la pasión
nadie escuchó la noticia.

Pero mi guitarra esta tarde
no quisiera postergar más
su gratitud al entonar
en esta canción a mi madre.

¡Oh mujer de puro corazón
en ti se encarnó el verbo dar
y encontró su templo el rezar
maestra del pueblo y del dolor!



*Versos extraídos del libro "Paraguay canta Paraguay sueña" de Gilberto Ramírez Santacruz.

viernes, 6 de enero de 2012

¡Los niños esperan...de los Reyes Magos!

los niños esperan…*

los niños del mundo
esperan tener planeta y futuro
y piden a los reyes magos
que les enseñe la estrella guiadora

los niños de irak
esperan recuperar pronto
el cielo de estrellas
y borrar las bombas y bombarderos

los niños de afganistán
esperan volver a sus hogares
y dejar las montañas de terror
que dinamitan los piratas del oro negro

los niños de libia
esperan despertar de la pesadilla
y cambiar el juego de la guerra
por un peluche que aprenda a reír

los niños de irán
esperan conservar su alegría
y saludan felices a los reyes magos
lejos del alcance de los herodes de turno

los niños del tercer mundo
esperan librarse de la basura toxica
y piden a los reyes magos un milagro:
las multinacionales vayan a desechar en sus países


*Del poemario inédito "Poemas de hoy en día", de Gilberto Ramírez Santacruz.

lunes, 2 de enero de 2012

¡El mejor negocio del año...!

Cuenta una vieja leyenda del Oriente lo acontecido con el mejor Vendedor de mantas y alfombras de la fabulosa y antigua Persia, llamado Oroncio, cuyo significado en persa es Corredor, enviado por el fabricante y patrón Arsames a la Ciudad Santa como era tradición, a ofrecer cada año sus productos en la Gran Feria de Jerusalen, donde florecía el comercio para todos los mercaderes del mundo.

Como era su costumbre y la de los otros mejores vendedores del Oriente Cercano, Medio y Lejano, cuando el frío demandaba mantas y las fiestas de fin de año requerían alfombras y adornos de celebración, el Vendedor de Persia se encaminó hacia Judea llevando las más bellas obras de la artesanía de Tangú(Persia), alfombras dignas de las que usaba el rey Salomón para asentar su trono y Aladíno para volar mágicamente por los cielos de Bagdad y otras célebres ciudades de Las mil y una noche.

Pero ocurrió a Oroncio lo que nunca le había pasado ni imaginado que le podría pasar: no vendió ni uno solo de sus maravillosos productos, incluso no había aparecido ni un cliente por la feria, debido a un clima de agitación, miedo y terror en la gente que había creado Herodes, por supuestas conspiraciones que ponían en peligro su trono. En vista de que no tenía un denario con qué pagar su hospedaje y pasar la noche antes de regresar a Persia, Oroncio salió de la ciudad, se vio obligado a pedir un techo para pernoctar y salvarse de la noche más fría de su vida.

- ¿Qué pasó en la feria que todos volvieron tan miserables que no pueden pagar ni una noche de hospedaje? ¡Vaya al establo y comparta con los otros que también no tenían dónde albergarse…! –refunfuñó el dueño de la casa y ayudó a Oroncio a guardar sus productos en la caballeriza que también compartían los animales domésticos.

El Vendedor se acomodó sobre los fardos de alfalfa y sintió el rigor del invierno en sus propios huesos. De pronto, escuchó que lloraba inconsolable un niño en el compartimento contiguo, se arrimó a mirar y la madre le rogó un abrigo para calmar a la criatura. Oroncio, sin dudar un instante, quitó una de sus más bellas mantas y envolvió al niño ante la mirada de los animales que se habían inquietados por los alaridos.

Después de unos días de intensa caminata por el desierto, Oroncio regresó a Persia y se presentó al patrón Arsames, nombre célebre de un general persa que enfrentó a Alejandro Magno, muy desanimado se excusó de la falta de venta y al hacer el recuento de los productos que había llevado, pidió encarecidamente disculpas, por devolver una manta con rastros de mancha y haber sido usada.

- Estoy enterado del fracaso de Jerusalen, por obra del maldito Herodes. No siempre se hace vendiendo el mejor negocio del año, a veces, se hace resignando las ganancias. En este caso, no corresponde darte las disculpas. Tú, Oroncio, siendo el mejor vendedor de Persia, has hecho ésta vez el mejor negocio del año, no vendiendo como has hecho siempre, sino dando abrigo al más humilde de los niños, Jesús, el Mesías, que llegaba en Belén para salvar a la humanidad y fuiste elegido nada menos que para darle abrigo y ternura en este desolado mundo.

Diciembre, 2011.-

*Relato extraído del libro inédito "Espiridión y otros cuentos pendientes", de Gilberto Ramírez Santacruz.